jueves, 6 de marzo de 2008

Del hipocondrio al miedo I

Vanessa corría por su casa cuando se topó con un libro de epidemiología. A sus siete años de edad, y recién descubierta la habilidad de hilar fonemas para abstraer significados, quiso hojearlo. Para su buena suerte, contaba con muchas fotografías, esquemas e imágenes; para su mala suerte, describían síntomas y signos clínicos de diversas enfermedades dermatológicas. Un cuadro con llagas subcutáneas llenas de pus, una lámina de una biopsia realizada a un cúmulo de pedazos de piel llena de costras y una fotografía explícita de unos labios inflamados, pustulosos y repletos de cándida hicieron que la piel de Vanessa comenzara a hormiguear y sus ojos a estallar, sus manos quería alejar aquella publicación escandalosa pero su curiosidad las forzaba a continuar pasando las hojas. Una tras otra, le mostraron enfermedades insospechadas por ella, cubriendo poco a poco su cerebro que era una esponja. 

Cuando fue a dormir, no podía alejar de ninguna manera aquellas imágenes tan perturbadoras. Sus sueños construyeron un dique enorme en donde desfilaban cientos de heridas que se quejaban y olían a papel. Las heridas caminaban sobre una superficie blanda en una calzada de piedras larga y angosta que era flanqueada por varios litros de agua de mar que elevaba sus crestas en un río de pus. La barca en la que iban las heridas y la propia Vanessa, de pronto se llenaban del líquido rojo del mar y una violenta ola de tierra y gusanos tiraba la endeble barca al fondo. Vanessa sentía cómo la succión de ese lodazal le abría los ojos y terminaba por ver una espesura inmensa. Estaba, al parecer, cubierta por espumarajos y gasas y por más que caminaba entre algodones quirúrgicos y unas bicicletas, no podía retener las ganas de comer unas ricas paletas de agua que se encontraban a lo lejos. En el hospital en donde caminaba sin tener ningún rumbo, se dio cuenta de que las goteras eran un suero que desprendía inclementes charcos que poco a poco llenaban el piso de la clínica. No pudo evitarlo. Se resbaló y cayó en el tórax de un herido purulento que la abrazaba con la fiereza de sus dos pinzas. 

Vanessa gritó y se levantó de la cama. El miedo mojaba su frente y le provocaba agitación. Salió del lecho un tanto nerviosa y caminó lentamente a su espejo. Encendió la pequeña lamparita que adornaba el tocador. Miró fijamente sus mejillas. Estaban bien. ¿Estaban bien? Dio una ojeada más cercana. La tenue luz no era suficiente, pues adivinaba unas pequeñas ronchas debajo de los ojos... y en los labios. Demonios, tenía que comprobar que era sólo una ilusión de las sombras y de la luz amarillenta de su lamparita. Salió presurosa al baño y encendió la luz blanca y potente. Con un poco de temor, pero más ganas de saber qué diablos pasaba, miró su rostro. Rosado como siempre había sido, pero nunca había notado que era tan rosado. Tenía que estar segura de que no había manchas. Fijó la mirada en el reflejo de su rostro, unas pequeñas manchas rojas comenzaron a aparecer lentamente. Se frotó los ojos. No estaban. Miró fijamente, ahí estaban. ¿Qué podía ser, a caso...? Abrió la boca y jaló su labio inferior para ver el lado húmedo de él. Intensas manchas rojas encontró y un pequeño hoyito. No había duda, estaba enferma. 

Corrió al libro demoniaco que le había enseñado a entender los signos. Lo abrió y buscó desesperadamente la hoja que contenía la sintomatología que había prescrito el espejo. Pasó nuevamente por el desfile terrible de enfermos terminales enseñando sus heridas más sangrientas y grotescas. Miró una imagen, vio los puntos de la mujer ¿podía ser? Tal vez. Siguió con la otra página. Más signos parecidos. Prurito, rush cutáneo, eritemas, nódulos rojos que se volvían azulados y luego marrones, llagas en la boca que producían dificultad para comer, ronchas rojas, ampollas, salpullidos, irritaciones, abscesos, todos se abalanzaron estrepitosamente contra Vanessa tirándola al suelo, engulléndola, sometiéndola, arrancándole los cabellos, golpeándola contra el suelo, escupiéndole, estrujándola con crueldad, inmovilizándola. Quería gritar pero era imposible hacerlo sin dejar de sentir; por eso prefirió hacerse un ovillo y olvidarlo todo. 

Los dientes de cada uno se clavaban filosamente en su piel, todo estaba perdido. Estaba olvidada entre un montón de criaturas apestosas y repulsivas. Cada centímetro de ella sentía cómo se apoderaban lentamente de sus órganos, de su piel, de su cabello, de sus ojos, de sus huesos, de su sangre y lentamente se zambullían y se apropiaban de centímetros enormes de ectoplasma de cada una de sus células. Obscuridad. Obscuridad agónica. Lenta. Silencio. Nada. ¿Nada? Luz. ¡Luz! Los brazos cálidos de su madre la rodearon. Por fin una cara conocida, por fin un olor que repelía a las infecciones y las enfermedades. "Mi héroa", dijo Vanessa y durmió. Su madre estaba extrañada de encontrar a su hija en el suelo. "Duerme, duerme chiquita, duerme". Acarició el rostro de su Vanessa, ese rostro angelical, depurado, inmaculado. "Todo está bien", sólo que no sabía que una maldición se había apoderado de su hija para siempre. 

1 comentario:

Caro.Cazares dijo...

UUUUyyyy el Hipocondriaco! de locos e hipocondriacos todos tenemos un poco... sólo espero ke los médicos, enfermeras (os) y etc. lo sean un poco menos