miércoles, 18 de abril de 2012

Just a drop in the ocean


A drop in the ocean,
that's what we are.
Whoever speaks different,
Jesus! He is so far!





domingo, 1 de abril de 2012

Madre naturaleza y padre tiempo

El día anterior de la semana pasada llegó a visitarme mi madre, Naturaleza y mi padre, Tiempo. Fue terrible verlos. Quizás esté mal que lo diga, pero así fue. La casa era un indescriptible basurero. "¿Ahora qué voy a hacer?", me pregunté mientras los veía por la mirilla de la puerta, impacientes por entrar. Simplemente no los dejaría pasar sabiendo las condiciones en que tenía la casa.

Para que se den una idea, cuando madre y padre salieron a dar un paseo (porque según ellos necesitaban tiempo solos, como pareja, me entienden ¿no?) yo me dediqué a mí mismo (¿a caso no nos dicen todo el tiempo en la televisión y en los libros y en la radio y en Internet y en los anuncios y la gente y todos que nos dediquemos a nosotros mismos? ¿que nos consintamos? Pues eso hice).

Era hermoso ver cómo tenía el control de todo. Todo me pertenecía. Finalmente entendí la palabra poder y no pude hacer otra cosa sino ejercerlo. Sin embargo, y ustedes lo entenderán perfectamente, llegó un momento en que lo que hacía no me saciaba y por más que intentaba consentirme, siempre quería más y más y más y cada vez mi saciedad duraba menos, menos y menos.

Cuando llamaron a la puerta salí de mi trance. Para entonces ya era muy tarde. La cisterna se había vaciado, las paredes y los cuartos estaban incendiados y no había posibilidad de revertirlo (hacerlo me costaría una fortuna) y lo que es peor, caí en cuenta de que no me importaba lo que tuvieran que decirme ni madre naturaleza ni padre tiempo.

jueves, 29 de marzo de 2012

Cadáveres de hadas

Escribir un cuento para mí es doloroso. Las ideas surgen como burbujas en una caldera: en el fondo se crean y luego suben, escurridizas y rápidas hasta la superficie, en donde se rompen en miles de luces y sonidos incomprensibles para mí. Me quedan entonces dos salidas: o las miro revolotear, nacer, crecer y extinguirse en la inmensidad de mi mente o salir a su caza. Si hago lo primero, me perpetuo viéndolas, imaginándolas, saboreándolas, escuchándolas y gozándolas. Pero luego, un intenso deseo por tenerlas entre las manos y plasmarlas me invade y me desespera. Entonces me esfuerzo por hacer lo segundo. Entonces me preparo y busco una burbuja y la voy viendo y la voy memorizando hasta que de pronto, puedo entenderla y vivirla, pero ¡cruel destino! al plasmarla, la vuelvo a ver y no la reconozco; no vuelvo a sentir lo que sentí; no vuelvo a vivir lo que viví y es así como la sensación de desesperación e impotencia me derrumba y vuelvo a ser un espectador de mi propia mente.

He pasado varios años mirando muchas historias pasar. Nacen en cualquier momento. Cualquier circunstancia o cualquier situación es suficiente para hacer hervir mis neuronas y provocar esa sinapsis creadora. Sé que se escucha mal. Está mal que lo diga, pero lo diré: en mi cerebro "ebullen" ideas y es terrible. Es terrible porque al alcanzar la realidad, nunca son lo que eran y entonces las críticas propias y ajenas me deprimen. Justo el día de ayer intenté alcanzar una. Era de color rojo, lo recuerdo y su sensación era brillante, como un baño de agua caliente por la tarde. Y cuando busqué las palabras para describirla, se escurrió y no alcancé a plasmarla y ahora sólo escribo el aborto. Eso es lo peor, creo, ver a tantas burbujas morir. También lo peor es sentir esa sensación de olvido, pues las que no pude alcanzar se que quedan en obscuros rincones de mi cerebro, de donde difícilmente puedo volver a sacarlas. Colecciono cadáveres. Son cadáveres de hadas los que cuelgo en estas páginas y al verlas sólo recuerdo la impotencia y la tristeza por verlas ahí, yertas, y no vivas, nuevamente en el océano de mi mente.

Hoy pensé en dejar libres a todas las burbujas. No creí que era justo dejarlas ahí. Eso pensé por la mañana. Ahora, por la tarde, pienso que si vuelo mi cabeza (creo que Kurt lo pensó así, y sus burbujas quedaron embarradas, pero muertas) las burbujas tendrán una pequeña oportunidad de estar en la realidad. Una pequeña oportunidad de vivir. ¿Pero quién soy yo para decidir si quieren vivir o no? ¿Quién soy yo para saber si donde están viven y son felices? ¿Quién soy yo para decidir dejarlas escapar y pensar que la lo que para mí es la libertad no lo es para ellas? Y ahora que lo pienso, ¿quién soy yo para pensar que la libertad está aquí en la realidad, cuando no es más que una jaula más grande, con horizontes interminables?

Finalmente no me sentí con los tamaños para hacerlo y ahora estoy aquí, con un café en la mano que derrite mi estómago y un cigarro en los labios, que llenan de cáncer mis labios, escribiendo en una libreta destartalada, garabateando signos, colgando cadáveres. Cuando cierre esta libreta estoy seguro que nadie jamás se enterará de este cementerio. Y quizás sea lo mejor. Nadie quiere ver cadáveres y nadie cree en las hadas.

Imagen tomada de aquí.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Mis hijos

Mi esposa y yo (sí, sé que se escucha arcaico eso de tener esposa, pero qué quieren, soy un hombre de compromisos) queríamos tener un hijo. Ya nos había advertido el ginecólogo que sería muy difícil lograrlo y que, en todo caso, teníamos que recurrir a métodos especiales (y caros, eso no lo dijo, pero debí suponerlo en el momento en que hizo aquel gesto terrible). Fueron varios días de deliberar, pues también habíamos pensado en adoptar un niño (o niña, por supuesto). Finalmente, el azar quiso que eligiéramos la fertilización.

Todo resultó un verdadero éxito (descontando el hecho de sentir un hueco en la cartera pero lleno el corazón) y nueve meses después teníamos trillizos. Luis, Caltronio y Luci eran nuestros tres retoños. La vida no fue nada fácil, pues nos costó mucho trabajo acoplarnos a los horarios de tres bebés. De por sí, mi sueño es ligero, con tres bebés la situación se hizo mucho más difícil. Finalmente, logramos controlarlo y de hecho, puedo apostarlo, nos convertimos en unos verdaderos expertos en el arte de cuidar a tres hijos, casi al mismo tiempo.

Nuestra vida era bastante común, con algunas salidas aquí y otras allá. Recuerdo la tarde del 5 de agosto, los bebés ya tendrían ocho meses y yo recibirían la llamada más extraña que nos sumergiría en un mundo, como diría mi amigo francés Jean Luc Tomasi, bizarre. Mi esposa llevaba un par de minutos fuera, pues quería ver a su madre. Yo me quedé en casa, como siempre, escribiendo artículos de medicina. El teléfono timbró dos veces y lo contesté. "¿Se encuentra el señor Bradellion?". "¿Quién le busca?". "Hablamos de la clínica Fertilicé". "Él habla, ¿en qué le puedo ayudar?". "Señor Bradellion, hablamos para comentarle que el tiempo de almacenamiento de los óvulos fertilizados está por expirar, ¿qué quiere hacer con ellos?".

¿Qué quiero hacer con ellos? ¿Óvulos fertilizados? ¿Señor Bradellion? Por alguna razón no había caído en cuenta que el tratamiento requería fertilizar por lo menos media docena de óvulos y eso que diariamente escribía sobre cosas parecidas, pero aparentemente cuando uno está inmerso en las cosas, esas cosas se ven con menor claridad en la vida común. "Tengo que consultarlo con mi esposa...". "Muy bien, sólo le recuerdo que tiene 48 horas para informarnos qué hacer, de lo contrario los óvulos serán desechados". El sonido lánguido del final de la conversación telefónica me dejó atónito. Recuerdo no haber podido articular palabra ni hablada ni escrita y esperé a que mi esposa regresará de la visita con su madre.

"Por supuesto que iremos por ellos". No sé porqué no tuve la misma tenacidad de decirle a la señorita que iría por los niños en seguida. Gracias a Dios, mi esposa sí reaccionó a tiempo. Salimos en seguida, aunque la verdad yo creo que no teníamos idea de qué hacer. ¿Cómo transportas a un hijo cuando sólo es un óvulo? Por suerte, al llegar, nos los dieron en un pequeño recipiente, una especie de contenedor para hielos. "Aquí están sus óvulos". Recuerdo que mi esposa se estremeció y creo haber escuchado que sus dientes chirriaban de coraje pues segundos después reconocí que habían llamado "óvulos" a sus hijos.

Nos despedimos de la señorita y nos llevamos a nuestros seis hijos en el asiento trasero. Recuerdo haber hecho malabares al volante para evitar que les cayeran el sol, pues, saben, son mucho más delicados a esa edad. Al llegar a casa no supimos qué hacer, ¿cómo se debe tratar a un hijo que a penas es un óvulo? Es verdad que nos habían dado una buena dotación de sustancia para evitar que se descongelaran (¿esa fue la palabra que usaron?) pero en algún momento teníamos que sacarlos del contendeor. Después de una breve deliberación, decidí comprar un frigorífico y dejarlo en la habitación de los trillizos, pues de alguna forma eran hermanos.

Las cosas parecían tomar su cause, pero la mirada de mi esposa no era la misma. Por las noches, mi esposa se levantaba repentinamente y se escabullía en la penumbra. Yo escuchaba la bocina que nos conectaba con el cuarto de nuestros hijos, pero no escuchaba llantos de los trillizos. Ella regresaba después de cincuenta o setenta minutos, con las manos heladas, la mirada alerta y los ojos rojos y llorosos. Eso siguió por dos o tres noches más. Entonces decidí seguirla para ver qué hacía. Había dejado la puerta de los trillizos entreabierta y al asomarme pude ver una frugal luz que cortaba su rostro con una verticalidad exacta. Ahí estaba mi esposa en cuclillas, arrullando el contenedor, "Ya, ya mis amores, tranquilos. No lloren. Mamá está aquí con ustedes, ya, tranquilos. A la ro, ro niños, a la ro, ro ya, duérmanse amores, duérmanse ya".

La escena me llenó de ternura y de miedo. Hasta ese momento caí en cuenta de que habíamos transportado óvulos y quién sabe si realmente había óvulos adentro, pero mi esposa los tenía como si fueran bebés reales. Regresé a la cama y la esperé hecho un ovillo. Cuando sentí que se metía entre las cobijas, le pregunté por lo que había pasado. "Estaban llorando, no puedo dejar que mis hijos sufran, ¿lo entiendes, verdad?". No me atreví a decirle lo que pensaba y la abracé. "¿Qué vamos a hacer? No podemos permitir que sigan ahí adentro. Tienen frío. Tienen hambre. No saben qué pasa. Están confundidos. Me preguntaron que porqué no están con sus hermanos. Me preguntaron cómo era el sol. No puedo dejar que sigan sufriendo".

Nos quedamos abrazados y dormimos una media hora (yo sentí que habían sido años) cuando dejé de sentir su calor y me di cuenta de que se había levantado por la noche. Sabía que estaba en el cuarto de los trillizos y me levanté para seguirla. Intenté encender el interruptor, pero al parecer no había luz. Caminé a obscuras, tentando paredes y pisos con mucha precaución. Finalmente sentí el canto de la puerta y la abrí con lentitud. "Shh, shh, shh, chiquitos, no teman, ya está aquí mamá. Ve por hielos, se fue la luz y están sufriendo". No pude creerlo. En verdad se escuchaban pequeños alaridos, nada parecido a llantos de niños, pero el sufrimiento era mayúsculo. La piel se me erizó y por unos momentos no supe qué ocurría. "¡Los hielos, rápido!"

No veía la cara de mi esposa, pero su voz se escuchaba histérica. "Ya mis amores, ya". Los gritos eran cada vez más fuerte. "Ayuuda, ayuuda, morimooos, duele, mamá, mamá". Escuchar la palabra "mamá" terminó con mis nervios. No era posible escuchar con tanta claridad tantas palabras de dolor. Ahí estaban mis hijos, sufriendo, en un contenedor, lejos de los brazos de sus papás. Ahí estaban, muriendo de a poco y yo no podía hacer nada. Estaba paralizado, congelado, con un sentimiento de miedo y desesperación e impotencia. "¡Los hielos!"

Corrí como nunca había corrido. Mis bebés se morían. Los escuchaba por el pasillo. Los escuchaba en las escaleras. Los escuchaba en la cocina. Abrí el refrigerador y sus gritos eran más fuertes. Eran chillidos. Sufrían. "¡Se mueren!", gritó mi esposa y el llanto de los trillizos se unió al coro que agonizaba. ¿Cuánto tiempo habíamos estado sin luz? Buscaba los hielos. ¿Cómo puede ser que griten. ¡Son óvulos! ¡Son óvulos! Tomé el balde y lo llené tanto que varios cayeron al suelo. Subí tan rápido que escuchaba el golpeteo de mi sangre en los oídos. De pronto, silencio. Sólo sollozos y llantos de los trillizos. ¿Qué pasó? ¡Qué pasó! ¡Aquí están los hielos, aquí están los hielos!

Ahí estaba mi esposa, intentado meter a los pequeños en su cuerpo, para envolverlos con su calor y darles un respiro más de vida. Ya no los escuchaba. Había pedazos de cristales y de plásticos regados y mi esposa en medio de un pequeño charco, intentando empujar con sus manos llenas de lágrimas y sangre a sus bebés de vuelta al seno de donde nunca debieron salir. "Ya, ya, mis bebés. Ya están con mamá. Ya están con mamá".

Epílogo

Nuestros hijos ya son grandes y recuerdo cuando Luci nos contó que quería recurrir a un método de fertilidad. Mi esposa puso la mirada en donde yo no podía alcanzarla, "adopta, Luci, mejor adopta", y su mirada se volvía a perder en la penumbra. Todavía recuerdo esos días y me estremezco.

Foto: Aquí.

viernes, 9 de marzo de 2012

Jenaro Aviña

Yo lo recuerdo echando lumbre por los ojos. Era un sacerdote excepcional. Pocos hay como él y es me hace recordar, casi estoy seguro, de sus palabras. Despertar. ¡Despertar! El católico debe despertar. Dejarse de mojigatos modales. A un lado el beato, el que señala y después se persigna. Hay que reformar desde adentro, empezando por los primeros: los sacerdotes. Jenaro Aviña era un sacerdote ejemplar.

Sus sermones solían encender corazones y quemar conciencias. Con mucha fortaleza, por quince años, levantó un templo y fortaleció un pedacito de la Iglesia. Ahí estaba él, junto a todos, clamando con rabia por hacer a un lado eso que nos hace desiguales, eso que nos corrompe y que pudre los sistemas y los corazones: el egoísmo. "Ese es el que hay que atacar", me dijo (nos dijo) y sus ojos se encendieron.

No solía tocarse el corazón para hablar de este o de aquel. Lo mismo señalaba los errores del policía que del Papa. Su razonamiento era sencillo, "tan sencillo como las palabras de Jesús", nos decía: ama a Dios y después ama a tu prójimo. Nada más sencillo, pero difícil de practicar. Por eso no se cansaba de recordarnos que la paz se puede alcanzar si podemos pacificar nuestro ego. Alguien lo escuchó y no le gustó.

Empuñaba un látigo, como lo hizo Jesús alguna vez, pero no castigaba al que era ateo o al de otra religión, vaya, ni siquiera castigaba a los feligreses. Castigaba el egoísmo. (Si una palabra pudiera significar a su enemigo, esa sería, sin dudarlo, el "egoísmo"). Recuerdo sus palabras, antes de iniciar la misa, "los políticos se pudren por que prefieren escuchar a su ego. Ese es el diablo, muchacho. Escucharás gritos que claman con furia 'las cosas deben cambiar', 'es culpa del sistema', 'es culpa de la cultura', pero no se dan cuenta que a veces (muchas veces), es su propio ego el que las impulsa a gritar eso. Cuando logran cambiar las cosas, se dan cuenta de que todo sigue igual. Su ego triunfó. El diablo triunfó".

La tarde era lluviosa y recuerdo haberlo visto ir a la tienda a comprar un poco de jugo y de pan. Lo vi y me dio mucho gusto pues lo habían cambiado de parroquia a penas unos meses atrás. Corrí para saludarlo pero el autobús al que se subió no se detuvo y no me dejó alcanzarlo. Lo lamenté, pues al día siguiente, por la tarde, me enteraría de que había muerto.

El frío del cuerpo hizo que la mueca de rabia se petrificara gracias al rigor mortis. Había muchos rumores al respecto, sobre todo porque lo habían encontrado en pijama y con pantuflas. A mí me parecía muy claro todo. Su valentía había exacerbado a más de uno y decidieron su secuestro. No podía ser por mucho tiempo, la gente hablaría. Lo subieron a una camioneta. El que iba del lado del copiloto volteó a verlo y se quitó la máscara. "Jenaro Aviña, simplemente te puedo decir que me caes muy mal. Tus estupideces me dan asco y no voy a ir más lejos". Tomó un cuchillo y le cortó el dedo anular, sin miramientos, tomó su anillo y se lo tragó.

Jenaro Aviña lo miró, impertérrito, incólume, autárquico. Sonrió. "Finalmente has venido. Hace tiempo que había querido hablar contigo cara a cara". "Pues ahora es tu momento". La camioneta se detuvo frente a su casa. Jenaro Aviña bajó con calma, sobándose casi sin notarlo el dedo que aún sangraba a chorros. Por la noche, escuchó ruidos. Era él y lo estaba esperando con un picahielo. "Veo que no eres cobarde". "Jamás lo he sido". "¿Vas a dejar de hablar?". "¿Vas a dejar a los hombres en paz?". Primer golpe con el picahielos. "No lo has entendido, ¿cierto? Es algo que está en los hombres". "Es cierto, pero podemos dominarte". Segundo golpe. La sangre le chorreaba por la frente. Había dolor, pero su cara parecía estar llena de energía, lo que asustó a su enemigo. "Yo te dominé. Otros lo han hecho. Sólo aléjate". Tercer golpe. Seco. La cabeza le daba vueltas. "¿No te das cuenta de que contra lo que has luchado es lo mismo que te ha dado energías?". "Yo no soy egoísta". "Esas son las palabras necias que te hacen merecer esto". Cuarto golpe. Quinto, sexto, séptimo. Jenaro Aviña estaba de rodillas, la cabeza le brillaba por la sangre. Aún así, no parecía querer defenderse. "Golpeame más fuerte. ¿La vida me ha golpeado más fuerte?". "Eres testarudo". Octavo golpe, noveno, décimo. "Hace tiempo quería verte. Es verdad lo que dices. Mi ego me dio fuerza. Creo que finalmente te engañé por mucho tiempo". La risa burlona se borró de la cara de su enemigo. Asestó un nuevo golpe (el undécimo dirían los pedantes), esta vez con furia. "En todo caso nos engañamos los dos". "Creo que te utilicé y eso no te gusta". Fue suficiente. La paciencia se le acabó. Doce, trece, catorce, quince... dieciséis.

Jenaro Aviña cayó de bruces. Su cara de ira, que petrificó el frío, bien podría ser de locura o de una alegría descomunal. Como yo lo leo, creo que estaba satisfecho. Su enemigo seguro se fue sabiendo que había sido engañado y utilizado. En febrero murió un gran hombre. Perdimos la materia, pero nos quedan sus ideales. Yo también estoy esperando el día en que deba enfrentarme a mí mismo.

sábado, 3 de marzo de 2012

Soñé

14

Sentado junto al calentador. Mirando la luna que se colaba entre los tabiques de la habitación. Bebé Guillermo Tipaso y yo estábamos recuperándonos de la tormenta. Creo que Beyoncé aún estaba en la cama, sentada, mirando al final, con esa mirada valiente que siempre amé; que siempre temí. Me costó trabajo recuperar a bebé Guillermo Tipaso, tan fuerte lo había sostenido mi hermosa Beyoncé. Logré abrir sus dedos y el bebé pudo nuevamente respirar. Por segundos sospeché que había perdido a las dos cosas que más había amado en el mundo. Ahí estábamos los dos ahora. Mirando el futuro como quien mira un camino después de haber salido vivo de las entrañas de un camión volcado.

"¿Dónde está mamá?", alcancé a escuchar. Era bebé Guillermo Tipaso que en un gritito, en un simple sonido me había comunicado toda su incertidumbre. "¿Dónde está mamá?", me pregunté yo también. "¿Dónde estás, Beyoncé?". Entonces entendí que por primera vez en el mundo me sentía solo. Dios no existía en mí. Se había ido dejando la luz apagada. Quise que la rabia me invadiera pero no pude. Tan vacío estaba. Dios me había abandonado. Recordé fugazmente el sueño terrible, cuando el ángel se apareció ante mí. Ahora veía aquellos pedazos de recuerdos y quise burlarme de mi estupidez, pero ni eso pude hacer. Fue cuando miré nuevamente a bebé Guillermo Tipaso.

Estaba conmigo. Yo lo cargaba y lo mecía. Sus ojos. Sus ojos. Beyoncé apareció nuevamente ante mí. La tranquilidad regresó. Una extraña sensación de alivio a pesar de la tristeza profunda. "Tranquilo, bebé Guillermo Tipaso. Tranquilo, papá está contigo" y una voz resonó en mi mente y me dijo "Tranquilo, tranquilo, yo estoy contigo". Las palabras de mi amigo corrieron a cabeza y resonaron como si el mismo universo se hubiera develado ante mí: hay que confiar en Él como los hijos confían en sus padres y se abandonan en sus brazos. Un baño de agua caliente por la tarde. Respiré nuevamente. Dios me estrechó entre sus brazos y yo lo miré y le sonreí y me acurruqué en su pecho y continuamos andando por la vida.

"Hoy soñé que alguien moría", me dijo Beyoncé mientras trataba de abrir mis ojos cuajados con lágrimas. A penas podía conectar palabra alguna, pues los grititos de bebé Guillermo Tipaso, que pedía comer, nos habían arrebatado dulcemente del más dulce de los sueños. "¿Quién era?", le pregunté, al tiempo que me preguntaba a mí mismo si había escuchado bien lo que Beyoncé me decía. "Que hoy soñé que alguien moría, pero no sé quién". "Vuelve a dormir, quizás recuerdes o quizás tu sueño continúe y podamos saber la verdad". "Tenemos que ir por los biberones, recuerda que ya no puedo darle pecho". "Te amo. Ya extrañaba tu sinceridad". "Mira quién está ahí, es Topo Gigo y es Zoraida". "De verdad que estoy contento, Beyoncé, finalmente has desistido en tus bromas de no poder verlos; por un momento me hiciste pensar que yo estaba loco". "Es que antes no los veía... pero ahora somos una familia. Ya no tengo miedo como ayer, ¿recuerdas? ya no tengo miedo".

Foto tomada de aquí: link.


viernes, 24 de febrero de 2012

Sueñan

13

Beyoncé siempre tuvo la conciencia tranquila. Sus ojos nunca perdieron el brillo y sus labios siempre estuvieron listos para una queja o para un beso. Recuerdo aún, horas después de que regresamos del médico (aquél que nos contó lo que a nadie le deberían adelantar jamás), mientras daba de comer a pequeño Bebé Guillermo Tipaso, que su mirada, perdida, buscaba algo en la obscuridad de la puerta. Aquella ocasión entré a la habitación, como siempre lo había hecho, dejando a Topo Gigo fuera, para que fuera cuidado por Zoraida.

"Tengo miedo". Beyoncé comenzó a tirar lágrimas que hacían surcos cada vez más hondos. "Sabes que no hay nadie". "Tengo miedo. Toma mi mano". "Está fría". La miré. Mi vida volteó a verme y su cara me hizo llorar. "No tengas miedo". "Tengo mucho miedo". "¿Qué podría pasar?". "¿Y si quedo en medio? Tengo miedo" y su mirada se quedaba en la nada. Me miraba pero no me miraba. Cuánto miedo había en sus ojos. La enfermedad comenzó a tomarla hace años y ahora sólo falta el final.

"¿Me vas a acompañar?". "Hasta la muerte". "¿Y más allá?". Ya no sabía si hablaba conmigo. Bebé Guillermo Tipaso soltó el pecho de Beyoncé y comenzó a llorar. No lo escuchó. "¿Cómo es? Dime". Entonces miró a la puerta. "¿Hay alguien ahí?". "Estoy cansada. Tengo miedo". "Beyoncé". "Hay un fantasma ahí". Me lo dijo con naturalidad. Me miró nuevamente. "No quiero dormir. Tengo miedo. Tengo miedo. Mucho, mucho miedo". Me abrazo y sus brazos de hielo me hirieron profundamente. Bebé Guillermo Tipaso cayó con tranquilidad en la cama. Lloraba. "No te vayas", alcancé a musitar y sus brazos se extendieron, se hicieron agua. Se estaba yendo. "Tengo mucho miedo. Quédate conmigo".

Esperamos horas. Ella miraba la puerta. El sueño la vencía. Se la llevaban. Sostenía a bebé Guillermo Tipaso con fuerza. No quería irse. Sabía que en cualquier momento ocurriría. ¿Quién la acompañaría? Yo podría hacerlo, pero tenía a bebé Guillermo Tipáso, sin contar la promesa de Zoraida y a Topo Gigo. "Adiós". Me dijo y el corazón se me estrujó. Nuestras cuerdas se rompieron. Las lágrimas acompañaron como coros su partida. "Caigo", me dijo y su boca esbozó una sonrisa dolorosa. "Lo veo. Sus ojos. Tengo miedo. ¿Me vas a cuidar? ¿Y si quedo a la mitad?¿Y si fui mala? Cuando muera... me esperarás. ¿Me esperarás?". Apretó a bebé Guillermo Tipaso. Él la acarició. "Adiós. La puerta se abre. Es algo que podría ser. Es. La cabeza rueda. Caigo. Ayúdame. Luz. Maravillas. Vértigo. Te amo".

Beyoncé miraba la puerta. Su mirada quedó fija. El cuarto tembló. No soltó a bebé Guillermo Tipaso. La cama se movió. Entramos a un torbellino. Era como caer por una cascada. Era como un avión cayendo a toda velocidad. Era un tornado. Era como ver una gran ola caer sobre ti. Era estar en la punta de la ola y ver cómo caerías sobre toda tu vida. Un torbellino. Un huracán. Beyoncé gritaba. Bebé Guilermo Tipaso lloraba. "¡Beyoncé!", le gritaba. Tormenta. Agua. Lluvia. Truenos. "¡Beyoncé!". Velocidad. Líneas. Terror. Miedo. Miedo. Miedo. "¡Beyoncé!". Caemos. Caemos. Caemos. Caemos. Aaaaaahhhh. Aaaaaaahh. Paz.

Estática. Un lago hermoso. Tristeza profunda. Beyoncé no me escuchó y cerró la puerta al salir. Ahí estaba junto a mí, en la cama. Me di cuenta que mis manos sujetaban con fuerza las suyas. De sus manos sin fuerza jamás cayó bebé Guillermo Tipaso. Lo detuvo ante la tormenta, ante la gran ola que nos acababa de sacudir. Con dificultad liberé a bebé Guillermo Tipaso. Nos miramos. Lloramos desconsoladamente. Las lágrimas de silencio nos acompañaron por varias horas. Te extraño, Beyoncé. Te extraño mucho. Ahora yo tengo miedo. Beyoncé murió con los ojos cerrados.

La foto la tomé de este link.

martes, 14 de febrero de 2012

Amor de madre


*Rescatadas del portal Ficticia.com

Un niño pregunta asustado a su madre:
-¿Qué, no me quieres?
-Sí mi amor, te quiero demasiado.
-Entonces por qué me quieres matar.
-Porque te quiero.
Horas después unos hombres a caballo atacaron la pequeña villa. Mataron a todos. Torturaron a todos. Hogueras ardientes abrazaban a todos, menos al pequeño niño que yacía muerto en los brazos calcinados de su madre.

lunes, 13 de febrero de 2012

El mutilado


Mis padres me dijeron que era malo consumir drogas. Y tenían poca razón. A los ocho todos mis compañeros ya tenían epifanías producidas por la marihuana (NT: gracias a la legalización de las drogas y al interesantísimo nicho que representaba la niñez en aquel entonces, Sabritas decidió invertir en una fábrica de droga para niños), mientras mis padres me privaban de tal dicha. No los odié, sólo era cuestión de esperar pacientemente a que tuviera la edad de "hacer lo que me diera la gana", según sus términos.

Sin embargo, las ganas de volar ganaron. ¿Cómo hacerle? En primer lugar, mis padres habían logrado hacerme creer que las drogas eran terribles. En segundo, presencié la muerte de mi tía más querida a manos de sustancias altamente tóxicas, drogas duras. Aunque en su lecho me dijo (con una voz desencajada, pues las mejillas se le habían caído no sé si por las drogas o por la rehabilitación que nada pudo hacer para salvar su vida) que las drogas la habían liberado, yo no quería terminar con el esófago lacerado y el cuerpo hecho un hilacho. No obstante, era verdad lo que decía mi tía: las drogas habían liberado su alma, destrozando su prisión. Qué tonta, pensé entonces.

Me pregunté cómo alcanzar el éxtasis sin el éxtasis y en mi mente brotó una musiquilla que suena tal que así... Comencé con la música. Recuerdo haber pensado "Music is my favorite drug" y de hecho imprimí la frase en 200 camisetas que vendí a mis amigos. No puedo negar que mis trabajos entonces eran buenas en calidad y en cantidad. A los 12 años había pintado 125 cuadros, escrito 8 novelas y compuesto 4 sinfonías, nada mal para un novato. Pero por alguna razó´n no estaba satisfecho. Eran creaciones bellas pero inocentes, sin la fuerza que estaba atrapada en mí. Eran rasguños de la bestia que me descontrolaba todo el día y toda la noche. Porque, ¿qué es el arte sino la expresión de ese ser que tenemos atado con mil cadenas porque en cuanto lo soltáramos haría trizas nuestras neuronas?

Tengo que aceptar que las revistas médicas de mi padre fueron un fuerte basamento para la idea que brotó en mi cabeza. Pronto la bestia quedaría libre. Leí una serie de artículos que hablaban sobre los experimentos de los doctores Ronald D. Jacobson y Emerald Wineyar, de la Universidad de Doveyalt, al norte de Islandia. Sus trabajaron con ratas, chimpancés y humanos arrojaron interesantes datos sobre las heridas en el cuerpo. Según Jacobson y Wineyar (1972a, 1972b, 1975, 1978, 1983, 1988, 1990, 2001, 2002a, 2002b, 2002c, 2008, 2011, 2012) el cuerpo es capaz de soportar grandes cantidades de dolor en organismos cuyo gen KPF12 se encuentra en forma recesiva. Esto hace que el cerebro pueda ordenar la liberación de cinco veces más endorfinas y otras sustancias que ayudan a evitar el dolor. De esta forma, la parte afectada se encuentra "anestesiada".

Leí con avidez sobre el tema y consulté abundante literatura. Estaba más que feliz por el descubrimiento. Sólo hacía falta comprobar que efectivamente tuviera la característica genética señalada y la única forma de saberlo (dadas mis circunstancias de poco efectivo y la obvia falta de confianza con mis padres) era haciéndolo con mis propios medios. Recuerdo que esperé una noche en que mis padres salieron. Prometí que no haría nada indebido y mis padres se fueron con cierto resquemor por dejar solo en la casa a un chiquillo de quince años. Esperé con paciencia a que el auto doblara la esquina, desapareciendo.

Subí al ático y abrí el viejo estuche de operación de mi padre que días atrás había buscado con especial premura. Elegí un escalpelo con filo recubierto. Lo miré como quien mira la llave que lo sacará de una férrea prisión, como quizás el padre de Ícaro miró aquel para de alas. Tracé con impaciencia un surco sangriento. El filo hirió mi brazo. Una descarga de dolor. Una ola gigantesca golpeó mi conciencia, placer, descanso, luces, calor, suspiros, millones de endorfinas y de moléculas dormían el dolor, apagaban mi sed; chispas, ardor, truenos, poder.

Recuerdo aquella tarde como entre sueños. Escribí con desesperación; compuse como si la música se escapara de mis sesos; pinté como loco; era un loco derrochando talento. Las imágenes se venían a mi mente y tan pronto estaban ahí trataba de arrebatarlas y re presentarlas en pedazos de papel, en forma de esculturas, en retablos, en partituras. Lo había buscado por décadas y finalmente había llegado. El trance terminó y ahí estaba yo, tirado en medio de un charco de sudor, con montones de cuadros y hojas y música y arte. Mis padres sonrieron. Pensaron que era una actividad inofensiva. Al fin estaba lejos del poder de las drogas; de las malditas drogas.

Si con un simple corte había desbocado mi creatividad sin usar una gota de droga (!tomen eso artistas drogadictos!) ¿qué podía lograr con un poco más? Averiguarlo merecía desentrañar un monstruo. Recuerdo haber intentado re presentar un sueño. ¿Era posible? Ahora parecía tener los medios para lograrlo. Recuerdo que fue una semana de enero, la primera por el frío que hacía que mis huesos dolieran de por sí. Mis padres estaban tomando el té en la sala de estar. Yo no podía soportar más la tentación. Ese era el día para averiguar si este método me permitiría hacer que quien viera mi arte se sintiera dentro de un sueño, en donde todo tiene un desorden ordenado; en donde la libertad no posee más límites que la improvisación; en donde la confusión resulta perfectamente comprensible.

Aquel día tomé el maletín de mi padre, especialmente aquel escalpelo. Realicé con mucha ilusión un primer corte. La misma bocanada de energía (¿quién necesita las drogas ahora?). Pinté con fuerza y con tenacidad. Intenté atrapar al monstruo, pero al salir del trance, lo que miré no alcanzaba a ser lo que tenía en la mente. Quizás un corte más, uno pequeño bastaría. Y así, lo que empezó con un corte, continuó con otro y otro y otro. Al principio eran unos milímetros; luego, varios centímetros a lo largo y a lo profundo. ¿El resultado? Obras que en otro momento las hubiera considerado majestuosas y que hoy eran feos garabatos; palabras sin sabor; música hueca. La desesperación se apoderó de mí, ¿era a caso que el monstruo se escaparía? No. Las drogas no servirían; mutilar mi cuerpo, sí.

Comencé a entrar en un trance suicida. A penas notaba mis brazos y piernas sangrantes. Sólo escuché el golpe de la puerta y el grito de mis padres. Aterrorizados miraban mi cuerpo lleno de heridas vivas, rayones de sangre que hablaban y trataban de exteriorizar lo inefable. Recuerdo haber caído en la batalla. El monstruo se alejaba y mis ojos se cerraron. Desperté en una cama de hospital. Abrí los ojos y ahí estaba el monstruo. De mi mente había salido al cuarto de hospital. Era la gran oportunidad para tomarlo, matarlo y mostrarlo al mundo. Maldito sueño, no se me escaparía otra vez. Otros habrían inhalado algo. Yo sólo necesitaba herir mi cuerpo. Quise moverme pero mis padres habían mandado que me ataran con correas. Enloquecí de ira. Traté de zafarme con violencia y sentí un dolor agudo en mis muñecas. ¡Gracias, padres!

Giré con fuerza bruta mis muñecas una y otra vez, sintiendo el duro cuero destrozar la carne, abriendo el camino para terminar con mi obsesión. Una, dos, tres, veinte, cien, mil veces; el dolor era tal que parecía suficiente. Pero mi mente me engañaba. Sentía chorros de sangre correr y aún así no era suficiente. Seguí girando las muñecas hasta que finalmente: el paraíso. Una corriente de electricidad hizo enmudecer al monstruo. Victoria, pensé. Libertad, sentí. Un torrente furioso me lanzó como un tigre ataca a su presa. Miré a mi presa y levanté los brazos para alcanzarla, pero mis muñones no eran suficientes. Éxtasis. Un pequeño estremecimiento me hizo voltear a ver mis muñones. Faltaban mis manos. Terror y de pronto, el miedo se convirtió en mi aliado. El gen lanzó una bomba atómica de sustancias. Tenía que alcanzar el sueño, sujetarlo y plasmarlo como fuera, como una canción o como un poema. No importaba.

Me abalancé sobre mi sueño y sentí un dolor punzante en mis tobillos. Era el mismo cuero de las muñecas. Y sabía qué hacer. Tallé como lo hice antes. Mientras aventaba mi sangre y miraba cómo poco a poco el monstruo parecía ceder. No era suficiente. Fue cuando sentí que mis pies se desprendían. Al fin era libre y con la suficiente carga como para alcanzar a mi presa. Me arrastré hacia él. Entoné un himno de valentía y honor. Ahora me sentía extasiado. ¿Cuándo una droga me iba a dar tanta felicidad? Y lancé con los pies, porque de las manos ya no podía, sangre y el monstruo se doblegaba más. Necesitaba más. ¡Una oreja! Más sangre para pintar paredes. ¡Otra oreja! Más sangre, más y más. Y de pronto, ante mis ojos, la luz. Mi sueño, ahí estaba. Había sometido y plasmado en el lugar aquel sueño, lleno de luz, lleno de olores, lleno de sonidos. Loco sería aquel que no mirara eso y no pensara en un sueño. Así es como debían re presentarse los sueños.

Mis padres entraron y estoy seguro que vieron el sueño. Su cara lo dijo todo. Les sonreí, aunque creo que me faltaban uno o dos dientes. "Miren, papás. No necesité drogas para llegar a ser el mejor artista del mundo de todos los tiempos. Miren, seguí su consejo y ahora soy feliz". Quise abrazarlos pero lloraba mi madre y mi padre intentaba ponerme de pie. Lo vi manchado con mi sangre. No entendía los llantos. No entendía la desesperación. "Padres, no use drogas, ¿porqué están enojados conmigo?" y poco a poco el frío se apoderó de mí. Caí y ahí estaba, frente a mi obra maestra. ¿Cuánto tiempo pude vivir sin conocer este secreto? No me hubiera importado dar la vida por conocerlo antes. "Madre, padre, no lloren que su hijo es feliz".

martes, 7 de febrero de 2012

Soñamos

12

Tener un hijo ha sido un vendaval. La cabeza me gira (estoy seguro que la de Beyoncé también) y todo me confunde. Es como si la vida nos hubiera cambiado de vuelco. Estaba con bebé Guillermo Tipaso, cuidándolo afuera del consultorio del doctor de Beyoncé. Mirábamos revistas, aunque realmente yo lo miraba a él. Recordé que a penas el día anterior lo había soñado. Ya estaba grande, quizás dos o tres años y me miraba con la curiosidad con la que busca los reflejos y las sombras de donde provienen las voces que lo acompañan. Caminábamos por espesas matas en un campo lleno de flores y pasto muy verde con un cielo muy abierto con un aire muy frío en un día muy negro. Recuerdo que charlábamos sobre mariposas y simios y de hecho las calles empedradas y las banquetas me recordaron a la última moda de mi colonia: podar los árboles sólo dejando las ramas pelonas, sin capacidad de regenerarse. Alguna mujer me dijo que así lo había visto en Chicago. Claro que olvidó pensar que en Chicago era invierno y que era normal que los árboles no tuvieran hojas. Pero ella logró convencer a miles de ciudadanos de podar sus árboles, permitiendo que sólo un puñado mantuviera tres o cuatro hojas. Están condenados, pensé, y en seguida le dije a bebé Guillermo Tipaso (en ese momento a niño Guillermo Tipaso) "debes pensar en tu misión". "¿Misión?". "Así es, todos tenemos una misión en la vida. Unos no la descubren jamás, otros, lo hacen pero prefieren engañarse y pensar que su misión es otra. Sólo un puñado descubre su misión y tiene el valor de enfrentarla".

Se abrió la puerta de golpe y ahí estaba Beyoncé. El médico se acercó a nosotros. "No quiero saberlo", murmuró bebé Guillermo Tipaso, completamente consciente de lo que vendría. Tristeza nubló nuestros ojos. Habían descubierto en Beyoncé lo que nadie quiere encontrar jamás. "Será mejor empezar a construir los recuerdos que nos unirán por siempre". Asentí mientras dos lágrimas rodaron por mis mejillas y, cayendo al suelo, se mezclaron con el pantano que todavía sostenía nuestros pies. Fue una tarde fría, a pesar del sol que nos abrazaba haciéndonos derretirnos en sudor. Comimos en silencio y todo fue pesar. Beyoncé no soportó más. "Vamos a reír". "Creo que es lo mejor". Salimos con bebé Guillermo Tipaso y vistamos lugares a los que nunca más volveríamos. Nos acordamos del futuro y supimos que por fin, cuando todo era brillante, tendríamos que saltar un obstáculo más.

Cuando Beyoncé durmió, yo quise despertar. "No quiero. No quiero. No quiero". Cerré los ojos. "Calma. Ella estará bien", murmuró Zenaida. Ah, Zenaida. Ahí estaba, con sus ojitos redondos y acariciando a mi gato, al buen Topo Gigo, quien asintió mientras ronroneaba. Extraño los ojos de Beyoncé. Bebé Guillermo Tipaso la extraña aún más. Dudo que se haya formado aún un recuerdo sobre ella pero quién soy yo para saber qué pasa en la cabeza de este hijo mío. "Beyoncé; qué terrible es la vida ahora que no estás aquí". Parece que estamos en un sueño. Sí. Es eso. Bebé Guillermo Tipaso y yo estamos en un sueño. Soñamos y sólo tenemos que ser pacientes para que Beyoncé nos llame con una caricia o con un coscorrón. Todo estará bien. Mientras despertamos, bebé Guillermo Tipaso y yo nos acurrucamos y nos cantamos para calmar nuestra soledad. Te extraño, Beyoncé.

domingo, 5 de febrero de 2012

Sueña


11

Bebé Guillermo Tipaso crece con rapidez. Ya lo decía yo, pronto podrá declamar y quizás dar un par de piruetas al mismo tiempo. Lo que me sorprendió verdaderamente fue lo que me contó Beyoncé. Hace a penas unos días que bebé Guillermo Tipaso está con nosotros y hemos constatado que hay algunas noches buenas, algunas malas y en ocasiones otras terribles. El viernes pasado acariciaba a Topo Gigo, mientras Beyoncé entraba en la habitación dirigiéndome la misma mueca de consentimiento y abnegación. "¿Cuándo dejarás de hacerlo?". "Me gusta hacerlo y a él también". Suspiró.

Beyoncé dejó a bebé Guillermo Tipaso en su cuna y se acostó junto a mí. El mes en que nació bebé Guillermo Tipaso ha sido uno muy frío. Dicen las noticias que los polos se han vuelto a congelar y que en muchos países del norte de Europa, los ríos se han petrificado, dejando de abastecer al mar. En nuestra casa, la escarcha se ha convertido en el nuevo pasto y tuve que comprar diecinueve calentadores para mantener la temperatura interior del cuarto a veintiséis grados. Procuramos que la temperatura no cambie, así que cuando Beyoncé me comentó por la mañana que la noche había sido particularmente fría, dude sobre la calidad de los calentadores. "Estoy asustada". Tomó aire. "Vi a una niña". El corazón le empezó a latir. "Se acercó al bebé". Esperó mi respuesta: nada. "Realmente me asusté. Se veía alegre pero me atemoricé...". "Por supuesto, era Zenaida", interrumpí. Me miró con indignación. "¡Era un fantasma!, yo la vi. Se veía angelical. Estaba contenta de ver a bebé Guillermo Tipaso. Pero era un fantasma". "Lo soñaste, Beyoncé, definitivamente fue un sueño".

Fue cuando recordé que aquella particular noche, bebé Guillermo Tipaso lloró mucho, mucho, mucho. Evidentemente Zenaida había ido a visitarnos, pero es claro que ella no podía haber lastimado a bebé Guillermo Tipaso. "Era un fantasma", me espetó Beyoncé, "me estás irritando bastante". Ahora, Beyoncé había visto un fantasma, que por supuesto había confundido con Zenaida. Estas noches con bebé Guillermo Tipaso han sido caóticas. Dormimos poco y estamos alerta. Es fácil que Beyoncé haya confundido a Zenaida con un fantasma. Hay veces en que entreabro los ojos y también veo miles de figuritas alrededor de bebé Guillermo Tipaso y después, en la vigilia, caigo en la cuenta de que son los reflejos de las estrellas con las que sueña mi hijo.

El día de hoy, el sueño de Beyoncé la llevó a comprar varias medallas, las cuales colgó por toda la casa. Zenaida está junto a mí y me pregunta constantemente el porqué del enojo de Beyoncé. "Tienes que entender que es nuestro hijo y muchas veces a los papás no nos gusta que nuestros bebés lloren". Zenaida entonces se hizo un ovillo junto a Topo Gigo. "¿No crees que exageras? Si tan sólo hablaras con Zenaida sería más...". "¡Zenaida! ¡Zenaida! ¡Zenaida! ¿No tienes otra cosa que decir, otra cosa, otras cosa?". "Pero, Beyoncé, Zenaida...". "Deja tus fantasmas ya. Estamos hablando de nuestro hijo". "Pero, Beyoncé, fue un sueño, todo fue un sueño, no había fantasma, fue un sueño". "¿Sueños? En sueños vives. Ya debes despertar". Y salió corriendo, azotando la puerta.

Regresó dos horas más tarde. No volví a tocar el tema del fantasma. A veces, definitivamente siento una presencia juguetona. Quizás la niña. Pero entonces veo a Zenaida sentada junto a bebé Guillermo Tipaso y acariciando a Topo Gigo. Hoy hablaré con Beyoncé. No me gusta su apariencia demacrada. Es cierto que estos días nos han desgastado mucho, pero siento que hay algo más en sus ojos. Por lo pronto, se ve más tranquila, pues las medallas han hecho que Zenaida no se acerque más a bebé Guillermo Tipaso, quien, por cierto ha dormido como un bebé. Zenaida llora mucho y en ocasiones despierta a Beyoncé, quien se sobresalta y mira para todos lados en la gélida habitación, buscando entre las sombras la cara de la niña, pero al parecer no la ve. Entonces, esperando a que Beyoncé vuelva a acostarse, me encamino con Zenaida y la consuelo. Eso hice esta noche y lo que me dijo me dio un vuelco en el corazón. "Es tiempo que te despidas. Pronto vas a despertar". No sé qué quiso decir, pero definitivamente me dio mucho miedo. No quiero despertar.

sábado, 4 de febrero de 2012

Sueñas


10

Bebé Guillermo Tipaso nació un 11 de enero. Recuerdo que era un día frío pero muy bonito, con el cielo azul, azul; un cielo que se distinguió del resto de los de enero, como un zafiro entre piedritas de carbón. Beyoncé me marcó para decirme que no me preocupara, pues ya estaba en el hospital a punto de dar a luz. No me preocupé. Simplemente tomé mis cosas y salí con paso decidido ante la mirada estupefacta de mis jefes, quienes segundos después continuaron con sus aburridas cuentas. Recuerdo que días antes había tenido una tremenda gripe. Estuve tirado por lo menos dos, con temperaturas de 40 o 45 grados. De hecho, imaginé que moriría derretido antes de poder ver los ojos de mi hijo. Zenaida me cuidó muy bien al igual que Beyoncé, a quien pedí con un dolor en el corazón que no se me acercara mucho pues estaba embarazada. Topo Gigo, mi fiel gato, también ayudó, aunque a ciencia cierta dudo que me ayudara el que estuviera echado a mis pies pues la temperatura no cesaba. Le dije a Zoraida, "quita a Topo Gigo", y sólo meneó la cabeza, "tío, estás alucinando" y después miró a Topo Gigo haciendo un pacto tácito.

Ese día, el día en que bebé Guillermo Tipaso nació, la gripe se me cortó de un golpe. De pronto ya no sentí el malestar que me acompañó todo el día. Tomé mi bicicleta y después de dieciseis baches y dos cráteres (hoy en día, los baches y los cráteres de la ciudad son importantes para medir distancias y dar indicaciones, de hecho, el gobierno de la ciudad ya ha dedicado horas de sus asambleístas para dar nombres a los baches más memorables, y vaya que hay competencia) llegué al hospital. Ahí estaba yo, esperando, envuelto en una capa negra, con un bufandón gris y una gorra de "Cementos Tlaxcala". Pasé entre los cuartos y todos me miraban y me felicitaban con los ojos. Todos sabían que ese día había nacido el niño más hermoso del mundo. De hecho, cuentan que las 20:20 fue el horario reservado para que ningún otro niño o niña naciera en el mundo. Eso yo no lo creo, pero así lo indican varios biógrafos de bebé Guillermo Tipaso.

Recuerdo muy bien su carita. Me miró y nos volvimos confidentes inseparables, miembros de una cofradía exclusiva a la que sólo tenía acceso Beyoncé y en donde de vez en vez se escabullía Topo Gigo, tal y como lo hacía en mis sueños y en mi vigilia. Recuerdo haber pensado que el mundo se había detenido y que había visto crecer a bebé Guillermó Tipaso. Sólo su llanto rompió el encanto y Beyoncé me apuró para que lo acercara al seno materno. Nunca había visto a un bebé comer tanto. Comió por horas. Había veces que dormía y seguía comiendo. Pronto, creció lo suficiente para salir caminando del hospital, pero el protocolo del nosocomio nos lo impedía y tuvimos que salir con un bebé de 53 centímetros y 3 kilos cargando, ¿se había visto algo similar en algún lado? A la edad de 50 centímetros y 2900 gramos, hay bebés que ya saltan vallas y rompen marcas mundiales y en mi país me pedían que saliera con mi bebé cargándolo. Sólo lo hicimos para evitar multas por omisiones. Yo simplemente no quería que esto fuera un sueño y que fuera a despertar en cualquier momento.

Por instantes me recordé a la edad de diez años. Mi abuela materna había muerto. Recuerdo que veía instantes, como si todo se hubiera detenido y el motor de la vida intentara recuperar su constante caminar y mi mente se lo impidiera. Recuerdo negros y colores de cirios. Recuero a mi abuela en el centro, en un gabinete de cedro preciosísimo. "No te gustaría que tu viejita se fuera en esta tumba", pregunto una tía, y mi abuelo, demasiado aturdido, no pudo decir que no, aunque a mi abuela realmente no le importara viajar dentro de un árbol muerto. Recuerdo haber pensado que era un sueño. "Esto es un sueño, sólo tengo que despertar". Y pasó un día y otro y otro más y nunca desperté, por lo que llegué a temer que no había sido un sueño y a la distancia comenzaba a dudar si quería mantener mi deseo de despertar, pues había vivido ya muchas cosas bellas. El día de hoy es uno de esos momentos que no quisieran que desaparecieran mientras abro los ojos en mi cama mientras mi madre me sugiere que me despierte para ir al colegio. Hoy naciste, bebé Guillermo Tipaso y el mundo no volverá a ser igual.

Topo Gigo se acurrucó en mis rodillas mientras veía a Beyoncé, con su incansable sonrisa, dar pecho a bebé Guillermo Tipaso, después de estar, los dos, exhaustos y deseosos de que llegara un nuevo día para ver crecer a nuestro hijo. Parece que Zenaida lo está disfrutando por igual. No quiero despertar, no quiero despertar...

Foto tomada por: Carolina Cázares-Montañez

martes, 31 de enero de 2012

Sueño

9

Topo Gigo se relamió los bigotes después de zamparse media lata de atún. Se veía entretenido por la plática que tenía con Beyoncé. Ahora era (éramos) papá de una niña muy triste. "Zenaida", llamé a mi nueva hija adoptiva, y ella corrió hacia un montón de papeles hechos bolita. Se tiró ahí y entre llantos hizo figuras de angelitos como si hubiera estado en la nieve.

Beyoncé me miró contenta, "pensé que todo había sido un sueño y al final, ahí está todavía Calumnia". No era cierto, pues Zenaida era todo lo contrario a Calumnia. La pequeña era, en primer lugar, una persona con la que se podía razonar. No levanta la voz nunca y sus canciones eran pegajosas. Calumnia era otra cosa y ahora ya no estaba en nuestras vidas. "Eso piensas, pero ya ves cómo regresó sin decir nada".

No lo sé. Quizás sea tiempo de regresar, "hay que regresar al principio, Beyoncé. Tú siempre fuiste mi adoración. Te amé desde que te vi, en aquella ventana. Te amé desde que pregunté por tus lágrimas. Te amé una y otra vez, entre la espuma y entre tu rabia, en tu alegría y en tu desconsuelo. Te amé y te amo y estoy seguro que te amaré, aunque es baladí mostrarlo en futuro porque para mí ya es el presente. Cásate conmigo". Dos lágrimas brotaron de sus grandes ojos y me abrazó.

Fue muy pronto. Dos días después estábamos siendo bendecidos por Dios. A los cuatro días nos fuimos a pasar la luna de miel a una montaña muy grande que está al norte del Imperio. Creo que se llama Cracón. Topo Gigo y Zoraida nos acompañaron, pero por supuesto, ellos durmieron en una habitación separada que compartieron. Visitamos estatuas, museos, y ahí estaba, el mar que había soñado cuando soñé a mi hijo. Ahí estaba. Antes había casas y eran colinas y entre las colinas ahora aparecía un mar cálido, un mar tranquilo. Sabía que era momento de que llegara.

Recuerdo que días después, quizás semanas tuve un sueño muy terrible. Estábamos Beyoncé y yo en una habitación. Nuestra habitación. La luz de piso le daba un tono rojo. Recuerdo, quizás, que dejamos encendida la luz por si Topo Gigo quería entrar o por si Zoraida tenía un súbito ataque de terror. Pero el terror sería mío. Recuerdo haber estado dormido. Recuerdo haber soñado y que en el sueño de pronto apareció nuestra habitación y recuerdo haber abierto ligeramente los ojos (no recuerdo si eso fue un sueño o no) y recuerdo haber visto hasta el fondo de la habitación, lleno de sombras y tonos rojizos una cara. La cara me miraba fijamente. Entré en pánico y no pude moverme. La cara se acercó a mí. El lugar entero empezó a temblar. Era un terremoto y la cara me dijo "Se acerca el día". Tuve la sensación de estar en el día del juicio final. Fue una sensación de pánico. De que todo se acabaría. Tuve una certeza en el corazón. "Se acerca el día" fueron sus palabras. Nada en la habitación me hacía pensar en el juicio final pero estar frente a esa cara me hizo recordar que estar frente a los ángeles causa temor (no temas, dicen cuando se presentan) y estuve seguro de haber estado frente a uno.

Al día siguiente, Beyoncé regresó del trabajo. Emoción se veía en su rostro. No lo podía creer. "Estamos embarazados", me dijo mientras me enseñaba un reporte médico. Me abrazó. La abracé. Fuimos felices por una eternidad. Entonces la cara del sueño me golpeó nuevamente. "Se acerca el día". Entonces lo comprendí todo y comencé a llorar. Beyoncé también lloró y ahora no sé si los dos llorábamos por lo mismo; creo que sí.

Foto: Tomada por Jorge Pablo Correa-González

lunes, 30 de enero de 2012

El nombre de Dios


Llevaba ya doce días en su laboratorio. Después de encontrar varios fragmentos ocultos de escritos de John Dee y de leer al revés (difícil fue encontrar este detalle) varios legajos de Aristóteles, Da Vinci, Leibniz, Newton y Einstein la luz parecía aproximarse a pasos agigantados. Los números son el lenguaje de Dios, estaba seguro, así que iba por el camino correcto.

Era un simple cálculo lo que lo alejaba de conocer el nombre de Dios. Ahí estuvo, siempre ante sus ojos y ahora, gracias a la supercomputadora, podría saber en cuestión de días cuál era ese dichoso nombre. Si aparecía, podría descansar finalmente y llamarlo para que curara todos sus males (¿los del mundo para qué?). Si no aparecía, descansaría también al saber que Dios no existe.

Los primeros días fueron muy emocionantes y fue fácil no dormir. Pero ya iban doce y el cerebro comenzaba a reclamar descanso. No quería dormir. Quería estar despierto para ver el nombre de Dios escrito en la ya kilométrica hoja. Miles de número aparecían y aparecían y aparecían. Por un momento (el día séptimo) creyó encontrar el patrón de pi. Fue sólo una ilusión, pues cuando quiso comprobarlo se dio cuenta que los números siempre eran diferentes (o no era así).

La máquina se detuvo por unos segundos. Parecía que había acabado. ¿Había acabado? Su cerebro se exalto. Todo indicaba que el nombre de Dios estaba frente a sus ojos. La felicidad le ahogó el cerebro y cayó fulminado.

No tuvo tiempo ni cabeza de saber que el papel se había acabado, que la máquina seguía produciendo números y que efectivamente, todo ese tiempo había estado viendo el nombre de Dios que se pronuncia en una palabra eterna.





miércoles, 18 de enero de 2012

El sillón


Todo empezó por un anuncio en un craiglist.org. Thomas Argentina deseaba desde hacía años deshacerse de un sucio sillón que había sido utilizado primero por su hermano Tom cuando perdió todo su dinero por culpa de Madoff (¡maldito sea!, gritaba su hermano mientras consumía las tres millones de cajas de vodka que compró con el dinero que le quedó de la terrible estafa) y después por su perro Butcher que un día llegó, se comió a Tom y quedó tan empachado que no pudo más que dormitar por varios años sobre el sofá, acompañando a Thomas Argentina mientra veían todo tipo de programas en su laptop. Así que el sillón quedó vacante una vez que Butcher decidió moverse un poco y sufrió un infarto legendario.

¿Qué hacer con el sillón? El problema no era tanto el olor como los recuerdos, que hedían más. Fue entonces cuando a Thomas Argentina se le ocurrió la buenísima idea (en ese momento, como casi todas las ideas, le pareció excelente) de sacar el sillón, dejarlo en la acera, justo enfrente de su casa y anunciar en craiglist.org que regalaba su sillón a cualquier persona que lo quisiera. Más tarde pensó que no hubiera sido baladí incluir una nota pidiendo que se lo llevaran, pero en ese momento, parecía estar de más sugerir dicha acción. Así como así, subió en el sitio web la dichosa oferta y esperó pacientemente que alguien quisiera un sillón destrozado por la vida y gratuito.

Sucedió que un buen día (o uno malo, según como se vea) pasó por ahí un joven. Miró el sillón y pensó "es este". Thomas Argentina lo miró desde la ventana. Llevaba varios días mirando a escondidas y finalmente alguien se iba a llevar el sillón. Finalmente los hediondos recuerdos se irían. El tipo se sentó en él y se quedó ahí, observando la solitaria calle. "Quizás esté cansado y está tomando su tiempo para llevárselo", pensó preocupado Thomas Argentina. Decidió que sus pesadillas acababan y que ya era tiempo de ducharse (quizás era él y no sus recuerdos los que hedían, pues muchas veces la cuna de nuestros problemas somos nosotros, pero eso no lo sabía Thomas Argentina).

Estaba preparándose para salir por algo de comer cuando escuchó el sonido de alguien clavando afuera de su casa. No le dio mucha importancia. Tomó sus llaves y la sorpresa fue mayúscula cuando abrió la puerta de su casa para salir. El tipo no sólo no se había llevado el sillón; ahora construía con especial furor una pequeña cabaña alrededor del sillón. Thomas Argentina corrió hacia el tipo y le gritó que qué estaba haciendo. Aquel pareció no darse cuenta (o no quiso darse cuenta) de lo iracundo de Thomas Argentina. "¿Qué hacés, pelotudo? ¡La reconcha madre! Largáte con el sillón. No tenés derecho de construir. ¡Largate ya mismo!".

Al ver que no había reacción, corrió a su casa y llamó a la policía. La línea estaba muerta. Se asomó por la ventana y miró con incredulidad, estupor e ira que el tipo desconectaba su línea y la reconectaba a un teléfono que acababa de sacar de un sucio bolsón. "¡Esto es inaudito!" y corrió a la puerta. Cuando la abrió la escena le pareció terrible. No sólo ya había una casa de madera de por lo menos tres pisos; ahora el tipo (que ya ocupaba el frente de la casa de Thomas Argentina y parte de la solitaria calle) entraba con un perro. Thomas Argentina corrió hacia él pero éste alcanzó a cerrarle la puerta en las narices. "¡Hijo de la gran puta!" pensó y rodeó la casa para buscar alguna forma de entrar. Llegó a una ventana amplia desde donde miró al tipo con el perro en el sillón mirando televisión vía satélite (por supuesto, la antena era de la casa de Thomas Argentina).

Golpeó con vehemencia la ventana y el tipo sólo volteó para cerrar las cortinas. No pudo ver su cara, pero la del perro sí y su mirada burlona lo hizo ponerse rojo por la sangre que se le galopaba por toda su cabeza. Eso fue lo que le hizo perder toda proporción. "¡Sólo llévate el puto sillón de mierda! ¡El sillón! ¡Largáte con él hijo de mil putas!" y cosas por el estilo bramó y escupió sin ningún empacho. Poco a poco los vecinos comenzaron a salir de sus casas para ver el escándalo. A nadie sorprendía la pequeña cabaña en medio de la calle, pero a todos les parecía sumamente extraño que este tipo gritara con tanta rabia. Ese no podía ser Thomas Argentina, no. Él era un vecino decente que saludaba poco y siempre era muy considerado con todos. No, a este loco había que encerrarlo, ¡mira que estar gritoneándole a Thomas Argentina en su propia choza de madera!

Thomas Argentina no pudo convencer a los loqueros de que él era Thomas Argentina y que al que debían llevarse era al sillón. Después de mucho tiempo, mientras pensó todo lo que había pasado ese día (lo pensaba todos los días desde ese día), llegó a dos conclusiones: 1) nunca regalar nada y 2) bañarse más seguido (el alma, por supuesto), pues se dio cuenta que era él y no el sillón el que olía mal y no sólo eso, sino que no era su cuerpo el que apestaba sino su espíritu y su conciencia.

NOTA: la foto la encontré aquí.