lunes, 25 de febrero de 2008

Un día de suerte IV

FINAL A

La familia no podía pensar en otra cosa que en la perrita. Por mucho que intentaron desviar el tema, algo les hacía volver a él. El padre lo tomó como una especie de mensaje divino y decidió regresar. Ahí estaba la perrita, echa un ovillo, entre la alta yerba, protegida por las sombras. Detuvieron la marcha del carro y, tras buscar alguna caja que pudiera servir, tomaron a la perrita. 

Abrió los ojos y los miró tan entusiastas que se sintió animada. Las fuerzas regresaron a ella. Todos jugaban y se reían a carcajadas. Un nuevo miembro de la familia estaba entre ellos y la perrita se sentía feliz, se sentía rescatada de un temible destino, sentía que la salvación caía del cielo a bordo de un automóvil y encarnado en unos pasajeros muy tiernos y nobles. Por fin se sentía en calma. 

"Debe tener hambre", sugirió el más pequeño de todos. Buscó por algunos rincones algo para darle de comer a la perrita hasta que recordó que tenía un pedazo de hamburguesa dentro de su pequeña mochila. Lo encontró y tras retirarle la envoltura, la ofreció a la pequeña. Ésta verdaderamente tenía hambre y devoró rápidamente el pedazo de carne, y como el hambre seguía desbaratándole las tripas, se comió el pan y la mayonesa y los pepinillos. 

Así que eso era la felicidad, cinco personas que la hacían sentir como entre las nubes, flotando, como una súbita oleada de calor que rompía con sus huesos y le dejaba sentir la tibieza de un crepúsculo que nacía en ella. La felicidad la embriagaba, así lo creía, pues su cabeza daba vueltas, las personas se reían y se alargaban y se convertían en minúsculas lucecitas de colores que bailaban y que se movían en una hiperbólica tangente, lenta e hipnótica, haciéndola sentirse entre remolinos de beneplácito, en una balsa que se aleja de la orilla, en un mar calmado. Un golpe en el estómago. La sensación de hilaridad se tornaba en un torbellino que la tragaba de inmediato. Las oleadas de calor se convirtieron en gotitas frías que derretían su cabeza. Dolor en los intestinos. Frío. Tiritaba y trataba de ponerse de pie. La balsa se acercaba a una catarata que la zambulliría. Cayó de la balsa. La terrible corriente la abrazó con una fuerza mortífera. Ahogo. Las caras felices desaparecieron tragadas por la negrura. Lograba escaparse de los brazos de la muerte parecía que todo había terminado. No había dolor, no había llanto, no había la tibieza de la felicidad ni lo áspero de la soledad. No había nada. Jamás podría alejarse de aquella blancura sin sentimientos. Todos le habían dado la espalda, porque ahora, hasta la felicidad la había degollado, convirtiéndola en su esclava.

***

La familia sacó al cadáver del pobre animal, envuelto en una espesa masa de vómito. Lo dejaron entre los matorrales y se alejaron en un colapso de nervios, sin voltear esperando que negrura del destino devorara a aquella perrita, mientras la voz imperiosa de los árboles les repetía "largo, lejos, largo, lejos...". 

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