domingo, 17 de agosto de 2008

Un día especial

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¿Que si he visto cosas raras en mi trabajo? Esa es una de las preguntas más frecuentes que se le puede hacer a un intendente de una funeraria, y la respuesta que todos esperan es saber si he escuchado a los fantasmas traspasar paredes, ruidos inexplicables, manchas de sangre que por más que se tallen jamás desaparecen, luces que se desvanecen en el espesor de una sala vacía, un apagón inesperado, olor a flores (no a las blancas que todos ponen, ustedes saben, Jasminum Officinale, Lonicera, Clematis, Citrus Sinensis, Eucalyptus, Pelargonium graveolens, y demás arbustos y floras que no se ven por lo regular en una funeraria.

Tengo que decirles que nunca he visto algo parecido, pues es claro que los muertos no mueren aquí, simplemente los despiden en medio de lágrimas que retumban la paz de los salones y eso sí, sientes siempre un aire tenso intermitente, que se relaja a ratos, cuando la impresión de ver el sarcófago refugiando al ser querido se va palideciendo y el cuerpo se acostumbra al acogedor lugar. Es el momento en que la gente platica, empezando con la curiosa pregunta ¿porqué murió? y terminando con alguna aventura o chacarrillos del muerto en turno. Recuerdo que en una ocasión, cuando subí a dejar unos refrescos y unas galletas, escuché que el señor al que velaban había muerto por enfisema pulmonar que se complicó al grado de tener que practicarle una traqueotomía para que pudiera respirar y salvarle la vida (o alargarle la agonía que empezó desde que abrió los ojos y las narices al mundo, como se quiera ver); tan pronto como se hubo recuperado, el hombre pidió le trajera unos cigarrillos. No encontrando la forma de que el señor los consumiera por tener muchos tubos saliéndole de la boca, a la bendita mujer se le encendió la imaginación y aprovechando el tubo que salía de la traquea insertó el cigarrillo ahí. Vano es decir que el hombre disfrutó su último cigarrillo (¡esas si son cosas increíbles!, pues las cosas increíbles son las que hacen los hombres no las que hacen los muertos). Después de que las risas vuelven a aparecer en los acostumbrados visitantes, regresa el golpe seco de la realidad y el llanto vuelve a aparecer y los nudos en la garganta no dejan respirar a gusto.

Pero si me he de acordar de algo realmente extraño fue de hace un par de semanas. Cuando entré a una de las salas, encontré a dos sombras (no como las sombras de las que todos hablan, de esas que tienen cuerpo y mente, como un pedazo de carbón, negro, negro) charlar. Sus cuchicheos fueron elocuentes. Él la quería mucho y había visto sus ojos en más de una ocasión. Ella siempre lo buscó, pero nunca se atrevió a mirarlo. Así se les fueron las horas y los días, buscando la esencia de aquella mujer en los pétalos que volaban libres entre los silbidos del viento. Encontrando los petardos candentes de la mirada de él, como un par de brazas ardientes que de mirarlos la derretirían en un abrazo caprichoso que era preciso evitar para seguir sobreviviendo.

Él la buscaba entre los almidones de una canasta vieja y llena de olores agradables del recuerdo. Ella lo evitaba, pues sentía su sombra acercarse y absorberla, ingerirla y atraparla en un soplo. Él fingía ecuanimidad, cuando a cada paso sólo obtenía una pisada delatora, un olor incriminador, una plantita moviéndose, mostrando el rastro del amor. Ella corría presurosa, queriendo la libertad sin él, queriendo sus ojos, sus figuras, su risa para ella, pues lo sabía (y así había sido con todas las hembras de esa especie), tan pronto cayera entre sus manos amorosas, sus ojos le pertenecerían, sus figuras le pertenecerían, su risa le pertenecería, aun cuando fuera políticamente incorrecto pensarlo de esa forma.

Él la perseguía y ella escapaba por centímetros. El péndulo cerraba cada vez más su movimiento, prediciendo el innegable futuro de una pareja que revolotearía entre los crepúsculos tan pronto dejaran al destino hacer lo suyo. La espada de Damocles dejó caer su peso sobre los cerebros de ambos jovencitos una tarde veraniega, cuando los vientos cálidos impelieron los destinos de dos personas a cruzarse. Ella sabía que ahí estaba él. Él presentía que esa era ella. Él la miró. Ella quiso resistirse pero finalmente el magneto busco a su polo y no pudo escapar más.

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Brutal podríamos calificar a una mirada (a esa mirada). Un instante lo podemos describir con millones de letras. Ella quiso escapar, pero no lo intentó más. Las garras celosas de él la envolvieron con cariño. Hubo sangre. Hubo fuego. Hubo mordidas traidoras. Hubo relámpagos y centellas. Vibraron dos mundos. Se unieron dos corazones levantando magma, creando cordilleras, emitiendo vapores, extinguiendo dinosaurios, arrastrando a razas a perderse para siempre, empujando enigmas al exterior, abatiendo la atmósfera, creando de sus masas a nuevas generaciones de especies que no tendrían más oportunidad que reproducir la reproducción, que cazarse mutuamente y vivir el goce en un idilio salvaje y caótico. Formaron galaxias. Levantaron cielos. Inventaron dioses. Desplegaron los cerebros de millones de diminutos seres que inventaron cien mil bombas atómicas que destruyó su mundo. Y todo eso ocurrió en un instante.

No hubo besos, no hubo dedos recorriendo la piel erizada del otro. Era él frente a ella. Ella frente a él. Un abismo los separaba y los aproximaba. Finalmente él la tomó de la mano. "Quiero que me acompañes...", "...a donde sea, que yo quiera...", "...pues será a donde los dos queramos". Los pasos se acompasaron. Cruzaron charcos repletos de gente. Subieron colectivos repletos de lodo. Bajaron alcantarillas pobladas de monóxido y ácidos repelentes. Sintieron el frescor poblado de ratas. Anduvieron por paredes pintarrajeadas y sellaron con sus huellas muros que se elevaban hasta el cielo gritando su futilidad. Y finalmente eligieron el tálamo donde todo pasaría sin que pasara algo. "Después de ti". Avanzaron con paso firme, siempre entrelazando los dedos, como víboras que se muerden a sí mismas ad aeternitas.

Puedo imaginar la cara de todos al verlos pasar, derramando flores que caían en ese lugar de seriedad absoluta y de respeto completo por el dolor ajeno (siempre por un módico precio). Una mujer se apresuró a recoger aquellas flores antes de que marchitaran su belleza, no podía perder un centavo y serían una bonita corona o un arreglo pomposo para algún difunto de peso (o pesudo, como quiera verse). Nadie quiso contradecir sus designios, pues bien podía ser una pareja consternada, que le había llegado el dolor muy pronto y que su válvula de escape era por los ojos. No lo sé, pero subieron y se adentraron a una sala que aún estaba solitaria, pero que ya tenía al principal invitado rodeado de velas incandescentes.

Fue ahí donde vi sus siluetas, donde sus murmullos hablaron más de la cuenta. "¿Quieres vivir por siempre...","...empezando aquí donde parten para siempre...","...jugando contra la muerte que juega con todos...","...y reírnos cuando ni la misma muerte separe...","...lo que se acaba de unir ante sus ojos?". Una declaración de amor en un velorio: eso es amor. Eso es darle un tamiz diferente a la mercadotecnia. Es hacerle justicia al romanticismo más puro y más bello. Romántico al fin, sentí los violines de Beethoven retumbar desde la caja que presenciaba con júbilo a la nueva pareja. Él sentía las venas cargadas de electrones felices explotando de un lugar a otro. Ella era la mujer más feliz de todas (por lo menos en aquel lugar así era), sintiendo el aleteo de millones de mariposas ascender desde sus talones hasta sus rodillas, haciéndolas temblar, fracturando con rasgos de sonrisas sus fémures, inyectando pasión en el pubis, recorriendo cada vértebra, que enviaba señales propias a cada nervio, hasta terminar en la cabeza, abriéndole los ojos, levantándole las cejas, propulsando mucho aire desde su diafragma y gritando incontenible (es a esto a lo que le tenía pánico y por eso huyó tantas veces) "TE AMO".

Salió corriendo, con la mano fantasma de su amor colgándole por todos lados. Arrastrando su felicidad cruzó por varias salas. "TE AMO", repetía con valentía. "TE AMO", y el furor se le salía por las anginas, le brotaba en gotitas de sudor. Y sería difícil pensar que sólo yo vi esto, pues su cuerpo emanaba brazos de energía, excitando sin pensarlo a todos los electrones que deambulaban en el ambiente. Subió las escaleras, pasó por una sala en donde velaban a una joven mujer muerta a penas unos meses después de casarse, (si no lo hubiera visto no lo contaría), la chica no puso atención a eso y sólo gritó con más júbilo que nunca "TE AMO". Salió del lugar y todos voltearon sorprendidos a ver a la chiquilla que subía al siguiente nivel y después voltearon con mayor sorpresa al ver a la muerta levantándose de la tumba, sacándose con desesperación los miles de algodones que le tapaban la respiración y pidiendo con urgencia algo de sangre y suero para poder seguir viviendo, tan feliz como la que pasó compartiéndole un poco de felicidad.

Y lo más extraño de aquella noche fue ver a la pequeña subir hasta la azotea, gritando eufórica "TE AMO". La sangre se agolpó vívida en las cienes. "TE AMO". El calor subió rápidamente y transformó su oxígeno en un gas más etéreo. "TE AMO". Sus entrañas se convirtieron en mariposas que volaron libres, arrancándole la forma a la mujer, como una serpentina que deshace los círculos para rehacerse en espirales eternas. "TE AMO". Su vida subió precipitadamente hasta el cielo donde explotó en miles de estrellas, haciéndolas más brillantes y en el aire escuché nuevamente al aire susurrar: "TE AMO".
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2 comentarios:

Caro.Cazares dijo...

UUUuuuuuuuUU ke bonito! =3

patzarella dijo...

Largo el texto, pero me atrap'o cada letra. Fant'astico !!! Tambi'en sent'i bullir la sangre... Saludos!