Es espantoso. Nunca pensé creer que alguna vez vería lo que vi. Es verdad lo que dicen por ahí, es la era de la información... pero la información sigue sin comunicar. Caminé por la ciudad, fría y húmeda, llena de baches llenos de agua. La brisa llegó a mí espontáneamente gracias a un pequeño automóvil que al pasar salpicó innumerables gotas que se dividieron obedeciendo a una fórmula milenaria e incomprensible. Sigo caminando aún, utilizando lo último de la información para mantener al día a mis lectores, para mantener al día mi pequeño diario en el que se ha convertido mi inseparable blog. Sé que tengo que hacer algo muy importante. No es algo como pagar los impuestos. Tampoco es estudiar o encontrar algún trabajo que permita sobrevivir otros tres o cuatro años. No. Es algo importante que se siente desde el fondo de mi ser. Aún no logro descifrarlo y mucho menos podré hacerlo tecleando con dificultad en la Blackberry que me dieron en el trabajo.
lunes 6 de julio de 2009
El último día del imperio: Si todos usaran bicicleta
domingo 28 de junio de 2009

jueves 25 de junio de 2009
Un cambio
La vida no cambia con una Revolución, digo, no cambia para bien. Una revolución trae consigo incertidumbre, trae consigo desorden generalizado, trae consigo hambre y desolación, sin mencionar la violencia sinrazón que acarrearía. La solución, decía, es un cambio más en lo interior de cada uno de nosotros. Como mencionaba en otro artículo, todos los sistemas están conformados por hombres y como tal, si el hombre es el que está enfermo, tarde o temprano terminará por contaminar al sistema y se volverá al mismo ciclo confirmando la fantástica sociedad cíclica.
Ya hace mucho tiempo vino alguien con una idea magnífica pero poco a poco su grito de libertad se fue viciando y se convirtió en cosas que no debían ser. Su lema: ámense los unos a los otros. Su misión: traernos paz a todos. Hace mucho tiempo vino a nosotros la solución a todos nuestros problemas y qué hicimos. Sabemos la respuesta.
El fundamento de esa pequeña idea no tiene mucha dificultad para explicarse. Es fácil pensar que debemos amar al prójimo, pero es difícil hacerlo, sobre todo sabiendo que ese prójimo es malo ante nuestros ojos. Pero precisamente ahí está la belleza de ese dicho, se trata de confiar en el otro, se trata de lograr una empatía con él, pensar en su bienestar (y al mismo tiempo confiamos que él está pensando en nuestro bienestar) y de acuerdo con esto actuar.
Pensar en nuestro hermano decía esta persona que llegó hace milenios, ¿y ahora qué hacemos escudándonos en nuestra libertad? Dejo que ustedes contesten lo que mejor les parezca y estoy seguro de que se darán cuenta de que lo que digo es verdad. El cambio, amigos míos, está en nosotros mismos. Decía en el mismo artículo anterior del que hable antes que empecemos por pasos pequeños, sonrisas escurridizas, asentimientos con la cabeza para mostrar interés en el otro. No espero que salga nadie a querer dar de comer a todos los hambrientos, preferiría que ayudaran a su vecina viejita (la histérica de los gatos) con el mandado sin esperar si quiera las gracias… sólo háganlo. Digan a aquel que tira su colilla que no lo haga, y recójanla sin pensar que él (o ella) lo vaya a hacer primero. Por una vez en la vida no avienten el coche al de al lado nada más porque traen mucha prisa. Serénense.
Esto es de práctica, un poquito hoy, un poquito mañana, un poquito pasado mañana y así, de poquito en poquito se darán cuenta de que su círculo próximo estará cambiando y entonces sólo si sienten el impulso, salgan un poco de ese círculo y verán cómo los círculos más alejados van cambiando de lentamente, pero van cambiando. Una guerra es costosa en tiempos, dineros y no se diga en vidas; en cambio, un cambio (valga la redundancia) de actitud hacia la realidad por nuestra parte, significará mucho más.
La Revolución que no cambió nada
Es fácil encontrar entre mucha gente la conciencia de estar listos para cualquier estallido social. Están listos para cubrir el patio de sus casas con sangre a favor de un mundo mejor, de un mundo impoluto. Son personas que creen estar preparadas, física, moral y espiritualmente para inmolar sus vidas a favor de sus próceres y que al pensar así dotan de significado a la sangre que ahora corre por sus venas y quien sabe, quizás hasta puedan aparecer en los billetes de cien o doscientos pesos de los que usaremos dentro de unos cien años.
La idea simplemente me eriza la piel y me hace pensar que no saben lo que dicen, que quizás piensen que con otra revolución van a liberarse de los pagos de tarjetas de crédito, van a poder llevar a sus hijos a restaurantes de lujo, van a poder costear los precios de las medicinas, podrán comprar automóviles nuevos y no de segunda mano, podrán vivir la vida que siempre han querido. Craso error es lo que yo puedo decir.
Ninguna de las revueltas armadas ha proporcionado a México un verdadero cambio social; han cambiado los dueños de las tierras, los que ostentan el poder ya no fueron los mismos: primero los españoles peninsulares (revuelta) después los criollos (revuelta) más tarde los mexicanos liberales (revuelta) conservadores (revuelta) liberales (revuelta) Maximiliano (revuelta) Juárez (revuelta) Díaz (revuelta) PRI…
¿Verdaderamente el pobre dejó de ser pobre? ¿Realmente la condición humana del mexicano mejoró debido a la guerra que provocó un cambio? Por que es claro que los avances médicos y tecnológicos no esperaban a que México estuviera o no en guerra, a que tuviera a un dictador o que fuera un presidente el que tirara de las riendas, a que asesinaran a uno o embelesaran a otro. El mundo siguió avanzando y más bien fue el país el que tuvo que correr nuevamente para alcanzarlo y no rezagarse demasiado.
Claramente uno de los grandes impulsores de la tecnología, del progreso lo llamaban ellos, fue Porfirio Díaz y su grupo de científicos; pero él no dio a los indios lo que había buscado años atrás con las revueltas de Hidalgo y a pesar del cambio y el progreso al que llegaron, las condiciones en las que vivían campesinos, mineros, seguían siendo iguales.
Con la llegada de la Revolución Mexicana de 1910, se rompieron las ataduras de la cadena de una presidencia que parecía eterna. En 1810 se utilizó la justificación de la independencia; en 1910 fue la democracia la que movilizó a la bola. Y pasó 1810 y pasó 1910 y la bola quedó siendo bola, salvo la bola de cuates que se hicieron de la presidencia o de la bola de listillos que se convirtieron en caciques, pero la bola, la bola lo que conocemos la bola, bola siguió.
Existe, sin embargo otra clase de personas que también están casadas con esta espeluznante salida “inteligente” a los problemas (llamemos problemas al hecho de que ellos, los que llaman a los vientos de guerra, no están en el lugar de los que quieren tirar) y llevan aún más lejos sus intenciones al vestir con misticismo y proféticos acordes sus agüeros, escudándose en lo que llaman muy pomposamente: la sociedad cíclica mexicana.
Su teoría es muy conocida por muchos y dice más o menos así: “Cuentan la leyenda que cada cien años el pueblo sometido por sus tlatoanis (nótese la obligada vinculación con las más hondas raíces prehispánicas) se levanta en armas para desangrar a los que le quitan el pan y se aprovechan de ellos”. Y ya, con eso ya es seguro que en el 2010 va a haber otra revuelta para quitar a los burgueses, a los empresarios que son ambiciosos (claro que se les escapa el insignificante detalle (el diablo se esconde en los detalles) de que ellos, los que acusan, si estuvieran en la misma circunstancia que los acusado, harían lo mismo) y sólo quieren que dejemos de comer, que nuestras familias perezcan: porque son malos. Nada más estúpido.
Una guerra no es la solución para alcanzar un cambio en la sociedad. Una guerra sólo cambiará las estafetas y pondrá en el lugar de los de ahora, a otros que pronto tirarán los ideales con los que se apoyaron para subir, y se dedicarán a hacer lo que cualquiera haría: asegurar la supervivencia propia y de su descendencia, de los suyos. Pronto pondrán a amigos en lugares claves, pues actúan de la manera más lógica, confiar sólo en los confiables, confiar en el amigo porque es amigo, porque es leal, no porque sea el más adecuado sino porque permitirá mi supervivencia en una simbiosis sin igual.
En busca de la felicidad





lunes 22 de junio de 2009
El monte
El pequeño hombre al que todos temían subió con dificultad la última estepa del gran monte que vio desde aquella colina, su colina desde la que le habló a tantos. Recordaba que había gritado, que había gastado millones de pequeñas gotas de saliva en tratar de contagiarlo con sus pensamientos. Todo fue en vano. Ahora estaba en el monte que ayer se levantaba ante él como el último reducto de lo impensable. Ahí (le había dicho el susurro que trastocaba todas las noches sus ideas) ahí era donde debía gritar tan fuerte que nadie lo escuchara.
