martes, 12 de junio de 2007

Libertad, libertad

En la obscuridad de la caverna, dos seres conversaban. Sus gruñidos sugerían, a pesar de la falta de luz, que eran seres nada cultivados. Seguramente sus caras eran deformes, sus ojos ocultarían la agresividad primigenia que los animales salvajes y domésticos comparten, los primeros a flor de piel y los segundos muy escondidos, pero que de igual forma brotan cuando el instinto los domina. Sus miembros, peludos y fortísimos, adivinaban su uso en faenas propias de la supervivencia. Podríamos imaginarnos a unos seres en ciernes de la humanización, aunque no tan marcada como la patente en los primates homínidos que nos antecedieron en este mundo. En fin, uno le decía al otro:

–Hurag, rag ehn uhrg enhg ur urgh.

A lo que el otro contestaba:

–Norgh, Norgh. Uhrg malk, ¡dorgh!

Lo cual significa: “Basta de esta vida somnolienta. Llevamos días enteros dentro de esta caverna. Quiero salir. Quiero salir”. El interlocutor habrá dicho: “¡No! No lo hagas. Afuera es peligroso, es malo. Aquí adentro se está bien. Se está seguro. Se conserva la vida”. Los gruñidos de los seres continuaron por un buen rato.

–Tengo que salir, el aire de aquí adentro me sofoca, me asfixia. Tengo que salir, sentir el viento. Quiero salir.
–Te digo que eso es una mala idea. No sabemos que hay afuera. Aquí adentro lo conocemos todo, ¿pero allá afuera? ¿Qué hay allá afuera! Todo lo que necesitas está aquí adentro.
–¡Mentira! No está aquí adentro todo lo que necesito. Necesito el viento. Necesito el Sol. Necesito sentirme afuera. Necesito saber qué hay afuera. Hay un algo que me carcome aquí adentro, en el estómago, que me dice “debes salir”, me dice “afuera, ve afuera”, me dice “aquí adentro te estás muriendo”.
–Afuera también encontrarás la muerte. Aquí adentro estarás vivo. Aquí adentro nada nos puede hacer daño. Aquí adentro nosotros mandamos. Allá afuera nada sabemos. Seremos como los intrusos que entran a nuestra caverna. El extraño que entra, no sale vivo, no sale vivo porque eso significaría nuestra muerte. No, afuera es malo. Afuera es malo.
–No. Hay algo que me dice que no es suficiente con estar adentro. No puedo estar adentro. Mis miembros se endurecen. Necesitan al Sol, necesitan al viento. Necesito estar afuera, necesito sentirme afuera. Tengo que intentarlo, tengo que ir afuera, tengo que… tengo que… tengo que arriesgarme.
–¿Arriesgarme? ¿Qué es eso?
–No lo sé bien, no supe como expresarlo. Sólo se me ocurrió decir arriesgarme. Quise decir que tengo que correr riesgos para sentirme vivo, no puedo seguir en esta “seguridad”. Me está matando estar seguro. Debo enfrentarme a lo que haya afuera, quizás, quizás encontremos algo mejor, quizás logremos vivir afuera y vivir adentro.
–¿Y entonces? No. Entonces querrás ir más allá de afuera y nada te parará hasta que alguien te destruya. No. Debemos quedarnos adentro. Adentro es seguro. Adentro nada pasa.
–¡Nada pasa! ¡Nada pasa! Eso es lo que me destruye. Que nada pase. Que todo sea igual. Que no pueda moverme sin saber que todo ya lo he visto. Quiero salir. Quiero ir hasta donde mis piernas aguanten. Quiero moverme. ¡Quiero moverme! ¡Quiero salir! Maldita sea la vida que me ata, maldita sea la suerte que no me deja moverme como yo quiero. ¡Quiero salir! ¡Quiero salir!
–No irás a ninguna parte. Tengo que protegerte, tengo que protegernos.
–¿Eso es todo entonces? ¿Protegerte? ¿Protegernos? Para qué quieres una vida donde no haces más que dar vueltas en donde todo lo conoces ya. En donde sólo comes y duermes. Esa es tu vida, pero yo quiero que mi vida sea distinta. Yo no quiero vivir tu vida, yo quiero vivir mi vida.
–Eso es una estupidez. Aquí todo lo tienes, no necesitas más.
–Claro que necesito más, necesito salir. Necesito enfrentarme a lo que haya afuera. Necesito vivir mi vida. Necesito salir de lo que ya conozco, ¡no lo soporto! Necesito… necesito… necesito Libertad.
–¿Libertad? ¿Qué diantres es eso?
–No lo sé bien… Sí lo sé, es lo que necesito.

Los ojos del ser brillaron intensamente y volteó lentamente hacia un pequeño punto de luz que se veía a lo lejos. Se hizo uno con la luz y quiso correr. El otro lo abrazó y derribó. La pelea comenzó. Arañazos, golpes, vituperios, las razones ya no existían ahora la fuerza era la que reinaba. Dos piruetas y el primero, el libre, se zafó. Corrió con todas sus fuerzas hacia la luz. Se hacía más y más grande, más fuerte; podía sentir un viento gélido que entraba por el pequeño agujero. El corazón, por alguna razón ajena a su loca carrera, comenzó a latirle con fuerza. Lo que tanto ansiaba por tantos años, quizás desde el mismo momento de nacer, se acercaba, lo podía sentir, saboreaba algo que no sabía que era, pero que anhelaba.

Los brazos fuertes del otro ser, el precavido, lo aferraron de sorpresa. Cayeron al suelo. El libre ni siquiera escuchó al otro acercarse, tan fuerte era su deseo que lo obnubiló de la realidad. Trató de zafarse de la fiereza y fuerza de esos brazos añejos; lanzó un par de puñetazos pero fue inútil. Los dientes del precavido prensaron el cuello del libre. Gritó con todas sus fuerzas, “¡Quiero salir, quiero salir!”, pero sus gritos se debilitaron cada vez más, hasta que se desvanecieron como la luz que antes parecía tan fuerte. Las fuerzas lo olvidaron poco a poco, y el otro, el precavido, había ganado. Lágrimas asomaron por los ojos del primero, quien se dejó arrastrar como animal cazado, mientras la luz se confundía con las penumbras nuevamente.

Arrastró al pobre hasta una considerable profundidad. Sus pensamientos estaban turbados, pues nunca había oído hablar a nadie así, como lo había escuchado hacía unos minutos. Le había dado miedo. Por eso corrió con frenesí en la búsqueda del libre. Sentía que todo su mundo, todo lo que conocía, todo lo que sabía que existía, todo lo que estaba seguro, se desmoronaba como las rocas salitrosas de su cueva, su amada cueva. Las lágrimas del otro caían en su cuerpo, tibias, y supo que el ánimo de su compañero se enfriaba poco a poco. Entonces sintió algo confuso, algo que no podría haber sentido jamás. Toda su presencia ahí, pensó, había dejado de ser necesaria. Su deber de preservarlo todo concluía. Soltó a su hermano. “Vete”, le dijo y dejó de vivir.

El cuerpo del precavido estaba sobre el otro. Nada tenía sentido ahora. Una confusión tremebunda reinaba en los pensamientos de la cueva. El libre no sabía que hacer. Miró con dificultad a su amigo, que ahora yacía sobre él. Su corazón ya no latía. Nada lo detenía, pensó. Quitó al otro y se incorporó con dificultad pues las fuerzas lo habían abandonado, pero su ánimo no. Caminó nuevamente el trecho en el que había sido arrastrado. La luz volvió a aparecer a lo lejos y con cada paso se hacía más grande. Volvió a sentir el viento helado. La luz hirió sus ojos, pero el dolor era incluso placentero. Finalmente sus ojos se acostumbraron y lo que miró era increíble. Estaba en el dintel de la cueva. Dos pasos bastaban para cruzarlo. La fuerza misteriosa alojada en su corazón que lo había movido a llegar hasta ahí no dejaba de presionarlo para arrancarlo de las fauces de la obscuridad. Pero tenía miedo.

Miles de recuerdos cruzaron por su cabeza. La nostalgia lo invadió. Su niñez había transcurrido en la cueva. Sus amigos, sus amores, sus peleas, sus decepciones, sus alegrías, sus enfermedades, su vida, todo, todo había estado dentro de la cueva. Ahora decidía olvidar todo eso para poder seguir adelante. El ancla de su corazón tardaba en elevarse. Pero la misma vocecilla que lo había taladrado siempre le dio el último empujón, “anda tonto, has sufrido toda tu vida para dar este paso, simplemente dalo”. Y sus pies dieron un paso y después otro. Había cruzado esa delgada línea. El Sol lo calentó. La sangre ebulló deliciosamente por su cuerpo. Un hormigueo constante lo llenó de placer y dicha, y así, lleno de confianza siguió caminando, mirando a su derredor cosas que no hubiera podido imaginar, y sin embargo sabía que ahí estaban.

Su mirada se posó finalmente en el hoyo de donde había salido. Recordó a su amigo, al precavido, al que había muerto para que él pudiera disfrutar de esta dicha, del viento, del agua, del Sol. Una idea cruzó por su cabeza. Tenía que decirle a todos adentro sobre su nuevo hallazgo, nadie lo iba a creer seguramente. Sería tildado de loco, zafado, lo que fuera. Pero ahora, la misma vocecilla que lo había guiado hasta ahí afuera, le decía “corre, ve y diles a todos lo que hay aquí afuera. Es justo, es necesario”. Y sus pies lo llevaron hacia el hoyo. La cara de toda la gente al oír lo que tenía que decirle sería sorprendente. Sus ojos se iluminarán, pensaba. Y con esos pensamientos siguió su camino, pero la desesperación lo hizo iniciar una loca carrera. El hoyo estaba cerca, cada vez más cerca. La liberación de todos también lo estaba. De pronto, su cuerpo sintió el peso de algo que lo aplastó inmediatamente.

Ahí quedó, medio vivo, sus seis piernas se movían desordenadamente y experimentaba una fibrilación en todo su cuerpo que lo llevó a sentir la muerte lentamente. La última imagen que se llevó fue su hogar, aquél agujero que lo había albergado por mucho tiempo, tan negro como la muerte que lo cegaba segundo a segundo. Nunca podría cumplir su misión del todo. Nunca sabría que un pie le había demostrado violentamente que la dicha que había experimentado y que quería compartir, estaba reservada sólo para algunos, sólo para los escogidos.

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