sábado, 17 de diciembre de 2011

Un Sueño


8

Corrí a toda velocidad. Ya no sabía si tenía que ver a Beyoncé o a Calumnia y por un momento creí que me volvería loco. Sólo sabía que si no llegaba a la presentación de la universidad no estaría preparado para volver a ver a nadie (así de terrible era la vida para mí). Fue entonces cuando lo vi. Ví a mi hijo (lo cuál era imposible, pues, por un lado Calumnia me echaba en cara a una hija y por otra, Beyoncé y yo llevábamos años sin vernos, pero era mi hijo). Ahí estaba, con su carita rosa, su pielecita blanquita, blanquita; sus ojitos achinados, más bien papujos. Me miró y corrió conmigo. Ahí estábamos los dos. Nos subimos al automóvil y conducimos por la colina mientras le mostraba a lo lejos el mar que se escondía entre algunos cerros. "Ya no quiero ir a la iglesia", me dijo haciendo carita de puchero. Y así estuvimos por horas, mirando las olas golpear sobre cientos de casas hundidas.

Así que esto se siente ser papá: una mezcla de felicidad y miedo infinitos. Entonces fue cuando escuché a mi gato Topo Gigo ronronear y decirme que era momento de despertar y enfrentar los verdaderos problemas en los que me había metido la tal Calumnia. Desperté y me llevé a mi hijo todo el día en el recuerdo. Estuve esperando a Calumnia por poco más de dos horas y cuál sería mi sorpresa al ver a la pequeña que decían era mi hija. Yo creo que el sentimiento de ver al hijo que aún no nacía me dejó sentido pues al ver a la pequeña (¿tendría cinco o seis añitos?) no pude recordar al pequeño con su carita de puchero.

"Mira Calumnia, tú y yo sabemos que esto no es más que una patraña. ¿Por qué no me dices de una vez qué es lo que necesitas y vemos cómo arreglar esto?". "Sabes que es tu hija". "Sabes que no". "Sabes que puede ser que tengas razón". "Sabes que la tengo". "Siempre supe que sabías". "Yo sabía que sabías que yo sabía". "Lo sé". "¿Entonces?". Y echó a llorar amargamente mientras la nenita enjugaba sus lágrimas. "Discúlpame, sólo que no es fácil ser madre soltera. Sólo quería apoyo". "¿Apoyo? Pues te apoyo". "¿Puedes acompañarnos al parque?". No me pareció descabellado.

Fuimos a un pequeño parque que está a unos cien metros de la universidad en donde acababa de dictar lectura. Comimos un helado, dos o tres o quizás cuatro. Reímos y me sentí bien con la nenita. Algo en los ojos de Calumnia me debió advertir que ese día todo iba a cambiar en mi vida. "Voy a tirar esta basura". Asentí sin mirarla. Éramos la pequeña y yo jugando a mirar árboles y ponerles nombres. Volví a mirar a Calumnia. Se alejaba con dirección al bote. No me di cuenta de que se detuvo y nos miró unos instantes y que un río de lágrimas marcaban su paso hacia el último adiós. Entonces dio media vuelta y su figura se hizo más pequeña conforme se alejaba. Confieso haber pensado (casi deseado) que nos abandonara. Y como siempre pasa cuando pides un deseo, la imagen de Calumnia se perdió al doblar una esquina.

Así que de un golpe de corazón yo era el único que quedaba en aquella chiquita cuyo nombre de nacimiento nunca supe, pero no pareció enojarse cuando la llamé Zenaida. Ahí estábamos los tres (mi hijo estaba con nosotros, aún no llegaba, pero ya estaba ahí, conmigo), viendo los patos nadar en el mar de lágrimas que Clamidia había dejado. "¿Y mi mamá?", preguntó Zenaida. El corazón se me vino a la garganta y no pude más que decirle "¿Recuerdas que querías ir al mar? Pues se convirtió en mar para que pudieras nadar en ella". Y riendo corrió al gran charco que Clamidia había dejado, saltando y riendo y gritando "gracias, mami, gracias, mami, gracias, mami". Al final, ¿quién podría decir que esto no era del todo cierto?

Al caer la noche nos fuimos al departamento. "¿Nos abandonó otra vez, verdad?", dijo Zenaida. Y mis ojos no pudieron mentirle más. Mi hijo corrió a abrazarla y así, los tres tomamos un pequeño taxi que nos llevó al departamento, mientras Topo Gigo nos seguía con paso desenfadado y molestando a cuanto perro se le ponía enfrente. "Esto es algo que debo contarle a Beyoncé", pensé mientras servía la cena para los cuatro (mi hijo aún no nacía y ya comía que daba miedo). Me apuré en arrullar a Topo Gigo y a Zenaida y entonces, mi hijo y yo, llamamos a Beyoncé. "Tengo tanto que contarte". "Pues cuéntamelo, tontito, bobito". "Te amo". ":D y yo a ti". Y le conté todo mientras mi cerebro aún podía recordar ese sueño maravilloso.



La fotografía la encontré aquí: Sin poder decir adiós, Palabras Apócrifas.

viernes, 19 de agosto de 2011

Revelaciones


Y en un susurro enjugó mis lágrimas diciendo "¿qué preferías, felicidad o libertad?".


Imagen: El ojo de Dios

miércoles, 29 de junio de 2011

Haníbal


I

Alguna vez escuchó, cuando los pasaron al otro lado, que de la muerte y de los impuestos no podías escapar. En aquella ocasión, el pollero soltó una carcajada y después corrigió "bueno, en México sí que puedes escaparte de los impuestos" y volvió a reír mientras cerraba por última vez el sarcófago en donde transportaba a por lo menos trescientos centroamericanos.

Esa frase se le quedó grabada a Haníbal por siempre.

II

Pasaron algunas semanas después de cruzar el terrible desierto. Ahí, solo, en la inmensidad de unas fauces voraces y calientes miró por primera vez a la muerte de lejos. Venía por su hijo. Cinco años y ya era reclamado por la sed y el cansancio. Recordó la frase del pollero: "En México sí que puedes escaparte de los impuestos". Una idea se agolpó en su cabeza como sangre.

Decidió emprender el regreso a México con su hijo a cuestas, una corazonada le decía que lo lograría.

III

La sonrisa atronadora se vino a las sienes de Haníbal e inflamó todos sus vasos y el eco repetía "En México sí que puedes escaparte de los impuestos sí que puedes escaparte de los impuestos de la muerte nunca puedes escaparte en México sí que puedes escaparte de la muerte de los impuestos nunca puedes escaparte en México".

Estaba a un kilómetro de México, a unos metros de salvar la vida de su hijo.

IV

Volvió a ver a la muerte (seguro que no era un agente). Esta vez le cerraba el paso con una mano fuerte y robusta. "Sabes que no puedes pasar ". "Sólo quiero que mi hijo viva un poco más; sabes que no es mucho pedir". La muerte sonrió (seguro que no era un policía). "Todos quieren estar de este lado para salvar a sus hijos... tú quieres regresar. En fin, eso te hace feliz y me hace feliz. Vete".

Haníbal con sus últimas fuerzas arrastró a su hijo que jadeaba y echaba espuma por la boca.

V

Cruzaron a México. El niño miró a su padre y sonrió. ¡Qué felicidad! Habían logrado burlar a la muerte. En México podía burlar a los impuestos y a la muerte y nadie lo sabía. Los dos se abrazaron. "Sólo un poco más, me pediste". Entonces Haníbal miró a la muerte. "Vengo a cobrarte los impuestos de la vida".

A lo lejos se miraban dos bultos cubiertos por años de arena y nadie supo porqué miraban al sur y no al norte como todos los demás.

Foto tomada de este link: Desierto de Sonora

martes, 7 de junio de 2011

Los dioses se han vuelto locos


"¡Ya no entiendo nada!", me dijo don Beno al tiempo que lanzaba el periódico Reforma al piso, junto a El Universal. "En México, continuó, los dioses se han vuelto locos".

"¿Pero de qué habla usted, don Beno?", repuse al intentar levantar los periódicos, acción que él impidió con una patada tan agil que me hizo pensar que no acababa de cumplir 205 años.

"Los dioses hoy se hacen llamar columnistas", comenzó a explicarme con una paciencia que difícilmente podía controlar, a decir por las venas que brotaban de su frente. "Los dioses hoy piensan que su libertad de expresarse es suficiente para que todos piensen como ellos". Tomó un poco de su chocolate y me miró a los ojos, "Hank Rhon fue detenido y lo primero que todos escriben es que la forma en que lo detuvieron está mal; hace unos años, se inició el ataque frontal contra el narcotráfico y todos los dioses concordaron en que fue una estupidez y hoy todos se ufanan en que la guerra está perdida y que hay que legalizar la droga; hoy, los dioses están de acuerdo con que matar bebés, mientras no los escuchemos llorar, está bien; hoy, los dioses piensan y escupen sus estupideces a más estúpidos que las creen y las repiten; hoy, los dioses creen que proteger tu 'derecho' a hacer lo que se te dé la gana es proteger al ser humano..." se detuvo para respirar, quería matar evidentemente a alguien y yo no quería ser la víctima, sin embargo, mi adoctrinamiento habló:

"Perdóneme, don Beno, pero creo que efectivamente las formas importan mucho y detener a Hank Rhon como lo hicieron sólo habla de un Estado totalitario. Controlar al ser humano habla de un Estado totalitario; el ser humano tiene derecho a drogarse mientras no afectes a terceros; las mujeres tienen derecho a una vida y no tener que cargar con un hijo que sólo interrumpe su desarrollo profesiona; el Estado no debe intervenir en la libertad del ser humano, de lo contrario se convierte en un Estado totalitario y...".

"Jajajajajaja... realmente te han infectado con su estupidez. No tienen la menor idea de lo que es un Estado Totalitario. Se creen defensores de la libertad y no sabe qué eso. Todos creen que pueden hacer lo que se les dé la gana, eso sí, mientras no afecten a los demás. Déjame decirte que todos estamos interconectados... ¿cómo te lo explico?... ya sé. Tú viste el Rey León. Mufasa le dice a Simba que todos estamos conectados, unos comen antílopes pero al morir, se alimenta el pasto que comen precisamente los antílopes. Las acciones que tú hagas, aunque pienses que no afectarán a nadie, sí que lo afectan, directa o indirectamente. La ilusión es que mientras no lo veas, no te sientes mal. Si fueras tú solo en el mundo, anda, haz lo que se te dé la gana. Pero no es así. La libertad real sólo está en el pensamiento. Todos tenemos derecho a pensar lo que se nos dé la gana. La ilusión de la libertad está en la acción, todos queremos hacer lo que se nos da la gana, pero lo que tenemos que hacer es aquello que haga bien a los demás, a las personas, a los animales, a las plantas, al entorno, a la vida... pero eso no lo entiendes, creo que estás muy adoctrinado aún".

Don Beno me dejó pensando, pero la verdad creo que su cerebro viejo ya no funciona tanto. Prefiero leer cosas a los librepensadores (los indigandos) para sentir que soy inteligente y que soy crítico y que cuestiono al gobierno y que no pienso lo que otros piensan. Prefiero estar de acuerdo con los librepensadores (los indigandos) quienes son inteligentes y que son críticos y que cuestionan al gobierno y que no piensa lo que otros piensan. Me gusta pensar como los librepensadores (los indigandos), personas que son inteligentes y que son críticas y que cuestionan al gobierno y que no pienesan en lo que otros piensan. Aunque, si ellos mueren, no sé que va a pasar conmigo...

Foto: el viejo don beno (tomada de este blog)

jueves, 5 de mayo de 2011

Sueña


7

Calumnina Perralucha Saffadette de la Tête, así se llama mi ex número "n". Algo en su nombre debió advertirme lo que me esperaba. ¿Pero hice caso? ¡No! Y entonces el calvario comenzó. Primero a platicar de más. Después a inventar conversaciones. Inventar amoríos. Suplantar identidades. Aturdirme con insensateces. En una ocasión fue capaz de inventar que había sido secuestrada para que yo le hiciera caso... ¡y eso era lo que más hacia! Me desvivía por ella y eso alimentaba su codicia por mi tiempo.

El colmo llegó cuando me abofeteó y lanzó a mi cara una prueba de embarazo. "¿Ves? ¿Ves cómo sí estoy embarazada?". La ira se convirtió en sorna. Yo recordaba todos los momentos íntimos con ella y jamás, ¡jamás! hubo cópula. No era muy listo entonces (¿lo soy ahora?) pero algo me decía que entre ella y yo tenía pasar algo más que sólo un par de caricias los viernes. La sorna se convirtió en ira. Miré la prueba de embarazo y se la aventé a la cara. "Aquí dice que no estás embarazada, pero que vas a tener un niño, alguien debe estar equivocado". Entonces yo me dí la media vuelta y me fui con el sol, al morir la tarde.

La escena me vino a los ojos mientras luchaba con el pasmo aquella mañana cuando su taladro de voz me arrancó del dulce sueño con Beyoncé.

"¿Calumnina? ¿Calumnina Soberbia? ¿Eres tú?"
"¿A quién más esperabas, chiquito?"
"Pues francamente no a ti. De hecho esperaba la llamada del despertador", era verdad, ese día estaba de viaje y tenía que dar una conferencia sobre robótica cuántica y ciencia ficción en la universidad en un par de horas.
"Siempre tan chistoso, ¿no?"
"Pues no, no es chiste en verdad estoy esperando al desp..."
"Sólo vengo a decirte que yo y tu hija queremos verte."
"¿Hija? ¿De qué me hablas, Calumnina?"
"De la hija que tú y yo tuvimos." Si algo me había enseñado ver telenovelas con mi madre era preguntar la edad de la hija, nunca falla.
"¿Ah si? ¿Y qué edad tiene mi hija?" Primer error, nunca aceptes algo por ser sarcástico.
"Eso no importa. Es tuya y de nadie más". ¡Diablos! Nadie nunca me había preparado para una respuesta así. Inmediatamente sonó en mi cabeza la melodía LE SANGUINOSE GIORNATE DI MARZO, OSSIA LA RIVOLUZIONE DI MILANO para órgano de DAVIDE MARIA DA BERGAMO.
El órgano, profundo y misterioso, socarrón y melancólico, tenebroso y loco, terminó por desplomarme. No quería ser como esos tipos tontos que aparecen en las telenovelas, así que preferí recordar algún capítulo de la ley y el orden.
"Quiero a mi abogado", no pude decir algo mejor, bueno, pensé en decir "yo no violé a la mujer" pero estoy seguro que eso hubiera actuado en mi contra.
"¿Y para qué quieres a tu abogado?"
"No responderé nada hasta que esté mi abogado." Bien, parecía que la tenía controlada.
"Es tú hija. De eso no cabe duda."
"¿Cuántos años tiene?"
"Ya te dije que eso no importa".
"Sí importa", comencé a envalentonarme. La misma melodía me lo permitió.
"Tiene cinco".
"¡Ajá!" Quise decirle que se equivocaba. Que ella y yo habíamos terminado hacía... cinco años. Al final sí podía ser mía la pequeña.
"Te veré en dos horas". Calumnina no sabía en dónde vivía. No podía verme en dos horas, "te veré en la universidad, después de tu conferencia", Ok, quizás sí sabía y tenía un malévolo plan.
"Está bien, pero trae a la niña... quiero conocerla". Segundo error, la curiosidad mató al gato (¿Escuchaste Topo-Gigo?).
"Ya veremos". Colgó.

¿Ya veremos? ¿Ya veremos? ¡Qué le pasa a esta mujer? Entonces recordé su apellido: Saffadette de la Tête. ¿Cómo fue que nunca reparé en su apellido? ¡Y su segundo nombre! ¡Perralucha! De verdad estuve obnubilado o sólo dormía. Una tenue mezcla entre vértigo y curiosidad se apoderó de mí. Pensé en la pequeña (¿a caso la prueba de embarazo no anunciaba a un niño y que no estaba embarazada?). Sonreí. Pensé en Calumnina y me imaginé a la pequeña con su detestable cara. Me derrumbe. "Sueña, sueña, sueña". Cerré los ojos pero no funcionó. Sólo miré que ahí estaba Topo-gigo, con su ronroneo típico y su mirada de amo, "no te preocupes, en perfecta armonía para todos; todo avanza y nada se detiene", me dijo y abrí los ojos.

Foto: Crazy Baby

miércoles, 4 de mayo de 2011

¡Soñar!


6

Desperté y estoy seguro, muy seguro, de que tuve uno de los sueños más increíbles de toda mi vida (Topo-gigo me siguió todo el tiempo, ¿no es suficiente prueba de que soñaba? ¿no es suficiente?) . Y ahí estaba Beyoncé, conmigo, soñando juntos, estoy seguro (seguridad es lo que veo ahora, y eso aleja de mí todas las telarañas de Tampico).

Cerré los ojos (porque de verdad los cerré, estoy seguro). Mis sentidos comenzaron a tejer con el hilo de la realidad mezclado con la utopía y los sueños. No estoy seguro (¿oh pues, no que sí estaba seguro?) en qué momento abrí los ojos y miré alrededor de mi cuarto, cubierto con cuatro paredes, lleno de un viento rico, un sol sonriente y mi Beyoncé. La torre Eiffel se levantaba a lo lejos y la sonrisa de mi chica lo llenaba todo. Incluso podía sobreponerme al olor peculiar de la masa (de las dos masas: la de las crepas y la de la bola de gente que alegre corría lanzando luces al cielo). La luna se posó en la torre mientras los espejos (miles de ellos) de Louis Vuitton colgaban de japonesas con euros en las manos. Calor. Mucho calor. El sena recorriendo los cabellos de Beyoncé mientras el tufo a salami y jamón llenaba todos lo rincones del vagón del metro. Caminamos. Sé que caminamos mucho porque tuve que sentarme y rascar mis pies de pollo espinado, con sus pequeñas uñas (sí, con las pequeñas uñas de Beyoncé). Sed. Mucha sed mientras en Tuileries se levantaba el mástil de piedra que Napoleón nos confió había robado a penas hace un par de días. Mordimos un par de pedazos de pain au chocolat mientras el péndulo de Foucault demostraba inerte que la tierra era redonda. Topo-gigo maulló, quería que lo abrazara y así lo hicimos, rascando sus orejitas con el ocaso a nuestras espaldas y estirando las manos para arrancar las nubes del avión en el que íbamos.

Volteé a mirar por la ventanilla y ahí estaban miles de arbustos marrones. Ya llegamos, nos dijeron y bajamos mientras Topo-gigo, de un brinco se perdía entre miles de escoceses con kilt y gaita en la mano. Beyoncé se recostó en mi hombro cuando el señor canoso nos preguntó "Honeymoon? This way, please." Caminamos y vimos pasar por la ventana del auto miles de casitas todas igualitas en piedra ceniza. A lo lejos, el Arthur's Seat (fugazmente alcancé a ver a Jack conversando con Mathias Malzieu y a una pequeña niña de ojos pispiretos jugando con un pequeño reloj cucú) y el castillo de Edimburgo se incendiaban llenando el hogar de la reina con cenizas. No pude evitar preguntar a William Wallace si estaba de acuerdo con que Mel Gibson hubiera preferido un afeitado perfecto. Walter Scott tuvo a bien defender a Wallace y a Gibson al mismo tiempo:

Yet Clare's sharp questions must I shun
Must separate Constance from the nun
Oh! what a tangled web we weave
When first we practise to deceive!
A Palmer too! No wonder why
I felt rebuked beneath his eye

Paul salió al encuentro y con un español brasileño nos pidió que no sacaramos las manos del auto aunque la neblina así lo pidera. Pasamos por puentes y por cumbres. Escuchamos espadas chocar; cuerpos caer; jacobinos estallar; un MacDonald cayó muerto a mis pies y su cabeza me contó que Inglaterra no volvería a ganar otra final de fútbol (creo que lloré); una lassie se me acercó y me regaló una bella hamburguesa y Beyoncé cantaba con el monstruo del lago ness una canción gaélica:

O Fhlùir na h-Alba,
cuin a chì sinn
an seòrsa laoich
a sheas gu bàs 'son
am bileag feòir is fraoich,
a sheas an aghaidh
feachd uailleil Iomhair
's a ruaig e dhachaidh
air chaochladh smaoin?

El barco de Paul se adentró a un castillo maldito en donde un señor, sentado nos miraba perplejo, pensando si todos los turistas serían igual de idiotas. Las placas de los cementerios se llenaron de musgo y el verde de las hojas se llenaron de un color rosa, ¿rosa? ¡sí, rosa! Eran cherry blossoms, muchos, miles, Beyoncé se revolcó como perro en los miles de pétalos que cubrían las colinas. Julie Fowlis nos invitó a pasar a las aulas de la Rossley Chapel en donde la reina Isabel nos esperaba para preguntarnos si estabamos de acuerdo con la boda de los duques. Beyoncé se ruborizó de la rabia y la muina, yo sólo tomé un poco más de english breakfast.

La señorita azafata nos miró de arriba abajo. Paul ya no estaba y sólo había cuatro húngaros viejos en el autobús con alas. Nos preguntó algo. No supe qué. Refunfuñó. Primer golpe. Abrí los ojos. Mi habitación. Cerré los ojos. "Señorita, ¿puede darme agua mineral?", "¿Sí me espera a que termine de servir las demás bebidas? ¿Idiota?" Topo-gigo me miró y me dijo "Creo que Aeroméxico no es como era antes, ahora las azafatas se sienten mal porque están feas y no pueden salir en calendarios". Un olor a smog me llegó. Segundo golpe. Abrí los ojos. Mi habitación. Cerré los ojos. Beyoncé y Topo-Gigo me miraban extrañados, "tenemos que entregar los pasaportes", espetó el gato. "Hagan otra fila, hagamos desorden, al fin ya estamos en México", gritó un hombre panzón y prieto. Tercer golpe. Abrí los ojos. Topo-gigo brincó de mi regazo. Instintivamente lo busqué. Estaba en mi cama y yo buscaba al gato debajo de ella. ¿Y Beyoncé? La busqué en la cama (sobre ella). No estaba. Sonó el teléfono.

"¿Beyoncé?", pregunté.
"Quisieras, chiquito". Esa voz. Ya no soñaba. ¡Topo-gigo! (contestame, contestame). No hubo respuesta del gato. Estaba despierto y del otro lado mi otra ex, mi ex número "n". Quisiera seguir soñando. ¡Quiero soñar!

Foto: Viajar soñando
Celtic Lassie

viernes, 15 de abril de 2011

Soñadores


5

Empecé a leer noticias sobre Tampico. Mientras leía, me sumergí inconcientemente en un baúl, en una especie de zulo al que echaban montones de tierra con cada comentario que leía en la red. "Tampico está que arde", recuerdo que pensé mientras veía con una angustia lejana un par de boletos que acaba de comprar. Ni siquiera había pensado que hoy por hoy, Tamaulipas es un estado que bien podría semejarse a cualquier tierra de nadie de cualquier guerra de cualquier época en el mundo.

La gente muere sin que haya autoridad que tenga la intensión de detenerla. Recordé nuevamente la novela que leo por las mañanas (esto cuando Topo-gigo no regresa para despertarme entre sueños) La catedral del mar. Las primeras páginas son desgarradoras, son crueles sobre todo por la impotencia que genera el relato; impotencia que se refuerza al pensar que realmente así sucedían los hechos que narra y porque aún hoy, siglo XXI, siguen ocurriendo este tipo de calamidades.

Me detuve a pensar que México (y muchas partes del mundo) no ha abandonado su feudalismo. Nunca, ni siquiera después de que la revolución arrebató al "dictador" Díaz las riendas del poder. Los caciques siempre han existido. Antes y en otras latitudes se conocía a esa figura como señor feudal. Hoy, en México, se le puede conocer como cacique o quizás ya exista alguna otra forma de llamarlo. El punto es que siempre ha existido y por lo visto existirá esta figura, lo cual no es consuelo.

Ahora tenía en mi poder un par de boletos hacia Tampico y todo por la sorpresiva visita de ayer. Estaba en el "Chichos" (en otros lugares se le conoce como "Vips") pensando en la vida, en la existencia y muchas cosas más cuando, de pronto llamaron mi atención. El corazón me dio un vuelco al ver a la ex novia que más había querido. La sensación fue aún más extraña, sorpresiva y explosiva porque esperaba a otra ex novia a la cual, si bien no odio, tampoco tengo gratos recuerdos de ella.

Pero no. Ahí estaba ella. Ahí estaba Beyoncé (le llamaremos así porque así es como se llamará) con su juventud, con su eterna sonrisa, con hermosa nariz y con esa voz estruendosa. Mis sentidos se pusieron a bailar y por un momento creo que yo también lo hice (a eso le llaman los que saben "shivers on the spine" yo le llamo tocar el cielo). "Hola", me dijo y se sentó a mi lado. Intercambiamos silencios apetecibles. Me recreé en su figura, en sus ojos expresivos. Conversamos callados. Al final sonrió y me acarició la mano. La mente se me obnubiló y me estalló un no se qué, algo parecido a comer un poco de Creamed Horseradish Mustard, pero mucho más fuerte.

Lo siguiente fue lo de rutina. Salimos a bailar un rico boogaloo y entre las copas que compartimos y la risa que bebimos me invitó a la graduación de una de sus primas. "Son encantadoras, te va a gustar", me dijo. Jamás escuché que era en Tampico y aún así compré los boletos para visitar a las primas. Ahora resulta que los caminos que llevan a aquel estado son propiedad de un grupo de empresarios capaces de cualquier cosa por mantener su margen de ganancias. Mi cuerpo quiere escapar del zulo en el que estoy metido, sólo me resta recordar a Beyoncé y el rico boogaloo. Quizás pueda soñar un poco con una realidad fingida, esperando a que se convierta en realidad.

Foto: Tremendo boogaloo

miércoles, 13 de abril de 2011

Soñando


4

Definitivamente mi cabeza giró en repetidas ocasiones y estoy seguro que de no haber puesto mis manos sobre ella, ésta hubiera salido volando. Fui a un café, acá le llaman "Chichos", aunque me han dicho que en otros lugares se llama "Vips". Ahí la iba a ver, después de casi cinco años, justo ahí, donde había terminado todo, la iba a ver. Sin embargo, en esta ocasión más de una cosa ocupaba mi cabeza.

En primer lugar, ¿había soñado el incidente de Topo-gigo? y tan pronto empezaba a analizar las escenas en mi cabeza, venía sin preguntar la voz de aquella señorita repitiendo una y otra vez "¿cuál es su parentesco? ¿cuál es su parentesco?" ¡Diablos! Realmente me aturdía no saber ni siquiera qué parentesco guardaba conmigo mismo y encima, la llamada de mi ex número "n" me taladraba una y otra vez. ¿Qué querrá?

Me dieron uno de los asientos que están justo en la barra. Es buen lugar, pues no tienes que esperar a que te asignen los tan codiciados gabinetes o alguna mesa más o menos decente. Sin embargo, hay un inconveniente: estás justo en las entrañas del monstruo. Desde ahí puedes observar toda la presión, el gran chef gritando a sus pinches y cocineros (de hecho en ocasiones une sus nombres y les grita "pinches-cocineros" y eso provoca la confusión ¿a quién le habla?), las meseras discutiendo y desquitándose "que si cobraste dos Huevos Primavera", "que si te embolsaste la propina de la mesa dos", "que si están pidiendo pan en la mesa del que siempre grita, pero te estás haciendo la loca" y así, por el estilo. Lo único que no cambia es la sonrisa impertérrita del lavalozas.

Mi pensamiento se fundió con el trajín de meseras y garroteros, con los gritos del gran chef y el tintineo de vasos y platos. La lectura que por la mañanas hago es La Catedral del Mar. En ella se describe perfectamente la situación de la vida laboral en el siglo XIV: los gremios. De pronto, una especie de luz se coló a mis neuronas (pude sentir que muchas de ellas abrían los ojos, forzadas por el pequeño rayo, como quien despierta a un niño que tiene que ir temprano al colegio). Corrigiendo los errores que el sistema de gremios tenía, ¿no sería la mejor forma de procurar el empleo? De alguna forma, pensé, el colegio es una fábrica de desempleados, sobre todo si tomamos en cuenta que hay un extremo de la cadena que no crece al mismo paso que la población.

Si me es permitido, pensé, la gran bondad del gremio es que enseña al hombre desde que es niño a ser especialista y maestro en una rama que encaja perfectamente con la producción. Es decir, si trajéramos este sistema a la actualidad, los niños empezarían a aprender a ser oficiales financieros, aquellos que están encargados de conocer el flujo del dinero dentro de una empresa; o serían oficiales operativos u oficiales en ventas u oficiales en innovación etcétera, pero tendrían que elegir desde un principio alguna profesión u oficio que realmente tuviera cabida en la producción de tal forma que la el tipo de empleado no se creara a partir de la oferta educativa sino de lo que necesita el área productiva.

En otras palabras, hoy por hoy, lo que manda es el mercado en las instituciones educativas, de tal forma que si hay una gran demanda de jóvenes que quieren ser rockstars habrá muchas universidades que les darán la licenciatura de rockstar y cuando lleguen al campo laboral, los empleadores les dirán "qué crees, es muy interesante lo que haces, pero yo necesito albañiles" y ahí lo tienen un desempleado más o bien un empleado que no está satisfecho con su vida. Mi mente giraba en torno a profesionalizar los oficios, a que el chico de la impertérrita sonrisa, si se esforzaba, algún día sería un oficial lavaloza que sería el encargado de guardar los secretos de un buen lavaloza. Justo en ese momento ella llegó.

Mi sorpresa fue mayúscula. Mis pensamientos se desbarataron como cuando Topo-gigo tiraba mi torre de Jenga. Él también corrió a ocultarse entre mis recuerdos. De hecho, hasta la molesta voz de la señorita de la mañana (¿lo soñé también?) se interrumpió como quien jala del cable de la televisión cuando quiere pasar con su charola de comida (a mí me pasa seguido, no sé ustedes). Ahí estaba ella. Mi ex. Pero la sorpresa era buena. No era mi ex número "n". No. Aún mejor, era la ex a la que siempre amé. Aún ahora siento cómo me palpitó el corazón en ese día, y eso que hoy recuesta su cabeza en mi hombro, mientras escribo estas líneas.

lunes, 11 de abril de 2011

¿Soñé?

3

Extraño a mi gato, Topo-gigo. Han pasado cinco días desde que se despidió de mí, a la mitad de la noche. Hoy regresé a la casa por la tarde y llevaba en las manos una bolsa con bolillos y medio kilo de jamón. Llamé instintivamente a Topo-gigo "chitu-chitu". Dejé un poco de jamón en su pequeño platito y después, cuando empecé a comer, recordé que ya no estaba conmigo. Salí al corredor y deposté los restos de jamón en la maceta en donde clandestinamente enterré a Topo-gigo. Regresé al departamento y me preparé para dormir. Estaba consiliando el sueño cuando la inquietud me invadió: ¿había cerrado correctamente la puerta? Sí. No. No sé. Me levanté y fui a echar doble candado. Será mejor dormir con la alarma activada. Finalmente dormí como bebé.

Al día siguiente, los gritos de doña Garota me despertaron. Después, golpes en la puerta (¿a caso no conoce que tengo timbre?). Desesperación. Más gritos y de más personas. Me despabilo. No leo, por obvias razones. Tomo la bata y me doy cuenta que está llena de boronas y pelo de gato (¿Topo-gigo? ¿volviste otra vez?). Mientras me acerco a la sala, los gritos y el bullicio me recuerdan mi primera y única visita a un estadio, que tras recorrer el túnel que te lleva a los asientos, sentía cómo el guirigay aumentaba exponencialmente. Llegué a la puerta. Quité los dos candados. Abrí. La alarma sonó y se encadenó con los sollozos de una niña, el griterío de doña Garota, el regaño de don Mafaldinho y el bullicio de la vieja loca del 2.

Corrí a desactivar la alarma. Doña Garota me seguía escupiendo culpas una y otra vez. "Doña Garota, no entiendo porqué tanto bullicio". Doña Garota volvió a escupir explicaciones adosadas con agresiones verbales. Sonó el teléfono que tomó el lugar de la alarma (creo que esta sinfonía de alguna forma me divertía y me hizo ver que el día pintaría muy diferente al resto). Contesté mientras a doña Garota le salían víboras, sapos y ajolotes de la boca.

"ADL alarmas, ¿se encuentra todo bien?", preguntó la voz de una señortia o muy bien adiestrada o muy llena de sustancias químicas naturales o artificiales, pues contestar de forma tan amable a las 6 de la madrugada sólo responde a cualquiera de estas dos explicaciones. "Todo bien señorita, sólo olvidé desconectar la alarma antes de salir por el periódico". Un sapo de doña Garota se posó unos segundos en mi mano. "Muy bien señor, ¿puede contestarme algunas preguntas?". "Claro que sí, dígame usted". "¿Cuál es el nombre del titular de la cuenta?". "Juan Pablo Lazo". "¿Qué parentezco tiene con el titular?". "Pues soy yo mismo". "Eso lo sé, señor, pero, ¿qué parentezco tiene con el titular?". No supe qué contestar y sólo atiné a balbucear, "soy yo, soy yo". "Muy bien, señor. Enviaremos a alguien para allá".

Dos salamandras de doña Garota se escurrieron entre mis cabellos. Volteé a verla con la mirada fría. La pregunta se repetía en mi cerebro, ¿cuál es tu parentezco contigo mismo? La mente se me congeló por fracciones cuánticas de segundo. Después, la sensación se derritió y salió expedida como un rayo a través de mis ojos. Miré a doña Garota fríamente. Ella se calló. Todos los sapos, víboras, ajolotes y salamandras se escondieron en su boca tan pronto que se agolparon y comenzaron a asfixiarla. "Tranquila, doña Garota, tranquila". Pareció mejorar. La verdad no lo sé. Mis ojos se enfocaron en la maceta del corredor.

Ahí estaban los restos de un par de ratas y la caja de Topo-gigo abierta, con la bolsa de basura y la parafernalia que utilicé para embalsamarlo convertida en rastrojos. Me acerqué a la escena del crimen. La niña sollozaba. Las ratas tenían restos de jamón en las mandíbulas. "Mi gatito", dijo la niña y volvió a lloriquear. "Mi gatito", había dicho la pequeña y comencé a ver pequeñas huellitas que se dirigían a mi departamento. Las seguí y la figura borrosa de Topo-gigo se formó en mis ojos. Ahí estaba, Topo-gigo, caminando y dando vuelta a la derecha, hacia mi habitación.

Corrí. Doña Garota se estaba incorporando. Llegué a mi recámara. Ahí había una pequeña rata, tributo de Topo-gigo, no cabía duda. Llegó doña Garota. "¡Salga de aquí!". No dijo más, sólo se fue. Cerró la puerta, lo escuché. Tomé la rata con las pinzas de mi cajón. Lo inspeccioné lentamente, con cuidado, miré y busqué. Me pareció ver un pequeño pelo de mi gato. Sí, sí, lo he visto, lo he visto, un pequeño pelo de mi gato. Riiing, riiiiiiing. El teléfono. Lo busqué. Iba a contestar. Regresé a ver a la pequeña rata. Ya no había pelo de gato. ¿Lo soñé? ¿Soñé todo? La rata, era un hecho, no era un sueño. Me despavilé. Tiré inconcientemente a la rata, un poco deprimido, quizás. Contesté. No sabía que esta llamada sería el previo de un viaje en una montaña rusa.

Foto: huellas

domingo, 10 de abril de 2011

Soñar... otra vez

2

Como todas las mañanas, me preparé para ir al trabajo. Accioné el motor del automóvil que rechinó como lo hacen mis huesos. A mi edad, mi auto ya me alcanzó en la ancianidad. Recordé, de repente, el sueño fugaz de niños felices interrumpidos por el maullido de Topo-gigo, mi gato. Eran las cuatro de la madrugada y el gato se las ingenió para colarse en las habitaciones interiores del departamento; ahora quería salir.

No le hice caso, pero un nuevo maullido me hizo incorporarme torpemente. No atiné a encender la luz. Busqué con mis ojos ajustándose a la obscuridad. "Chitu-chitu". Nada, no había rastros de Topo-gigo. "Chitu-chitu". Nada. Entré al servicio; busqué en la tina; aproveché y oriné, no en la tina, obviamente, sí en el mingitorio que por la tarde instaló doña Eusebia (olvidé que no estaba conectado a la tubería y aquello fue un desastre); subí las escaleras, las bajé; abrí la puerta que conduce a la sala. Nada. Ni rastro de Topo-gigo.

Volví a dormir. Desperté. Busqué los lentes de aumento. Encendí la lamparita de noche y me puse a leer. Recordé que tenía que ir a trabajar. Entré al cuarto de baño y me encontré con el desastre nocturno. A limpiar. Tardé veinte minutos más. Tarde. Accioné el motor y entonces el recuerdo de Topo-gigo, mi gato. Un sobresalto me hizo bajarme del automóvil rápidamente. Busqué al minino (mi amigo). Ahí estaba, en su gatera, hecho un ovillo. Pasé la mano por su pelaje. Topo-gigo estaba duro. No ronroneó. No abrió sus ojitos para mirarme indiferente y regalarme un largo bostezo antes de volver a dormir.

Lo entendí en ese momento. Topo-gigo se vino a despedir de mí por la noche; me dijo, "deja un poco a tu pueblo feliz, que yo ya me voy". Me hubiera gustado que me ronroneara una vez más. Vete, Topo-gigo, al cielo de los gatitos. Creo que esta idea me ayudó a esquivar con tenacidad los golpes que por la mañana me despiertan de mi sueño feliz, ya lo saben: el smog, los árboles talados, el estrés de la oficina... Gracias, Topo-gigo.

miércoles, 6 de abril de 2011

Soñar

1

Cuando despierto, lo primero que viene a mi mente es que el día debe de ser tan reconfortante como lo fue mi sueño. Me estiro cual gato. Busco las gafas de aumento y trato de leer. Lo consigo por algunos minutos sólo para saber que tengo que bañarme, vestirme, desayunar y salir al trabajo. Lo hago. Entonces, el primer golpe me despeja y me hace ver que el sueño se esfuma poco a poco: el smog.

Camino al trabajo no veo otra cosa más que smog. Autos llenos de una sola persona (¿qué otra cosa podemos hacer?). Camiones viejos apestando el ambiente con humaredas visibles y millones de automovilistas apestándolo también pero con humaredas invisibles. Incluso hasta los ciclistas lo apestan, no me vayan a decir que su vaho y sus flatulencias no contaminan.

Un nuevo mazazo me despabila nuevamente. No estoy soñando. Faltan árboles. Por doquier árboles mal podados sin ramas y sólo con la mitad del tronco servible; ¡mejor córtenlos completos! (mejor no, no me vayan a hacer caso). Por doquier pedazos de banqueta con troncos arrebatados "porque levantó la banqueta y dañó la tubería". Pretextos. Humanos infames.

Finalmente llego al trabajo. Olor a basura quemada. Humo por todas partes. Mal humor de algunos. Estrés innecesario de otros. Algunos chascarrillos vuelven a hacerme pensar que lo del sueño no es tan mala idea. De pronto, y como si el destino quisiera decirme "los sueños se van volando", llegan las seis. Hay que regresar.

Vuelvo a despertar con una mujer u hombre (o bestia que creo puede contener ambos géneros) que piensan que las camionetas son armas blancas y que si los ves con una es lo mismo que si te encañonaran con una AK-47. En fin, hay que darles el paso o te lo arrebatan.

Finalmente llego a casa. Doy de comer un poco de croquetas al gato. Qué envidia. Sólo tienen que dormir, comer y evitar que algún perro o algún automóvil los desgracie. Parece pan comido esa vida. Después, enciendo el viejo radio. Escucho las noticias (terribles, siempre terribles) y prefiero sintonizar alguna estación con Vivaldi o de perdida algo de House ligerísimo. Abrimos una nueva botella de whiskey. Salud. Otra copa. Otra más. Un buen cigarro. Abrir el libro que leímos por la mañana: "Un mundo feliz" de Huxley.

Me sumerjo en un sueño en donde todos son felices sin importar qué. Entonces despierto y pienso que el día puede ser tan reconfortante como lo fue mi sueño...

jueves, 24 de marzo de 2011

El lechero


Estaban tres niños discutiendo quién tenía al mejor papá del mundo. Dice el primero:

-Mi papá es policía.
-Pues el mío es bombero y moja al tuyo.
-Ah sí, pues el mío -dice el tercero- es lechero y ustedes son mis hermanos.

Foto: dar click aquí!

domingo, 6 de marzo de 2011

Denunciar no implica inculpar o de cómo mellan a la pobrecita liberad de expresión


Hace un par de semanas sale a la luz el documental Presunto Culpable. Muchos lo alaban porque "muestra la realidad", porque "denuncia", porque así, señalando y "desenmascarando" creen que se dará el cambio. Mucho se asombran de lo que se descubre al abrir la cloaca, aunque me sorprende que esperaran otra cosa diferente a estiércol. Realmente quisiera saber si antes de este documental había alguien que pensara que el sistema judicial mexicano era, si no un modelo de excelencia, por lo menos un sistema pasable. El documental te dice "mira, así es la mierda" y nosotros decimos "qué asqueroso, hay que limpiarlo", pero desafortunadamente, de ahí no pasa.

El día de hoy, la UNAM da a conocer que próximamente estrenará otro documental en donde se muestra el caso de un par de mujeres a quienes "el sistema de justicia también castiga 'sin pruebas y sin testigos'". En febrero, Aristegui "denuncia" que fue víctima de "Los Pinos" o del gobierno mexicano, quienes intentaban acallarla. El año inició con acusaciones por parte de Wikileaks cuyo fundador (y casi mártir de los "librepensadores") "sufrió" del intento de censura por parte de los poderosos. Al parecer se ha puesto de moda denunciar al poderoso y eso no es lo preocupante; antes, al contrario, es bueno que la gente se dé cuenta y se anime a señalar los errores. Lo preocupante es que el sistema para saber si alguien es culpable o inocente se arregle desde los medios de comunicación.

Me explico. Si tenemos un estado de derecho es para apoyarnos en él y no en los medios de comunicación para juzgar y culpar. Por ejemplo, es común en México (y supongo que en el resto del mundo) que los líderes de opinión hablen y dictaminen lo que para ellos es lo justo y lo hacen como dictando sentencia: si el gobierno federal hace "x" está mal, por lo tanto, está mal y aquel que piense lo contrario a lo que el líder piensa, pues también está mal. Muchos comunicadores, muchos presentadores de noticias y comentaristas, muchos directores de documentales se compran barato el título de jueces y dejan que el público sea el jurado para, con su venia, dictar sentencia. Con juzgados así de eficientes, ¿para qué quejarnos del sistema judicial?

¿Es correcto que Wikileaks difunda información confidencial de diplomáticos para denunciar la corrupción? ¿Es correcto pedir explicaciones a alguien sin tener pruebas de que haya cometido delito alguno? ¿Es correcto ventilar lo que hacen en el poder judicial mexicano para que el público se convierta en juez, jurado y si se puede hasta en verdugos? Creo que denunciar no es lo malo. Lo malo es que no se presentan las pruebas necesarias ante las autoridades correspondientes para que sea el sistema en el que nos sustentamos el que culpe o exculpe.

Estoy de acuerdo, si el sistema es el podrido y le llevas el caso, será omitido olímpicamente. Incluso estoy de acuerdo con que se presenten las pruebas a la gente, quien al final es la que vota y decidirá si las autoridades actuales se mantienen o no. Pero lo que me parece importante es que los casos de wikileaks, por ejemplo sean sometidos a una corte internacional para tratar de dirimir los problemas; que Aristegui vaya y, con pruebas, busque saber si el señor presidente Calderón es o no alcohólico frente a instancias competentes; que los documentales se presenten a los legisladores, utilizando a la opinión pública como palanca, para exigir que se de una limpia al sistema judicial. De lo contrario, si sólo se presenta al público (aunquelos jueces y los legisladores se enteren "de pasadita" sobre las noticias o los documentales o las denuncias) el esfuerzo no queda más que en chismes de vecindad.

En conclusión, qué bueno que se puede denunciar. En México, por más que las personas se desgarren las vestiduras cada vez que "hay casos en contra de libertad de expresión", no podemos quejarnos de que ésta no exista. Lo que tenemos que aprender es utilizar esta libertad de expresión no para acusar o inculpar a otros, sino para salir adelante valiéndonos de las instituciones que existen, sirviéndonos de ella como palancas para regresar las cosas a su cauce y que sea el Estado de Derecho el que hable. De lo contrario, si sólo se "gritan" los hechos o si sólo "denunciamos" podemos alejarnos más de ese Estado y, con en vez de enriquecer a la libertad de expresión la envilecemos.

IMAGEN: Judge Joker

viernes, 4 de febrero de 2011

De sombreros, sarapes y brucelosis


Top Gear
habló y dejó ver que los mexicanos tenemos una característica extra de la que no se mofaron: somos bien chilletas. Nos desgarramos las vestiduras. Armamos tangos mejores que los argentinos. Cuando nos sentimos ofendidos, el mundo debe detenerse y llorar. Exagerados somos. Especialistas en lluvias dentro de vasos de agua. Pero además, somos burlones. Nos llevamos y no nos aguantamos. Bien riéndonos del otro (Noroña recordando que Calderón es un "borracho") pero mal cuando se ríen de nosotros (no creo que Noroña jamás haya tomado ni un traguito de licor).

Y sin embargo, lo que ofendió a muchos es el estereotipo "anticuado" que se tiene del mexicano. Un hombre descansando, echándola, recargado en un cáctus, con sombrero de ala grand y un sarape. Huevón diriámos. Y entonces, ante esta imagen, ante este estereotipo del mexicano llegó mi padre, médico veterinario sobrado en experiencia y nos contó algo muy interesante. Nos dijo que él había ido a una conferencia hace algunas décadas, tres mínimo, y el expositor, ya en la calidez de la charla post ponencia, les explicaba que muchos rancheros se les veía en aquellos días exactamente así, recargados en algún lugar, descansando y la causa era ni más ni menos que la brucelosis.

Esta enfermedad, cuenta mi papá, es muy común en los animales, sobre todo en el ganado bovino, aunque puede encontrarse en ovejas, puercos y demás. Lo peculiar es que la bacteria puede transmitirse de animal a humano vía heridas en la piel, contacto con mucosas o a través de la vía digestiva, pero sobre todo por manipular carne de un animal infectado o beber leche no pausterizada. ¡Eureka! Muchos rancheros, decía aquel expositor, sólo tenían acceso a leche bronca y a la carne de animales, muchas veces infectados con brucellas. ¿El resultado? Rancheros con sintomas de brucelosis, que de no sucumbir ante ella, quedan con la bacteria latente y con episodios de síndromes depresivos que les obligan a dormir.

Ahora, esta era la observación de aquél conferenciante, no sé si se llegó a comprobar. Pero suena lógico. Un estereotipo derivado de el estilo de vida del ranchero. Una bacteria que marcó a una nación. Una enfermedad que hizo que los chatos de Top Gear tuvieran material para sus chistes. Una situación completamente fortuita que arde en la piel de muchos columnistas, comentaristas y muchos ciudadanos de a pie.

¿La razón del ardor y de la exageración? Quizás también se deba a un trastorno patológico.

Link de la imagen aquí.