miércoles, 14 de noviembre de 2007

Pilon: Tio Pepe

Un año más siempre se tienen que celebrar en grande, no importa con quién o cómo, sólo hay una constante por seguir: debe ser magnífico. El primer paso será escoger el lugar, pues seguramente las personas es lo de menos. Si tienes gustos muy sofisticados, seguramente pensarás en algún antro o bar que esté de moda y sobre todo uno que no admita a chavales inocentes (por lo regular provenientes de estratos socialmente clasificados como de ingresos altos o altísimos) que serán deportados a sus casas por no cumplir con la mayoría de edad oficial que permite ingerir bebidas embriagantes. Ahora que si eres más bohemio es casi un hecho que busques la tranquilidad de una casa, invites a unos cuantos "bros" y no puede faltar una guitarra. Pero en el caso de mi amigo Edgar, estos estereotipos no cuadran con él. De modo que decidió festejar su cumpleaños en una cantina del Centro Histérico del Distrito Federal.

En general esto no parecería nada del otro mundo, sobre todo si las personas que amablemente leen estas líneas han ido a alguna cantina de moda. Pero la cantina del Tío Pepe era diferente porque era igual a las más antiguas. Las paredes azules se veían manchadas y llenas de los rasguños del tiempo y los temblores. Los espejos ya se notaban desgastados y el logo de XX lager en uno de ellos se veía opaco. Las puertas advierten que sólo los machines pueden entrar, pero aún así entramos con la tropa fémina (Gaby, Mel y Caro). La entrada se ve escoltada por tres gabinetes en cada lado, y enfrente, a dos o tres metros, se yergue la vista de un altar antiguo y pestilente por la amargura de lo viejo y de lo etílico. Ahí está el tío Pepe (que realmente es sobrino del original tío Pepe, pero al más puro estilo farónico, el título viaja por las incontables generaciones que se remontan a las tabernas de los valles de la Tierra Media). Alto, con su bigote y su pelo engomado (o por lo menos mal lavado, porque el Whildroot sale muy caro y casi no se consegui en este mundo que se come a puños a los antiguos).

Nosotros escogemos un gabinete que está hasta el fondo, junto a los baños de mujeres y hombres, y por donde se cuela un aire helado que busca la salida e inevitablemente se encuentra con la tibieza de nuestras narinas y ahí se resguardan y duermen por horas y días enteros. Ahí estamos, Edgar, mi amigo el festejado, Gabi, Melanie y Swed, los dos hermanos de Edgar, y tres miembros de su cofradía (sus nombres no los sé a ciencia cierta, sólo pezqué en el aire un par de palabras y al ver que ellos volteaban, sugerí a mi cerebro que seguramente esos serían sus motes): Zombi (a ellos les gusta castellanizar mucho, por lo tanto, será prudente quitar la e final, tan gringa y asquerosa), Beto y ¿el veterinario?. En la esquina más próxima a la salida y a los baños (valga la redundancia, pues los baños son, también una salida abierta para la imaginación del ser humano) ahí nos sentamos nosotros, cosqui y yo. Quisimos ordnear algo de comer, pero el tío Pepe nos dijo que no había nada, pues la cocina estaba cerrada desde las seis de la tarde, "Aunque les puedo preparar nuestra especialidad: pescado a la diabla". Ninguno quiso probarlo, y el tío Pepe se fue para traer las bebidas.

Las botellas de cerveza se empezaron a vaciar, una tras otra, tal como los cigarrillos y los ceniceros limpios, y el vaso con vodka y una rajita de limón que bebía el Zombi, que cómo se me figuró (en carácter y quizás, hasta en ciertos rasgos de su fisionomía) al señor Saas. Todo se iba, y todo regresaba, "reloaded". Y así transcurrió la plática, lenta, saboreada, recordando viejos tiempos, escuchando las últimas noticias de Edgar. Estábamos estancados, en tiempo y en espacio, dentro de una fisura en los codos de la vieja capital. La clientela del lugar se veía aferrada a una costumbre y decir que eran parte del mobiliario no podía estar lejos de la realidad. Al fondo un hombre bonachón, con un traje más bien de corte setentero, color vino, con una guitarra de requinto pulsando las cuerdas y preguntando a todos lo mismo que seguramente les ha preguntado siempre "¿le cantó una canción?". En otras mesas, especímenes más jóvenes, atraídos por la inquebrantable quietud de lo inmovible.

Mientras fisgoneaba, llegó un señor alto, viejo, con los ojos llenos de chispas adormiladas, un sombrero panamá tejido (según la sapiencia del Zombi), un bonito traje muy cuidado y completamente ad hoc con el lugar. Nos miró y lo primero que dijo fue "¡Eh! ¿Ustedes qué festejan?". "Es el cumpleaños del muchachón" "¡Ah! Felicidades" "¿Y esta damita es tu...?", señalando a Gabi y a Edgar. Ambos se vieron con cara de "juntos pero no revueltos" y se alejaron a las respectivas esquinas de sus sillas. "¿Cuánto llevan?", preguntó insinuante el viejo, haciendo una mueca sardónica e invitando a la pachanga. "Ya 5" decidió responder Gabi, siguiendo la corriente y protegiéndose, pues efectivamente llevan cinco años como amigos. "¡Ah! ¿5?... ¡No! Ya fírmale" y las carcajadas no se dejaron esperar, mientras el viejo aplaudia y dejaba que una risotada destartalada y llena de baches. "¿Cómo te llamas?", preguntó "Edgar". "¡Ah! Edgar. Felicidades mijo. Que se la pasen muy bien. Yo soy Manolo Ortiz. Y... ¡ya firmale!". Nueva risotada. La cabeza se le va hasta atrás y regresa en un movimiento como de payaso de caja sorpresa.

Su risa se va y de pronto se dirige a nosotros. "Te ves muy bien", decía mientras acariciaba las arrugas con sus manos. Era una clara alusión a Cosqui, aunque decidí seguir el cuento. "Muchas gracias, ya lo sabía" y me llevé las manos al rostro. En seguida sus ojos se posaron sobre mí y soltó una nueva carcajada. Todos rieron. "Me refería a ti", dijo y Manolo volvió a reír y reír. Su misión se había cumplido y decidió entrar al baño (que fue por lo que en un principio había llegado). Y así estuvo la noche, entre pláticas sobre Manolo y las esporádicas apariciones del viejo que siempre llegaba con un chiste nuevo: "Estaba el padre judío y le dice a su hijo 'Jacobo, Jacobo, me muero' '¡No padre! ¡No diga eso' 'Sí, me muero, tráeme mi testamento', 'Aquí está padre, ¿me va a dejar sus vienes?' 'Sí, te los dejo baratos, baratos", o "Estaba un toro gay ¿Un toro gay? Sí un toro gay y estaba por salir al ruedo, cuando se ve en el espejo y dice '¡Ay Dios mío, estoy hecho una vaca!". Y así iba y venía Manolo, y nosotros no podíamos dejar de comentar algo sobre él, ya fuera bueno o malo.

La última visita de Manolo fue demasiado extraña. Contó un chiste "Estaba Pepito y le dice al profesor, 'Profe, Profe, perdí mi lápiz, perdí mi lápiz' '¿Y qué?' 'Me van a zurrar en la casa, me van a dar una tunda' 'Pepito, no seas exagerado' '¿No? ¡Mi hermana perdió la regla y viera cómo le fue!'", y después de lanzar su risotada volvió con Edgar "Ya fírmale". Nuevas risas. Manolo se fue y regresó con una pluma y un papel. "Fírmale, fírmale, todos firmen, testigos, testigos". Y todos firmaron. Entonces la cara de Manolo cambió y se convirtió en una mueca de una felicidad sádica, como ver a un par de palomas que cayeron en la trampa. "Me las vas a pagar", le dijo a Edgar, "¿Creen en el diablo?". Y entonces todos los que firmaron sintieron el bajón de la sangre hasta los pies y cómo se les transparentaba la piel y cómo se evaporaba el sudor y así como así, en un cumpleaños poco común, pasó algo muy común, o por lo menos (y eso nos dijo el Tío Pepe) esa era la especialidad de la casa "Pescado a la Diabla".

2 comentarios:

Edgar Rodriguez dijo...

Me gustó tú crónica Leash, fue una buena noche, el "Tio Pepe" es una cantina digna de recordarse y Manolo, es un personaje también para la memoria. Todavia recuerdo la cara de todos al entrar y decubrir que esa no es una cantina donde comunmente un pasante de comunicación de la UP celebraría su cumpleaños, fue una lastima que no hubiera comida y que cerraran temprano, lo que vino después también estubo bueno, más alchol y una guitarra y el debraye que se prolongo hasta las 5... en fin me quedaron ganas de concoer más cantinas y personajes del centro.

Caro.Cazares dijo...

Ke miedo!!
yo sí firme firmé!!
ahhh
Lo único cierto es la risa mailciosa cunado dijo lo del diablo, y lo otro:
ke nadie lo vio salir nunca de la cantina.