sábado, 17 de diciembre de 2011

Un Sueño


8

Corrí a toda velocidad. Ya no sabía si tenía que ver a Beyoncé o a Calumnia y por un momento creí que me volvería loco. Sólo sabía que si no llegaba a la presentación de la universidad no estaría preparado para volver a ver a nadie (así de terrible era la vida para mí). Fue entonces cuando lo vi. Ví a mi hijo (lo cuál era imposible, pues, por un lado Calumnia me echaba en cara a una hija y por otra, Beyoncé y yo llevábamos años sin vernos, pero era mi hijo). Ahí estaba, con su carita rosa, su pielecita blanquita, blanquita; sus ojitos achinados, más bien papujos. Me miró y corrió conmigo. Ahí estábamos los dos. Nos subimos al automóvil y conducimos por la colina mientras le mostraba a lo lejos el mar que se escondía entre algunos cerros. "Ya no quiero ir a la iglesia", me dijo haciendo carita de puchero. Y así estuvimos por horas, mirando las olas golpear sobre cientos de casas hundidas.

Así que esto se siente ser papá: una mezcla de felicidad y miedo infinitos. Entonces fue cuando escuché a mi gato Topo Gigo ronronear y decirme que era momento de despertar y enfrentar los verdaderos problemas en los que me había metido la tal Calumnia. Desperté y me llevé a mi hijo todo el día en el recuerdo. Estuve esperando a Calumnia por poco más de dos horas y cuál sería mi sorpresa al ver a la pequeña que decían era mi hija. Yo creo que el sentimiento de ver al hijo que aún no nacía me dejó sentido pues al ver a la pequeña (¿tendría cinco o seis añitos?) no pude recordar al pequeño con su carita de puchero.

"Mira Calumnia, tú y yo sabemos que esto no es más que una patraña. ¿Por qué no me dices de una vez qué es lo que necesitas y vemos cómo arreglar esto?". "Sabes que es tu hija". "Sabes que no". "Sabes que puede ser que tengas razón". "Sabes que la tengo". "Siempre supe que sabías". "Yo sabía que sabías que yo sabía". "Lo sé". "¿Entonces?". Y echó a llorar amargamente mientras la nenita enjugaba sus lágrimas. "Discúlpame, sólo que no es fácil ser madre soltera. Sólo quería apoyo". "¿Apoyo? Pues te apoyo". "¿Puedes acompañarnos al parque?". No me pareció descabellado.

Fuimos a un pequeño parque que está a unos cien metros de la universidad en donde acababa de dictar lectura. Comimos un helado, dos o tres o quizás cuatro. Reímos y me sentí bien con la nenita. Algo en los ojos de Calumnia me debió advertir que ese día todo iba a cambiar en mi vida. "Voy a tirar esta basura". Asentí sin mirarla. Éramos la pequeña y yo jugando a mirar árboles y ponerles nombres. Volví a mirar a Calumnia. Se alejaba con dirección al bote. No me di cuenta de que se detuvo y nos miró unos instantes y que un río de lágrimas marcaban su paso hacia el último adiós. Entonces dio media vuelta y su figura se hizo más pequeña conforme se alejaba. Confieso haber pensado (casi deseado) que nos abandonara. Y como siempre pasa cuando pides un deseo, la imagen de Calumnia se perdió al doblar una esquina.

Así que de un golpe de corazón yo era el único que quedaba en aquella chiquita cuyo nombre de nacimiento nunca supe, pero no pareció enojarse cuando la llamé Zenaida. Ahí estábamos los tres (mi hijo estaba con nosotros, aún no llegaba, pero ya estaba ahí, conmigo), viendo los patos nadar en el mar de lágrimas que Clamidia había dejado. "¿Y mi mamá?", preguntó Zenaida. El corazón se me vino a la garganta y no pude más que decirle "¿Recuerdas que querías ir al mar? Pues se convirtió en mar para que pudieras nadar en ella". Y riendo corrió al gran charco que Clamidia había dejado, saltando y riendo y gritando "gracias, mami, gracias, mami, gracias, mami". Al final, ¿quién podría decir que esto no era del todo cierto?

Al caer la noche nos fuimos al departamento. "¿Nos abandonó otra vez, verdad?", dijo Zenaida. Y mis ojos no pudieron mentirle más. Mi hijo corrió a abrazarla y así, los tres tomamos un pequeño taxi que nos llevó al departamento, mientras Topo Gigo nos seguía con paso desenfadado y molestando a cuanto perro se le ponía enfrente. "Esto es algo que debo contarle a Beyoncé", pensé mientras servía la cena para los cuatro (mi hijo aún no nacía y ya comía que daba miedo). Me apuré en arrullar a Topo Gigo y a Zenaida y entonces, mi hijo y yo, llamamos a Beyoncé. "Tengo tanto que contarte". "Pues cuéntamelo, tontito, bobito". "Te amo". ":D y yo a ti". Y le conté todo mientras mi cerebro aún podía recordar ese sueño maravilloso.



La fotografía la encontré aquí: Sin poder decir adiós, Palabras Apócrifas.

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