lunes 6 de julio de 2009

El último día del imperio: Si todos usaran bicicleta

Es espantoso. Nunca pensé creer que alguna vez vería lo que vi. Es verdad lo que dicen por ahí, es la era de la información... pero la información sigue sin comunicar. Caminé por la ciudad, fría y húmeda, llena de baches llenos de agua. La brisa llegó a mí espontáneamente gracias a un pequeño automóvil que al pasar salpicó innumerables gotas que se dividieron obedeciendo a una fórmula milenaria e incomprensible. Sigo caminando aún, utilizando lo último de la información para mantener al día a mis lectores, para mantener al día mi pequeño diario en el que se ha convertido mi inseparable blog. Sé que tengo que hacer algo muy importante. No es algo como pagar los impuestos. Tampoco es estudiar o encontrar algún trabajo que permita sobrevivir otros tres o cuatro años. No. Es algo importante que se siente desde el fondo de mi ser. Aún no logro descifrarlo y mucho menos podré hacerlo tecleando con dificultad en la Blackberry que me dieron en el trabajo.


Finalmente creí encontrar el trabajo deseado, después de meses de poner atención a una especialidad que quise desde el principio. Ahora me encuentro en mi primer día comprando y vendiendo acciones, esperando experimentar la adrenalina de Wall Street. Parece que hoy fue un día tranquilo. Tranquilo y aburrido. Y entonces cavilé que lo tranquilo no debe, no tiene por qué ser aburrido. Entonces me di cuenta que todos estos años me vi absorbido por el vórtice del escusado de la vida, ¿quién tiró de la cadena? Sólo Dios sabe, pero ahí vamos todos, empapados por la inmundicia, en la misma dirección, girando como locos, gritando y matándonos por ser los últimos en morir, a pesar de que sabemos que cuando lleguemos a ese túnel pavoroso que a todos nos espera, nada sabremos. Eso es lo que más miedo me da. No saber.

Recordé, al revisar los papeles que me dieron antes de entrar al área bursátil del banco, que siempre había buscado una especie de desahogo. Siempre pensé que era dinero. Siempre pensé que el día en que me viera con un sueldo holgado, ese día sería de los más felices de los mortales. Falso. Hoy me avisaron que ganaría de base XXmil pesos, más comisiones que por lo general son abultadas, más bonos, más prestaciones, más cupones, más, más, más... y entonces después de quitar mi cara de asombro (era más asombro que felicidad) me di cuenta que todo eso que me daban era lo que valía mi tiempo y que ahora tenía la obligación de gastarlo en un sin fin de horas sentado ante un ordenador. Quise compensar el desencanto con las imágenes de estrés interminable que vi en películas y documentales, pero como dije al principio, todo estaba tranquilo y aburrido.

Pero el pequeño lago que se impuso ante nosotros me permitió disfrutar un poco más de mi actividad preferida: observar. Finalmente el descanso de las tres de la tarde llegó. Ahora ya podía disponer nuevamente de mi tiempo. Me acerqué al ventanal enorme que nos divide de la gran torre en donde se dirigen los destinos financieros de millones de personas, de la vida de esas personas a las que ayudamos a ganar más simplemente moviendo dos botones del teclado. Y vi pasar las infinitas series de automóviles que pasaban ante nosotros, rindiendo pleitesía (eso parecía, qué quieren que haga) y uno no podía ver dónde comenzaba la fila ni donde terminaba. Recordé que de niño me despertaba muy temprano para ver al primer automovilista que recorrería las interminables calles. Ya hace mucho tiempo de aquellos años.

¿Qué sería de la vida de todos nosotros si no existieran los automóviles? Y no quiero decir que quiero que dejen de existir. Es maravilloso entrar en el interior de ellos, sobre todo si están tapizados con piel y te cobijan en su lujoso poderío. Es una sensación que no cambiaría. Pero siempre termino preguntándome, mientras camino en mi automóvil, mirando a los demás que se desarrollan en sus propios mundos (tengo la sensación de que en mi pierna a crecido un músculo que me permite maniobrar con habilidad impresionante el embrague), ¿qué sería de nosotros si todos usaran bicicletas? ¿Qué pasaría si en lugar de haber desarrollado los automóviles individuales, se hubieran construido líneas de trenes o carreteras específicas para autobuses, en fin transportes multitudinarios? Creo que el automóvil creció junto a la creencia del yo, de la individualidad, de la libertad... y mientras más libres somos, más solos estamos y más estupideces cometemos.

Claro está que a los poderosos del petróleo les convenía más venderles 20 litros de gasolina a 20 millones de personas que a 2 millones de autobuses que podrían movilizar a esos mismos veinte. Claro. Todo es flujos de efectivo. Todo es negocio y balances perfectos. No tenemos tiempo de mirar si hay errores, mejor no cometerlos. No quisiera que hubiera una revolución, algo que desequilibrara de más la sociedad en la que me desempeño. Es verdad, no coincido con tanta porquería ni con tanta enfermedad de poder (recuerdo fugazmente a Tolkien), pero en el fondo tengo un plan trazado, siento que debo hacer algo y debo hacerlo en el mundo que me tocó vivir. Muchos quieren romper las paredes, romper un mundo dicen. Yo sólo quiero vivir, ver crecer a mis hijos, ver crecer a sus hijos y si se puede morir al lado de la que amo. Pero para eso debo hacer algo, creo que poco a poco lo voy comprendiendo pero la impaciencia a veces me confunde, me obnubila y termina obligándome a cometer estupideces como la de entrar a un empleo formidable.

A veces todos queremos destrozar lo que vemos mal para poner en su lugar lo que vemos bien y no nos damos cuenta que hay otros que ven mal lo que nosotros vemos bien. Creo que en el fondo la técnica del Aikido es la más indicada. Entrar al sistema. Comprender el sistema. Vivir el sistema. Ser el sistema. Y entonces, cuando seamos uno con él, dirigir todo su poder, toda su fuerza, su memento, su inercia hacia los caminos indicados. Chocar contra la gran bola de nieve no tiene más que una consecuencia, sucumbir ante ella, ser absorbida por ella, perecer y vivir por ella. Convertirá nuestros ideales en camisetas y estampas. Un cambio de fondo requiere un cambio desde el interior de cada uno de nosotros.

Creo que al subir a un automóvil adquirimos un poco de ese poder que ostentan los "poderosos" y nos transforma, nos enerva y nos convierte en unos gritones. Y desde el más izquierdista hasta el más derechista se convierten en unos verdaderos animales y es cuando la magia se da y los extremos se tocan en un desfiguro detestable. El Aikido es la respuesta y siento que finalmente tenía que tomar este empleo para figurarlo para sentir la abulia y buscar esta burbuja de descanso, de pensamiento. ¿Cambiar un sistema? ¿Para qué si la gente es la que está mal? Cualquier sistema nuevo que naciera se vería infectada por la codicia, por esa ambición, por ese mal de poder que se ve tan claramente en los automovilistas. Creo que si todos usáramos bicicletas jamás hubiera entendido esto último. Cada vez siento que me acerco a esa voz que se escucha dentro de mi, paciencia, paciencia para entender a esa musiquilla que suena tal que así...

domingo 28 de junio de 2009

Seré conciso e iré al grano (¡por favor!):

1. No estoy de acuerdo con las personas que promueven el voto en contra del voto en blanco esgrimiendo que de no hacerlo nos quedaremos marginados de la toma de decisiones y que otros decidirán por nosotros... ¿que a caso no estamos marginados ahora de las decisiones, con todo y que votamos por alguien hace 3 y 6 años?
2. La gente vota, está interesada, pero los políticos sólo utilizan estos momentos de elecciones para acercarse a la gente, después ya nadie los localiza y la única forma de llamar la atención pública (a través de llamar la atención de los medios) es realizando trifulcas tipo "Atenco" o "Toma de Reforma" o llamando a millones de personas a desfilar con veladoras y vestimenta blanca... ¡pero nunca a través del voto!
3. Las personas que quieren "hacer conciencia" al promover el voto, más deberían buscar formas y líneas para que después de las elecciones nosotros sigamos en contacto directo con nuestros empleados (representantes pues, para que no haya ofendidos) y nos respondan.
4. Yo estoy a favor del voto blanco, pues como estamos viendo, está levantando revuelo entre los políticos, está moviendo el tapete a muchos y por lo menos como experimento social y como llamada de atención está sirviendo demasiado.



Como experimento político me parece adorable esta propuesta. (Fuente: cinevisiones.blogspot.com)


jueves 25 de junio de 2009

Un cambio

La vida no cambia con una Revolución, digo, no cambia para bien. Una revolución trae consigo incertidumbre, trae consigo desorden generalizado, trae consigo hambre y desolación, sin mencionar la violencia sinrazón que acarrearía. La solución, decía, es un cambio más en lo interior de cada uno de nosotros. Como mencionaba en otro artículo, todos los sistemas están conformados por hombres y como tal, si el hombre es el que está enfermo, tarde o temprano terminará por contaminar al sistema y se volverá al mismo ciclo confirmando la fantástica sociedad cíclica.

Ya hace mucho tiempo vino alguien con una idea magnífica pero poco a poco su grito de libertad se fue viciando y se convirtió en cosas que no debían ser. Su lema: ámense los unos a los otros. Su misión: traernos paz a todos. Hace mucho tiempo vino a nosotros la solución a todos nuestros problemas y qué hicimos. Sabemos la respuesta.

El fundamento de esa pequeña idea no tiene mucha dificultad para explicarse. Es fácil pensar que debemos amar al prójimo, pero es difícil hacerlo, sobre todo sabiendo que ese prójimo es malo ante nuestros ojos. Pero precisamente ahí está la belleza de ese dicho, se trata de confiar en el otro, se trata de lograr una empatía con él, pensar en su bienestar (y al mismo tiempo confiamos que él está pensando en nuestro bienestar) y de acuerdo con esto actuar.

Pensar en nuestro hermano decía esta persona que llegó hace milenios, ¿y ahora qué hacemos escudándonos en nuestra libertad? Dejo que ustedes contesten lo que mejor les parezca y estoy seguro de que se darán cuenta de que lo que digo es verdad. El cambio, amigos míos, está en nosotros mismos. Decía en el mismo artículo anterior del que hable antes que empecemos por pasos pequeños, sonrisas escurridizas, asentimientos con la cabeza para mostrar interés en el otro. No espero que salga nadie a querer dar de comer a todos los hambrientos, preferiría que ayudaran a su vecina viejita (la histérica de los gatos) con el mandado sin esperar si quiera las gracias… sólo háganlo. Digan a aquel que tira su colilla que no lo haga, y recójanla sin pensar que él (o ella) lo vaya a hacer primero. Por una vez en la vida no avienten el coche al de al lado nada más porque traen mucha prisa. Serénense.

Esto es de práctica, un poquito hoy, un poquito mañana, un poquito pasado mañana y así, de poquito en poquito se darán cuenta de que su círculo próximo estará cambiando y entonces sólo si sienten el impulso, salgan un poco de ese círculo y verán cómo los círculos más alejados van cambiando de lentamente, pero van cambiando. Una guerra es costosa en tiempos, dineros y no se diga en vidas; en cambio, un cambio (valga la redundancia) de actitud hacia la realidad por nuestra parte, significará mucho más.

La Revolución que no cambió nada

Es fácil encontrar entre mucha gente la conciencia de estar listos para cualquier estallido social. Están listos para cubrir el patio de sus casas con sangre a favor de un mundo mejor, de un mundo impoluto. Son personas que creen estar preparadas, física, moral y espiritualmente para inmolar sus vidas a favor de sus próceres y que al pensar así dotan de significado a la sangre que ahora corre por sus venas y quien sabe, quizás hasta puedan aparecer en los billetes de cien o doscientos pesos de los que usaremos dentro de unos cien años.

La idea simplemente me eriza la piel y me hace pensar que no saben lo que dicen, que quizás piensen que con otra revolución van a liberarse de los pagos de tarjetas de crédito, van a poder llevar a sus hijos a restaurantes de lujo, van a poder costear los precios de las medicinas, podrán comprar automóviles nuevos y no de segunda mano, podrán vivir la vida que siempre han querido. Craso error es lo que yo puedo decir.

Ninguna de las revueltas armadas ha proporcionado a México un verdadero cambio social; han cambiado los dueños de las tierras, los que ostentan el poder ya no fueron los mismos: primero los españoles peninsulares (revuelta) después los criollos (revuelta) más tarde los mexicanos liberales (revuelta) conservadores (revuelta) liberales (revuelta) Maximiliano (revuelta) Juárez (revuelta) Díaz (revuelta) PRI…

¿Verdaderamente el pobre dejó de ser pobre? ¿Realmente la condición humana del mexicano mejoró debido a la guerra que provocó un cambio? Por que es claro que los avances médicos y tecnológicos no esperaban a que México estuviera o no en guerra, a que tuviera a un dictador o que fuera un presidente el que tirara de las riendas, a que asesinaran a uno o embelesaran a otro. El mundo siguió avanzando y más bien fue el país el que tuvo que correr nuevamente para alcanzarlo y no rezagarse demasiado.

Claramente uno de los grandes impulsores de la tecnología, del progreso lo llamaban ellos, fue Porfirio Díaz y su grupo de científicos; pero él no dio a los indios lo que había buscado años atrás con las revueltas de Hidalgo y a pesar del cambio y el progreso al que llegaron, las condiciones en las que vivían campesinos, mineros, seguían siendo iguales.

Con la llegada de la Revolución Mexicana de 1910, se rompieron las ataduras de la cadena de una presidencia que parecía eterna. En 1810 se utilizó la justificación de la independencia; en 1910 fue la democracia la que movilizó a la bola. Y pasó 1810 y pasó 1910 y la bola quedó siendo bola, salvo la bola de cuates que se hicieron de la presidencia o de la bola de listillos que se convirtieron en caciques, pero la bola, la bola lo que conocemos la bola, bola siguió.

Existe, sin embargo otra clase de personas que también están casadas con esta espeluznante salida “inteligente” a los problemas (llamemos problemas al hecho de que ellos, los que llaman a los vientos de guerra, no están en el lugar de los que quieren tirar) y llevan aún más lejos sus intenciones al vestir con misticismo y proféticos acordes sus agüeros, escudándose en lo que llaman muy pomposamente: la sociedad cíclica mexicana.

Su teoría es muy conocida por muchos y dice más o menos así: “Cuentan la leyenda que cada cien años el pueblo sometido por sus tlatoanis (nótese la obligada vinculación con las más hondas raíces prehispánicas) se levanta en armas para desangrar a los que le quitan el pan y se aprovechan de ellos”. Y ya, con eso ya es seguro que en el 2010 va a haber otra revuelta para quitar a los burgueses, a los empresarios que son ambiciosos (claro que se les escapa el insignificante detalle (el diablo se esconde en los detalles) de que ellos, los que acusan, si estuvieran en la misma circunstancia que los acusado, harían lo mismo) y sólo quieren que dejemos de comer, que nuestras familias perezcan: porque son malos. Nada más estúpido.

Una guerra no es la solución para alcanzar un cambio en la sociedad. Una guerra sólo cambiará las estafetas y pondrá en el lugar de los de ahora, a otros que pronto tirarán los ideales con los que se apoyaron para subir, y se dedicarán a hacer lo que cualquiera haría: asegurar la supervivencia propia y de su descendencia, de los suyos. Pronto pondrán a amigos en lugares claves, pues actúan de la manera más lógica, confiar sólo en los confiables, confiar en el amigo porque es amigo, porque es leal, no porque sea el más adecuado sino porque permitirá mi supervivencia en una simbiosis sin igual.

En busca de la felicidad

Dicen que todos los sistemas humanos, desde la economía más comunista, hasta la política más anárquica, pasando por el protoneoliberalismo o el nombre que quieran darle, eso no importa, todos los sistemas van a colapsar si no cambiamos a quien de verdad importa: el ser humano. Esto es verdadero pues quien da vida a cualquier orden mundial, a cualquier organización, a cualquier sociedad son esos pedacitos de carne y células vivientes, animados por un big bang o un soplo divino, los dos igual de inexplicables, pedacitos de mugre e ideas que se pelean, que gritan, que cantan, que se divierten, que viven. Sin ellos no habría socialismo y sin ellos tampoco habría capitalismo, no existiría la oligarquía ni la plutocracia, no existiría la vida comunal bosquimana ni el desenvolvimiento de tribus perredistas. En suma, lo más importante para cualquier ideología de derecha, de izquierda, de centro, de arriba o de abajo es el hombre porque es él el que lleva a cabo las acciones y si es él el que está enfermo, necesariamente se contagiara todo lo que toque... así como el rey Midas.


Viktor Frankl puso un rayito de luz en la obscuridad... (fuente: tecnología.hondublogs.com)

Viktor Frankl propone algo muy interesante en su famoso libro "El hombre en busca de sentido". Nos avisa que aún cuando todo se cierra ante ti, puedes seguir viviendo, puedes seguir luchando si consigues aferrarte a un hato de verdad, a una hebra que aunque carezca de sentido para todos los demás a ti te dote de esa capacidad de seguir viviendo, entendiendo vivir no sólo como estar en contacto con la realidad a través de los sentidos, sino transformar dicha realidad en los pensamientos, jugar con ella, crearla, recrearla, acción, que pasen cosas, que el mundo se mueva y siga girando. La propuesta de Viktor Frankl cae como un balde de agua fresca dentro de la pulverización de la vida del ser humano que realizó involuntariamente la escuela del buen Sartre.



Sartre, inquieto como todos los hombres intelectuales y movidos por esa cosquilla de la libertad, concibió un pensamiento que a todos agradó: el hombre no está predeterminado por nadie (o sea, Dios no lo inventó y por lo tanto no lo precargó con sistemas operativos para que procediera a adorarle; o bien el hombre no existe para servir a otro, porque así está dictado por sus genes: el hombre, dice Sartre, es libre) y es en el transcurso de la vida (esa de la que ya hablamos líneas atrás) como encuentra un sentido, es realizando acciones como encuentra lo que realmente es. Sartre nos da una bella definición de libertad: no estamos llamados a hacer nada más que lo que nosotros podamos hacer. Y con ello, con la desvinculación de Dios, con la emancipación de la responsabilidad (porque no hay leyes ni reglas ni conductas que nos obliguen a hacer nada que no queramos hacer) una juventud agitada y convulsa por la sangre y el terror de la Segunda Guerra Mundial, su periodo de entreguerras pervio, su Primera Guerra Mundial y miles de siglos que le antecedió lleno de batallas y de desgarres sociales vio en Sartre al mesías que los liberaba, que los dejaba ser lo que quisieran ser (se hace camino al andar). Pero como suele suceder, no estaban preparados para encontrar un sentido, una verdad, un pedacito de misticismo con el cual conducir sus vidas y cada quien, de la forma más democrática, agarró camino hacia donde sus instintos los llevaban, porque aunque Sartre diga que no estamos precondicionados con nada, existen esas sustancias químicas que en todo cuerpo se aseguran que éste no pierda los lineamientos básicos: la supervivencia. (Fuente de la foto: red Voltaire)

(Como vemos, la aportación de Viktor Frankl fue un balde de agua fresca porque nos da la oportunidad de buscar algo que nos haga creer que seguir viviendo tiene sentido...)


Ser hippie era bueno, pero había que comer... (fuente: Mantrarock.wordpress.com)

Y así durante décadas, los pueblos suprimidos por el "moralismo" y la impía sociedad que no les dejaba disfrutar la vida como ellos querían se veían liberados por Sartre y su pensamiento. El niño que se peinaba con goma de raya a un lado, se limpiaba y se mostraba presentable para estar en su sociedad de pronto sintió que podía tener más flojos los zapatos y de un momento a otro ya estaba cantando "With a little help of my friends", menenado la cabeza y contoneándose al lado de una damisela en Woodstock, liberados los dos de olores de perfumes, de la prisión de las ropas, sintiendo la libertad del viento ("The answer is blowing in the wind, remember?") y sin saber cómo ni porqué ya tenían cuatro chamacos que disfrutaban de las bondades del mundo, como en los primeros años de la libertad del mundo, como esos bosquimanos que viven tan felices. Gracias Sartre.

Pero esos niños crecieron, y sus padres no les enseñaron otra cosa más que sé tú mismo. Bonito se escucha pero de poco sirve cuando te enfrentas a un mundo cambiado por personas que no escucharon del todo a Sartre, pero que ya sabían, por la sabiduría engendrada de generación en generación que las reglas se habían hecho para romperse, claro siempre y cuando al final de la línea hubiera más dinero del que ya habían amasado. Piratas árabes se hacían de los tesoros del seno de sus tierras, el cambio de régimen después de la Segunda Guerra había traído a juniors que convirtieron al dólar en el nuevo dios y habían logrado sus fortunas en la convulsión, por lo tanto, como buenos simios, sabían que para mantener su estatus, la convulsión debía ser perenne y desarrollaron los derivados (que ya existían, pero los desarrollaron hasta alcanzar sus características actuales) para mantener fortunas y crearlas y aumentarlas en la turbulencia, claro que si ya no había turbulencia, ya no servirían mucho esos inventos.


Los muchachos de los setentas (Fuente: lds.org.ar)

Claro está que no tuvieron problemas con mantener dichas condiciones de inestabilidad que estabilizaban sus carteras, pues los sesentas mostraron movimientos sociales de afroamericanos, por un lado, de vietnamitas, de Guerra Fría, de Gandhi, de Fidel Castro y cuando esto parecía derrumbarse llegó 1970 con sus crisis financieras, embargos petroleros, y este era el panorama al que se enfrentaban los ciudadanos del mundo aleccionados por las enseñanzas de Sartre y compañía. ¡Se imaginan lo que es enfrentar un mundo con una concepción de que estamos hechos para ser lo que queramos ser, cuando ese mundo nos da a entender que efectivamente existen las reglas, las líneas, los caminos trazados! ¿Qué pensaría un chico que se enfrentaba a un mundo así? Le quedaban tres opciones: enfrentar las terribles y engañosas olas del capitalismo andante; convertirse en delincuente, en pirata (así mantenía "su libertad" pues iba en contra de las reglas y entraba al comercio, se hacía rico y si todo salía bien moriría viejo y desolado con el alma destrozado e infeliz, pero libre); o podía mantener sus ideales y darse cuenta que el nihilismo es algo más que "la vida no vale nada".



Los que se decidieron por enfrentar a los mercados se convirtieron pronto en exitosos hombres y mujeres (algunos conocidos como yuppies, otros simplemente conocidos como el nerd Gates o Stevie Jobs); los que se fueron por el segundo camino se convirtieron en un Carlitos Brigante, Paul Jung o un Tony Montana cualquiera; los terceros seguramente quedaron enterrados en algún asilo mental, viviendo en una camioneta, o vaya usted a saber qué fue de ellos (si saben avisen). Total que todos eran algo, según la concepción de Sartre, todos tomaron caminos pero a todos les faltaba ese algo para seguir siendo hombres, a todos les faltaba la chispa adecuada, les faltaba creer en algo más allá de sus trabajos, de sus joyas, de sus automóviles... y ahí es donde se dieron cuenta que no eran tan felices como parecían, y lo que es peor, no supieron cómo hacer para que sus hijos aprendieran a ser felices.

(Fuente de la foto: janeheller.mlblogs.com)

¿Cómo buscamos la felicidad? ¿A través de las enseñanzas de la liberad? ¿Rompiendo las reglas a lo tonto? A mí me parece que podemos empezar por saludar a cualquiera que se nos cruce por la calle o subiendo al microbus o al metro. Podemos empezar por dejar pasar al otro automovilista, en lugar de aventarle el coche. Podemos empezar por creer que nosotros no vamos en primer lugar. Podemos empezar por dejar de decir "es un pinche empresario del PAN o es un pinche corrupto del PRI o es un pinche naco del PRD". Podemos empezar por no celebrar las cochinadas que hacen nuestros amigos. Podemos empezar por no emborracharnos. Podemos empezar por sonreír todo el tiempo. Es un reto, es difícil pero saben qué, realmente se siente bien hacerlo y la recompensa te hace sentir realmente feliz...

lunes 22 de junio de 2009

El monte

El pequeño hombre al que todos temían subió con dificultad la última estepa del gran monte que vio desde aquella colina, su colina desde la que le habló a tantos. Recordaba que había gritado, que había gastado millones de pequeñas gotas de saliva en tratar de contagiarlo con sus pensamientos. Todo fue en vano. Ahora estaba en el monte que ayer se levantaba ante él como el último reducto de lo impensable. Ahí (le había dicho el susurro que trastocaba todas las noches sus ideas) ahí era donde debía gritar tan fuerte que nadie lo escuchara.


Estaba decepcionado de todos. Creó formas llanas de compartir su iluminación, formas invertebradas, formas espectaculares, creó cuentos, cantó canciones, los aporreó pero todos estaban adheridos a una vórtice que los arrastraba hacia el odio y la autodestrucción y mientras más les repetía sus visiones y sus mundos y sus errores, sus conclusiones y sus soluciones, mientras más se los repetía, más lo aislaban porque ninguno quería escuchar trozos de espejos que en lo profundo mostraban su cara distorsionada y verdadera. Y con esos pensamientos clavándosele en la cabeza siguió el último camino hacia la salvación de todos.

Las risas, las mofas, la indiferencia, el sinsabor, la falsa libertad, el egoísmo, el cinismo, las burlas, los silencios perniciosos, las muecas, el engaño, los celos, el egoísmo, el egoísmo, el egoísmo, cada uno de ellos se clavaban como espinas en su cráneo que sudaba y arrojaba lejos de sí gotas de sangre como quien no quiere ensuciar su cuerpo.

De pronto, los ojos inyectados con rabia, miles de sonrisas cargadas con prepotencia, con autoritarismo, cientos las manos que agolpaban a los demás para abrirse injustamente camino, la confusión, las ganas de llorar de muchos, las ganas de gritar de todos por quedarse con el único grumo de poder y que al no tenerlo esgrimían berrinches titánicos y apocalípticos que hacían palidecer a las yerbas y a los montes y al sol lo obligaban a esconderse detrás de nubarrones, todas las imágenes de cientos de personas que vivían por sobrevivir ad aeternitas entre escombros y basuras, todos ellos cayeron sobre el pobre hombre, destrozando sus hombros, haciéndole sudar sangre, haciéndole gritar sin fuerzas.

Y mientras más cargaba, el murmullo que lo alentaba soplaba sobre sus tiernas barbas llenas de cebo y desolación y le allegaba a la brisa y le salpicaba gotitas de agua fresca para que no quitara sus ojos de la punta de aquél monte. Los gritos odiosos, las amenazas, las risotadas, todos le desgarraban los cueros, le marcaban cientos de líneas en las carnes, pero el susurro le hacía no claudicar. Pero el peso era impensable. El odio era mucho. El poder finalmente había logrado carcomer la mente de sus hermanos y hermanas y ahora seguramente estaban en algún lugar ultrajándose unos a otros, olvidándose que los demás eran ellos mismos.

El peso era entonces impensable y el hombre cayó al suelo que lo abrazó con fuerza para no dejarlo levantar nunca. El lodo lo envolvió. La muerte lo apretaba queriendo liberarlo, pero era demasiado pronto. La voz le ordenaba que avanzara, que siguiera, que se arrastrara y así lo hacía, dejando jirones de piel mezclados con la arcilla impía, dejando estelas de sangre que borraban las maldiciones de bellacos y rameras, sirviendo con sus células a la tierra que reclamaba agua en la aridez que quebraba con crueldad cada rescoldo de esperanza. La voz le ordenaba avanzar, la voces caóticas lo presionaban, lo asfixiaban pero el oxígeno de la vocecilla era suficiente, era dulce en el mar de bilis que sus labios probaban reclamando la sed que le quemaba las entrañas y los huesos se le quebraban con cada movimiento, con cada roca que dejaba atrás.

El hombre se había convertido en reptil, en una serpiente, en una babosa que dejaba su rastro de sangre y certidumbre y tierra fértil que era rápidamente tragada por la tierra que estaba ávida de vida, de sol, de calma, de eternidad. La criatura se arrostraba, sus extremidades quedaban salpicadas aquí, allá, entre matorrales, entre cuevas, entre angustias, entre corazones desolados... y finalmente una mancha alcanzaba el cenit, una mancha amorfa, un cuerpo desmembrado, un hombre que ya no era hombre, un ser decorazonado, sacrificado, elegido, ensanchado, iluminado, vituperado... pero feliz, feliz descansaba, feliz de haber llegado al clímax de su vida, feliz de haber enseñado a unas cuantas liendres el verdadero camino, su cuerpo descansaba, el odio se anegaba, la desesperanza se henchía con un baño de agua caliente, el vacío se llenaba con pinturas y juegos y canciones y ojos y colores y canciones y colores, y a lo lejos quedaba la maleza esparcida, queriendo comer su rastro, para alimentarse y desaparecer.

¿Esa era la felicidad? Sí, esa era. No sentía que volaba, pero descansaba, tranquilidad absoluta, no había miedo, no había sonrisas, no había éxtasis, no había pasión, no había latidos, nada, no había pensamientos, nada, paz, paz y un olor a agua, un sentimiento a nada, una luz con colores jamás vistos y sonidos mezclados y jamás escuchados (Vivaldi vivía). Lo había conseguido. Estaba en paz consigo; ahora que los demás sigan su rastro si es que quieren...