Espurio.- adj. 1) Bastardo, nacido fuera del matrimonio: siempre reconoció a su hijo espurio. 2) Falso, no auténtico: esta firma es espuria; se trata de un documento espurio.
Con este adjetivo, los activistas que están a favor del señor López califican al que constitucionalmente es el presidente de México. El apartado anterior es simplemente para conocimiento general. A lo que voy es a lo siguiente:
De hecho, es una paradoja que llamen a Calderón espurio. Es purio cuento (chistirijillo jo jo jo) de los facciosos lopezobradoristas. Le dicen así porque, aparentemente, es falso y no es auténtico el presidente Calderón. ¿Y quién sí lo es? AMLO, por supuesto. Pero da la casualidad de que a un porcentaje de los mexicanos (los que no son rijosos y no les gusta arreglar las cosas a punta de madrazos y mentadas de madre) el que les parece falso y no auténtico (y cada día más bravucón y cobarde, miren que mandar a las "Adelitas" (nada que ver con la Micha, si no yo creo que eso sería el insulto más grande que podrían hacérseles a las "Adelitas") por delante, y no digo que las mujeres no tengan la capacidad de defender o defenderse, y miren que estas se ven bravas, de esas con cara de ángel y lengua funde-tenedores). Es el señor López el que está cayendo en una locura increíble, propia de cualquier dictador que cree que lo puede todo, y lo peor es que está arrastrando a todos al agujero de su desgracia.
¿Quién es el espurio, el que ganó las elecciones o el que se envalentona escudado entre sus siervos para alzarse como legítimo pero con su ley? ¿Quién es el espurio, el que siguió las reglas establecidas por los propios jugadores (políticos) o el que prefiere ser un bastardo de la institución y formar su propia familia, su propia corriente y su propio país, pero eso sí auspiciado por el dinero de todos los que no estaban con él? ¿Quién es el espurio, el que actúa conforme a la civilidad o el que lanza bravuconerías y genera crisis entre su propio grupo con base en bajezas y berrinches?
AMLO es un político y eso debería ser suficiente para todos sus seguidores y personas que están esperanzados en él. Político es sinónimo de una persona sin escrúpulos, una persona que es capaz de todo con tal de llegar a satisfacer por completo su ego con el poder (ellos piensan que con el poder absoluto satisfacen su ego, pero al obtenerlo se dan cuenta que no es suficiente v.g.: Hitler, Stalin, Bush, Chávez, Díaz, Juárez, Nerón, etcétera). AMLO es un político, como lo es Calderón, como los son los del PRI o los del PAN.
Pero AMLO y su corriente perredista pseudoizquierdista, además de estar en un escaño bajísimo en cuanto a ética, moral (que tan vituperada es en estos días) y civilidad por el simple hecho de ser político, están todavía más abajo, pues son gente traidora a su partido político original (PRI) que no tuvo los contactos necesarios para poder trascender en él y por eso enarbolan la bandera del izquierdismo para que los chavos inexpertos e ilusos, las masas necesitadas y los intelectuales ávidos de reconocimiento se traguen el anzuelo y voten por ellos para darles vida en un juego en donde todos (los políticos) son hipócritas con caretas sonrientes en las elecciones y más sonrientes mientras se embolsan los dineros sin trabajar y sin cumplir las promesas.
Gracias a los políticos el mundo está como está… y lo peor es que todos siguen con los cuentos de la democracia. Gracias a todos los políticos, pero sobre todo, gracias a la gente que con su voto sigue alimentando a estos peleles (incluído el espurio AMLO). ¿Quiénes son los espurios entonces?
viernes, 11 de abril de 2008
jueves, 10 de abril de 2008
El sepelio de Don Eusebio
Más había durado su escarnio por proferir blasfemias a la inmensidad, que terminar finalmente por dejar esta realidad y convertirse en un montón de átomos dispersos entre los montones de viento y polvo. Don Eusebio había sucumbido de una forma fea. Primero le quitaron el único objeto material por el que alguna vez había sentido atracción; después un día tormentoso en una plaza comercial culminado por un altercado con un microbusero; finalmente, un grito de desesperación que terminó por llevarlo a la tumba a manos del mismo con el que había tenido el altercado. El que ría al último ríe mejor.
Pero Don Eusebio no era de los que reían al último. Pertenecía a esa especie que está condenada a tener que ver el final de las comedias y sentir cómo los demás terminan por reír después que él y así fue incluso cuando lo llevaron al velatorio y después al sepelio. En el velatorio todo transcurrió con normalidad. Sólo ocurrió que cuando lo habían finalmente llevado a la plancha donde embalsaman a los cadáveres, llegó de improviso el hijo de algún funcionario billetudo, quien a fuerza de llevar la botella a la boca, terminó por embriagarse y chocar su automóvil último modelo. Qué más hubiera querido Don Eusebio, que tener un carro como el de aquel mozalbete advenedizo, que no sólo tuvo el cinismo de estrellarlo contra la funeraria (esa fue una de las razones por las que tardaron en atender a Don Eusebio), sino que ahora robaba la atención que había ganado con base en una paciencia sobrehumana recién adquirida por el pobre Don Eusebio.
En fin, en las cosas de Dios no se manda, ni en las de la administración ni la burocracia. Así que tuvo que esperar un poco más a que reconstruyeran el rostro al otrora bonachón (y huevón) joven, para que finalmente procedieran a sacarle un líquido que le estaba molestando, pues le producía gases intestinales. La señorita que lo drenaba, miraba a Don Eusebio como culpándolo por las flatulencias que había esparcido sin quererlo. ¡Caray! Ni muerto podía dejar de ser el chivo expiatorio. Finalmente concluyó con el vaciado del cadáver y por primera vez en mucho tiempo, Don Eusebio podía sentirse satisfecho, pues había bajado como siete kilos en unos minutos, y lucía una figura espléndida. Algo tenía que haber de bueno en la muerte. Ahora era todo un dandi luciendo su corbata roja que tanto le había gustado (y que nunca usó por miedo a ensuciarle, pero ahora, qué más daba) y un traje azul obscuro que tenía unos hoyos en la espalda, pero como nadie lo iba a ver de espaldas, era lo de menos.
Lo presentaron ante sus deudos, pero ninguno pasó a verlo por respeto o por tristeza, más bien querían saber qué tan bien le sentaba la muerte: puro morbo, pues. La esposa a penas llegó a verlo, y decía a sus amigas que ya lo había visto por mucho tiempo, además, había sido suya la culpa de que no llegaran a la cena del reencuentro de las señoritas de la preparatoria Lucía Collado, generación 58-60. "Qué egoísta fue tu marido", coincidieron todas, mientras seguían sorbiendo con parsimonia un café aguado, digno de un velatorio. Después el padre llegó, se puso una túnica que lo hacía ver más gordo de lo que era, se envolvió con una estola multicolor que más parecía un reboso que algo sagrado; dijo un par de cositas a la carrera y se fue rápidamente, pues tenía que ir a desposar a un par de jóvenes que le habían prometido una buena limosna a fin de que los desposara en domingo y a esas horas. En fin, a la noche todos se fueron y dejaron al pobrecito Don Eusebio solo. Pero se sintió mejor a solas que mal acompañado.
Al día siguiente partió el cortejo fúnebre para llevarlo a su última morada, es decir una urnita que seguramente terminaría en el ático, tanto lo quería su mujer. Pero entonces, sucedió el colmo de todo su trajín hacia el más allá. Don Eusebio había padecido la agonía en medio de un tráfico estrangulador. Ahora padecía el final de su descanso otra vez en medio de un tráfico estrangulador. La carroza estaba literalmente atrapada entre un marasmo de automóviles que pitaban sin cesar, pues de buenas a primeras el motor había dejado de funcionar y se había quedado atravesada a lo ancho de la calle, causando un tráfico de los mil demonios. Un bocinazo, dos, tres, cinco, treinta, una orquesta entera de cláxones de diferentes tonos y vibraciones, unos adornando los compases con "la cucaracha", dos mentadas de madre, un auto que le dio un beso a otro más y provocó la explosión de los dos conductores, calor, calor, calor, cinco o diez comerciantes ambulantes aprovechando el oasis para pescar dinero como si fueran flamingos en una crecida del mar.
Era más de lo que Don Eusebio podía soportar. ¿A caso Dios, o su ausencia o el destino no se habían contentado con quitarle la chamarra que tanto había deseado, atormentarlo en una plaza, crisparlo en un embotellamiento y encima matarlo? ¡No! Ahora tenía que vivir en carne propia la locura del tráfico el día de su sepultura. Era demasiado. No iba a permitir más burlas ni más insolencias de la vida. Abrió los ojos, alcanzó a soltarse las manos y con un poco de trabajo abrió la caja. "Con su permiso jóvenes, yo me sé el camino al panteón", les dijo a los choferes, quienes lo vieron salir tranquilamente. "Hubiera dicho eso antes de que lo trajéramos hasta acá, ¡inconsciente!" le gritaron al cadáver que salía reprochándoles la descortesía. Ahora resultaba que era la culpa de Don Eusebio, que ellos estuvieran en ese embotellamiento.
Mientras se alejaba a su última morada, alcanzó a escuchar las carcajadas de toda la comitiva que lo veía cojear y desaparecer en una esquina, mientras el eco de aquellas risotadas le hacían que se le revolviera el estómago (o bien podían ser los tejidos pudriéndose dentro de él) pues eran el resumen de toda su vida.
miércoles, 9 de abril de 2008
La muerte de Don Eusebio
La vida de Don Eusebio se había tornado, en las últimas horas en una patética comedia ridícula, es decir, como lo ejemplificarían los intelectuales que les gusta crecerse haciendo referencias académicas, al más puro estilo de la literatura francesa de mediados del siglo XX. Su vida nunca había sido increíble, de hecho se había convertido en una situación mimetizada con el todo desde que había salido de las entrañas de su madre. Logró lo que muchos jóvenes quieren al adoptar tendencias que, en el fondo, buscan hacerlos pasar desapercibidos ante el mundo: que nadie los critique, que nadie los voltee a ver, pero paradójicamente, quieren ser diferentes, aunque terminan siendo igual que el grupo al que accedieron... en fin una cosa de nunca acabar. Don Eusebio había conseguido la dicha de estar en el todo sin mover un solo dedo. Fue segundón en la primaria, nadie lo pelaba en la secundaria, a penas y lo saludaban en la preparatoria y en la universidad la gozó sin penas ni fracasos. Después se hizo oficinista, se casó, tuvo un hijo y ahí estaba su vida.
Pero todo se trastornó aquél día en que había visto una chamarra encantadora en una tienda de Polanco. Lastimósamente no podía comprarla; aún peor, otro hombre lo hizo y entonces todo sucedió. Sus reprimidos deseos lo obligaron a sentenciarle indirectamente al cielo una guerra sin cuartel que duraría pocas horas. Después de su arrebato en las calles de Polanco, su mujer lo hizo llevarla a una plaza comercial. Segunda batalla ganada por el destino, o si lo prefieren, por Dios o su ausencia, como quieran. Era evidente que su falta de experiencia para con las batallas de la vida, por inconsciencia o por fatalidad, lo llevaría a la ruina. Lo que nadie esperaba es que fuera tan pronto. El estrés lo batió y en medio de un terrible embotellamiento, comenzó a dejar salir toda la impotencia, el miedo al fracaso y las llagas aparentemente costrificadas en un pitido perenne. Todos lo hacían, y como dicen por ahí, mal de muchos consuelo de todos (o de tontos, que es lo mismo).
Así, el buen Don Eusebio atinó a dejar el pitido que lo liberaba, que lo hacía volar hacia los tesoros que en su mente había mascullado a escondidas (y sin siquiera él saberlo, aparentemente) desde la niñez. El pitido realizaba la vendeta de su vida. ¡Ja, cómo ves eso, creador, rey de reyes! Ahora no puedes hacer nada para callarme. Y como si sus palabras fueran las del oráculo, alejó la mano de la bocina, pero el auto siguió profiriendo su hiriente chillido. ¿Qué había pasado? ¿Dios, su ausencia o el destino se burlaban de él (otra vez)? No lo podremos saber a ciencia ni a metafísica (no desde el punto de vista Aristotélico, aunque bien pudiera ser lo mismo) cierta. Lo único factible era que el claxon se había quedado vociferando la ira de Don Eusebio, aún cuando éste, por lo menos superficialmente, ya no lo quería. Todos los demás autos habían callado el suplicio, pero el de Don Eusebio no. El golpeteo martirizante seguía y seguía y parecía que no se detendría jamás. "Ahora no puedes hacerme callar", repitió inconscientemente Don Eusebio. Finalmente algo que él quería se había dado.
Todos los automovilistas voltearon a ver al pobrecito Don Eusebio, quien no sabía dónde esconderse para que no lo tacharan de escandaloso ni rijoso. Su querella convertida en un claxonazo infinito molestó a todos y en seguida no pudo esquivar las constantes groserías y mentadas de madre que le profirieron. Su mujer parecía estar en todos lados menos en el suyo. Era evidente que el claxon se había pegado, algún cortocircuito inesperado lo estaba llevando a la tumba. "Cállate, Eusebio", le aguijoneaba aún más su mujer. ¡Increíble mujer! ¡A caso no se daba cuenta que no era por su consentimiento que el bocinazo se extendiera hasta la inmensidad de las estrellas? ¡A caso no se enteraba de que sus manos ya no tocaban la bocina? Pero lo había dicho con tanta ira, histeria y seguridad, que por unos instantes Don Eusebio creyó que realmente nunca había dejado de tocar la bocina y que un doppelgänger lo hacía en su lugar, para que él no tuviera el remordimiento de hacer algo socialmente inaceptable, y de todos modos hacerlo.
Nunca pudo averiguarlo, porque entre los protestantes contra su escándalo, estaba el microbusero que minutos antes había recibido el primer espolonazo de la amargura de Don Eusebio. Llegó ante su ventana, mientras Don Eusebio se debatía entre quién tocaba la bocina (su doble o alguna falla mecánica, o una falla mecánica que era su doble). De la manera más alevosa, más cobarde, más villana, a quemarropa, sin dar tiempo a empuñar las pistolas, el microbusero descargó la furia de una tranca que llevaba en la diestra. Una vez, rompió el cristal; otra vez, la cabeza de Don Eusebio quedó prensada entre el volante, el arma homicida, la indiferencia de su esposa y el pitido del claxon que se mantenía; una vez más, Don Eusebio perdió el conocimiento y, muy probablemente la vida. No tuvo suerte, pues su esposa le seguía recriminando que la culpa era suya por no dejar de tocar el cláxon, mientras se miraba las uñas esperando a que la larga fila de autos avanzara. Tuvo suerte (¿o no?) pues mientras sus sentidos se desconectaban de la realidad, tuvo la sensación de que el cláxon se callaba por arte de magia. ¿Era él quien causaba el escándalo, o era Dios, o su ausencia o el destino el que se encargaba de ponerle fin a sus conspicuos y últimos momentos de vida?
Pero todo se trastornó aquél día en que había visto una chamarra encantadora en una tienda de Polanco. Lastimósamente no podía comprarla; aún peor, otro hombre lo hizo y entonces todo sucedió. Sus reprimidos deseos lo obligaron a sentenciarle indirectamente al cielo una guerra sin cuartel que duraría pocas horas. Después de su arrebato en las calles de Polanco, su mujer lo hizo llevarla a una plaza comercial. Segunda batalla ganada por el destino, o si lo prefieren, por Dios o su ausencia, como quieran. Era evidente que su falta de experiencia para con las batallas de la vida, por inconsciencia o por fatalidad, lo llevaría a la ruina. Lo que nadie esperaba es que fuera tan pronto. El estrés lo batió y en medio de un terrible embotellamiento, comenzó a dejar salir toda la impotencia, el miedo al fracaso y las llagas aparentemente costrificadas en un pitido perenne. Todos lo hacían, y como dicen por ahí, mal de muchos consuelo de todos (o de tontos, que es lo mismo).
Así, el buen Don Eusebio atinó a dejar el pitido que lo liberaba, que lo hacía volar hacia los tesoros que en su mente había mascullado a escondidas (y sin siquiera él saberlo, aparentemente) desde la niñez. El pitido realizaba la vendeta de su vida. ¡Ja, cómo ves eso, creador, rey de reyes! Ahora no puedes hacer nada para callarme. Y como si sus palabras fueran las del oráculo, alejó la mano de la bocina, pero el auto siguió profiriendo su hiriente chillido. ¿Qué había pasado? ¿Dios, su ausencia o el destino se burlaban de él (otra vez)? No lo podremos saber a ciencia ni a metafísica (no desde el punto de vista Aristotélico, aunque bien pudiera ser lo mismo) cierta. Lo único factible era que el claxon se había quedado vociferando la ira de Don Eusebio, aún cuando éste, por lo menos superficialmente, ya no lo quería. Todos los demás autos habían callado el suplicio, pero el de Don Eusebio no. El golpeteo martirizante seguía y seguía y parecía que no se detendría jamás. "Ahora no puedes hacerme callar", repitió inconscientemente Don Eusebio. Finalmente algo que él quería se había dado.
Todos los automovilistas voltearon a ver al pobrecito Don Eusebio, quien no sabía dónde esconderse para que no lo tacharan de escandaloso ni rijoso. Su querella convertida en un claxonazo infinito molestó a todos y en seguida no pudo esquivar las constantes groserías y mentadas de madre que le profirieron. Su mujer parecía estar en todos lados menos en el suyo. Era evidente que el claxon se había pegado, algún cortocircuito inesperado lo estaba llevando a la tumba. "Cállate, Eusebio", le aguijoneaba aún más su mujer. ¡Increíble mujer! ¡A caso no se daba cuenta que no era por su consentimiento que el bocinazo se extendiera hasta la inmensidad de las estrellas? ¡A caso no se enteraba de que sus manos ya no tocaban la bocina? Pero lo había dicho con tanta ira, histeria y seguridad, que por unos instantes Don Eusebio creyó que realmente nunca había dejado de tocar la bocina y que un doppelgänger lo hacía en su lugar, para que él no tuviera el remordimiento de hacer algo socialmente inaceptable, y de todos modos hacerlo.
Nunca pudo averiguarlo, porque entre los protestantes contra su escándalo, estaba el microbusero que minutos antes había recibido el primer espolonazo de la amargura de Don Eusebio. Llegó ante su ventana, mientras Don Eusebio se debatía entre quién tocaba la bocina (su doble o alguna falla mecánica, o una falla mecánica que era su doble). De la manera más alevosa, más cobarde, más villana, a quemarropa, sin dar tiempo a empuñar las pistolas, el microbusero descargó la furia de una tranca que llevaba en la diestra. Una vez, rompió el cristal; otra vez, la cabeza de Don Eusebio quedó prensada entre el volante, el arma homicida, la indiferencia de su esposa y el pitido del claxon que se mantenía; una vez más, Don Eusebio perdió el conocimiento y, muy probablemente la vida. No tuvo suerte, pues su esposa le seguía recriminando que la culpa era suya por no dejar de tocar el cláxon, mientras se miraba las uñas esperando a que la larga fila de autos avanzara. Tuvo suerte (¿o no?) pues mientras sus sentidos se desconectaban de la realidad, tuvo la sensación de que el cláxon se callaba por arte de magia. ¿Era él quien causaba el escándalo, o era Dios, o su ausencia o el destino el que se encargaba de ponerle fin a sus conspicuos y últimos momentos de vida?
domingo, 6 de abril de 2008
Momentos dramáticos IV: Cast Away
Hemos hecho un pequeño trabajo de conceptualización de la acción lacrimógena (como diría Martita) en la narrativa de las historias. Claro, han sido pequeños ejemplos, pero, a mi gusto, bastante elocuentes. Todos, de alguna forma u otra, logran que el que está en presencia del momento infausto, sienta cómo se le suben las lágrimas al cuello apretándolo y se desparraman en una tormentosa lágrima o en una silenciosa cascada. Da igual, terminan por remover los pocos sentimientos que algunos tienen en las entrañas y experimentan el goce de la representación, que sin estar ahí, está.
Cuál es la línea conectiva que engarza los cuatro ejemplos (el último está en este post, más abajo) y nos hace saber que son representaciones del drama lacrimógeno. En primer lugar, las historias son trabajadas en varios niveles, en ocasiones heterogéneos a lo largo de la narrativa, pero no por ello se limita a la homogeneidad sigilosa. Dentro de los primeros momentos, siempre se debe conseguir que las personas sientan afinidad con los personajes. Una vez logrado esto, se establece lo más importante: la relación entre dos de ellos (o más). ¿Para qué es esto? Simple, para llegar bien a la tercer parte: las acciones dramáticas que vemos en los ejemplos anteriores, basan su fuerza en romper el vínculo emocional que existe entre los personajes.
¿Amor? ¿Amistad? ¿Cómo definir ese tenue hilo que hace que la vida gire y que cuando se rompe, sentimos con mayor fuerza su presencia con la ausencia (como canción de Arjona)? Es un sentimiento que simplemente actúa como catalizador de la paz y la tranquilidad; del bienestar emocional, psíquico y físico; de que los engranes sigan girando, haciéndonos sentir que todo va, cuando en realidad deberíamos pensar que todo va bien.
¿Amistad, amor? Son palabras que los hombres inventaron para atrapar ideas y sentimientos que revolotean a nuestro alrededor y, como cuando un niño encierra a un pequeño pajarito para verlo, así lo encerramos en una palabra para entenderla, cuando no hace más falta que dejar que esté libre y que todo transcurra como debe transcurrir.
¿Amor o amistad? ¿A caso deben ser cosas diferentes? ¿A caso deben compartir lugares limitados? ¿Es una cosa o la otra? ¿Estar enamorado o preferir la amistad es algo que debe preguntarse? Las obras románticas nos han enseñado a distinguir las emociones, lo cual no está mal, pues nos deja verlas por separado; pero no podemos olvidar que, como acontece con cualquier obra artística, no podemos sentir la representación completa fijándonos sólo en un sentimiento. La obra está en el todo, la paz también.
Los dejo con esta escena tristísima de Cast Away. No hay explosiones, no hay luces fantásticas ni monitos hechos en maya. Sólo dos amigos que son separados por el mar...
viernes, 4 de abril de 2008
Momentos dramáticos III: The Kid
Un momento por demás dramático que nos regala el cine se desenvuelve en la laureada proyección fílmica de Charles Chaplin, "El Chico" o "The Kid". Para mi gusto, entre tantas risas y situaciones asombrosas hay dos momentos que hacen un nudo en la garganta de muchas personas. La primera (que no encontré) es cuando la madre del Chico, quien lo abandonara en sus primeros días de nacido pero siempre arrepentida de su canalla acto, está sentada junto a él y ambos, extrañando a esa pieza que les falta en el mecanismo del corazón, están a un movimiento de brazo para acariciarse en un abrazo de amor materno. Pero no puede ser, porque el destino, aunque los pone frente a frente, no les hace ver quiénes son.
El segundo es cuando Chaplin, tras llevar a un doctor para que cure al pobrecito Jackie Coogan, es despojado del muchachito. Es una escena muy fuerte y muy bien actuada tanto por Chaplin (como era de esperarse) pero sobre todo por el joven mozo Coogan. Los dejo con un extracto de la película en donde podremos ver precisamente la escena que les menciono unos renglones más arriba, la del despojo por el médico.
Saludos, y si a ustedes se les ocurren más momentos dramáticos de las películas, pues ¡¡¡digánmelas!!!
miércoles, 2 de abril de 2008
Momentos dramáticos II: Dumbo
Cuando era pequeño vi Dumbo. La escena más dramática que he visto (sin contar la de El Rey León) se desarrolla en esta bonita historia. El amor de una madre, quizás el más tierno de todos, se maximiza por la separación. Tan lejos y tan cerca, y a pesar de todo más cerca que lejos. Desgarradores momentos pasan por la vida de Dumbo y su madre, como cualquier persona que es separada a la fuerza y con la amargura de la injusticia. Pero su amor siempre prevalece. Ojalá y todas las madres fueran como la de Dumbo...
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