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sábado, 21 de junio de 2008

¿Quién fue?

Ayer la cosa explotó. Miles salieron sacudidos por el miedo; por el miedo a ser señalados y las consecuencias que esto atraería. La fiesta era buena y como siempre, como siempre la música se convertía en sangre y licuaba los residuos tóxicos. No todos se la pasaban también, y viceversa. La chota estaba entre todos; hay quien indica que uno de ellos llevaba su medicina para hacer su agosto. Uno nunca termina por saber qué pasa en estas situaciones, puesto que mi trabajo termina cuando los demás inician las acciones. Yo sólo pongo las piezas en su lugar. Era de noche y entonces, sólo faltaba la chispa, pues el comburente y el combustible estaban ahí, listas para incendiar personas... nunca imaginé que mi estrategia rompiera mis más insospechadas ilusiones.

La voz de alarma cundió. Los remolinos ensartaron a los atemorizados peces. Los escapes eran angostos y pequeños, tan estrechos como la mente y la intuición de los protagonistas, que en su afán de olvidar su vida por colgarse unos cuantos tragos, terminaron inmortalizando su irresponsabilidad. Los policías catearon; el anfitrión voceó y los asistentes murieron. Todo como estaba en el plan. Pero llegaron los medios, esos medios de los que yo no me esperaba más que una nota en la sección sensacionalista. Y entonces la borrasca se incendió con flashes y con preguntones y con cámaras que robaban fotones a los que apenas respiraban. Por ahí uno de los camarógrafos no se decidía en el encuadre; tuve que sugerirle una buena toma para que, la historia tuviera más vivacidad. Hasta aquí pensé que mi obra había sido un hito, un parte aguas... no había más.



Pero entonces, la pregunta que haría de mi trabajo algo trascendente, quizás no para todo el mundo, pero si para el mundo de algunos cuantos: ¿de quién fue la culpa? Ahora los locutores de radio (amo a Julieta, siempre tan sagaz en sus comentarios; amo a los humanos, siempre listos para culparse unos a otros, confundidos en un mar de mentiras y falacias) lanzan la pregunta más con ganas de señalar que de indagar. ¿Fue el dueño del lugar quien, al informar sobre el operativo, el que causó la catástrofe (no pensaba que pudiera ser conocido como catástrofe, pero gracias a los medios y su hambre ahora mi travesura se transformó)? ¿Fue la policía que cometió irregularidades? ¿Quién tuvo la culpa de la muerte de los pobrecitos que estaban alcoholizándose?

Cualquiera de las respuestas llevará a un culpable que cargará con el martirio (y mi dicha) por un largo rato en la cabeza. Pero no se dan cuenta (y más me vale que no se den, a modo de poder seguir realizando cosas tan maravillosas) de que la culpa no fue ni de uno ni de otro. Los únicos culpables de lo que ocurrió ahí fueron los propios protagonistas. Ahí está lo delicioso de eso. Sus mentes huecas, llenas de preguntas, de miedos, de confusión, de ilusiones falsas, de quimeras, de fanatismos, de engaños, son lugares perfectos para que el susurro de mi voz se anide y los invite a la "diversión". Por que fueron ellos quienes decidieron ir a embriagarse, a pesar de sus edades. Nadie los llevó, ni siquiera yo, pues sólo lo sugerí. Fueron ellos quienes estaban cometiendo un acto indebido. Ergo, fueron ellos quienes cavaron su tumba.

Pero eso no lo comprenderán los hombres jamás, y eso me da caminos a mí para seguir divirtiéndome. Mientras no acepten sus culpas y las achaquen a alguien o a algo más, siempre seguirán cayendo con facilidad y la turbulencia seguirá alimentándome. Mientras sus críticas sean para denostar al otro en vez de cerrarme los caminos, yo seguiré danzando bajos sus escaleras de papel. Mientras su irresponsabilidad florezca, será el humus en donde pondré mis huevecillos y mis larvas saldrán para comerse sus esperanzas y sus sesos. Mientras los hombres sigan confundidos, dentro del laberinto de espejos que construí, donde su libertad se les presente deforme; mientras sus caminos sigan orientados hacia el error (dirigir las miradas a "Dios" es igual de erróneo que dirigirlas a un pedazo de cal; pues su mirada se centra, cuando deberían de expandirla) yo estaré ahí para "corregirlos". Mientras el trauma de su enana estatura los ciegue, yo les enseñaré mi grandeza.

sábado, 5 de enero de 2008

FáVula 11: El juego del mazo

De niño había asistido al juicio de su tío abuelo Eliseo en los Estados Unidos. Lo acusaban de inmigrante indocumentado y todo el estado de California quería verlo de regreso a México. La realidad era que no soportaban su facilidad para pervertir a los ciudadanos con sus guisos exquisitos hechos con base en frijoles prietos. Las mujeres eran las que más lo detestaban, pues sus marido llegaban a descargar toda la venganza mexica en sus casas. Debido a que perder el voto de las mujeres sería letal para la vida política del gobernador, decidió tenderle una trampa a Eliseo y así fue como terminaron en un juicio que llevó varios meses. ¿Por qué varios meses? Porque una televisora se había empeñado en transmitir el juicio y había convencido al jurado de que una semana no sería suficiente para mantener el raiting. Lo conveniente fue tener un juicio de cuatro meses.

El día del veredicto se presentó la familia de Eliseo. El niño Góngora no podía dejar de mirar al alto juez entrar por la pequeña puerta de la izquierda. Llegó con una gran bata negra y se sentó. Una vez que todos tomaron asiento a su vez, procedió a sacar un gran mazo. El niño Góngora lo miró como si fuera el juguete más preciado en todo el mundo. El mazo yacía a un lado del vaso de agua del juez. Así pasó toda la mañana, hasta que el jurado dio su veredicto: "Encontramos a Eliseo... ¡Culpable por los delitos de...!". El juez dictó la sentencia con un aire acongojado, pues mandar a don Eliseo de regreso a México era equivalente a perder para siempre los guisos sabrosos. Pero en fin, la ley es la ley y la chamba es la chamba; el juez terminó por emitir su última palabra, tomó el mazo y lo sonó un par de veces. El niño Góngora había pasado toda la mañana esperando ese preciso momento y lo disfrutó en demacía... pero no era suficiente. Desde ese momento se prometió ser juez.

Pasaron los años y el niño Góngora se convirtió en el joven Góngora y después en el abogado Góngora. Se dedicó a forjar una carrera perfecta y de esa forma consiguió ser lo que siempre había querido ser: juez, quizás no el mejor juez, ni el más justo, pero era juez. Por tal motivo, era común escuchar a los abogado y colegas decirle: "Juez Góngora, ¿está seguro de que debemos mandar a estos tipos a la cárcel?". Al juez Góngora no le importaba un bledo si los enjuiciados paraban en los reclusorios justa o injustamente, a él le hacía feliz saber que había hecho su sueño realidad: ahora podía golpear con el mazo las veces que le diera la gana...

jueves, 27 de diciembre de 2007

FáVula 10: Rinitis Crónica

Decía un pajarito, qué ironía: es el colmo del citadino, ser alérgico a la ciudad. Efectivamente, hace un años me dijeron los doctores: "Muchacho, tu mucosa nasal está devastada, de hecho no sabíamos si eras cocainómano o sólo habían inhalado napalm". "Ninguna de las dos cosas, doctores, sólo he vivido por 24 años al pie del Viaducto". "¡Válgame el señor sacrosanto de los dobles pisos! ¿Y cómo le has hecho para seguir vivo hasta ahorita?". "Me parece que lo podemos calificar como un milagro, podríamos llamarlo como el milagro defeño". "Caramba, pues realmente estás vivo por pura suerte". "No es tan malo, doctor, de hecho nunca te aburres al pie del Viaducto, hace unos días ví pasar en primera fila la marcha fúnebre del cantante de Kpaz de la sierra, dos días hace que sucedió el choque número 360 de este año y por lo general la publicidad de corsetería es cambiada a menudo". "Realmente son grandes las ventajas, pero no nos desviemos del punto, tenemos que examinar esa mucosa... es verdaderamente diferente a todo lo que hemos visto antes".

Tuve que someterme a algunos estudios que realmente me hicieron estremecerme, los de la nariz sólo me hicieron cosquillas. Después de angustiosos días de esperar mis resultados recluido en la torre de departamentos que flanquean el paso de miles de automovilistas, el doctor llamó y me citó. "Muchacho, me parece que tu mucosa no es normal. Ha mutado y se ha convertido en algo que no podemos describir... bueno, sí podemos describir. Verás, para nadie es una sorpresa saber que todos los habitantes del D.F. han logrado desarrollar cambios en su genética para poder soportar los altos índices de plomo y otros gases ultra tóxicos en el aire, poder vivir con sólo el 4% del total del oxígeno que debería ser, sobrellevar indices de estrés mayores a los de cualquier chino o japonés, aguantar la continua fricción con el prójimo en todos los sentidos que van desde la fruición inconfesable de los roces en el metro hasta las mentadas de madre que, por puro protocolo, se deben sojarrar un par de automovilistas o peatones (o sus híbridos derivados) sin importar de quién sea la culpa (ya sabes, la culpa nunca será mía), y resistir una dieta que hubiera matado a cualquier ser humano normal. Eso no es la sorpresa, de hecho debes saber también que fuimos encerrados en esta gran ciudad como parte de un experimento para crear humanos resistentes a las condiciones más extremosas, pues la NASA y la ESA quieren mandar humanos a Marte. En fin, nos volvemos a alejar del punto. Lo extraño en ti no es tener una mucosa anormal, lo extraño es que la mucosa tiene vida propia... Es más, nos dijo que se llamaba Fanny...".

"En ese momento supe que estaba perdiendo mi tiempo con ese doctorcito. Salí de su consultorio sin querer escuchar nada más".

"Hiciste bien, una cosa es que te digan que los del D. F. hemos mutado, eso se pasa; todavía puedes aguantar la mentira de querer mandarnos a Marte, pero que la mucosa de tu nariz se llame Fanny, eso ya es una locura que raya en la estupidez... Sabes bien que me llamo Grisel".

miércoles, 26 de diciembre de 2007

FáVula 9: Mi mano izquierda...



Un día Dios se dio cuenta del porqué las cosas en su creación iban tan mal y le dijo a su pensamiento, quien es el único que realmente le escucha y entiende: "La mano derecha que tengo, es una miedosa, es interesada y sólo puede ver dos centímetros más allá de lo que la razón le permite. La mano izquierda es ventajosa, es abusiva y altanera, le encanta pelear y cuando deja de existir cualquier ocasión para el conflicto, gruñe y muerde para provocarla. Las dos manos mías ya no hacen nada bueno por sí mismas; pero, ¿qué tal si las reúno para que puedan componer mi creación?".

Instantes después regresaba con su pensamiento: "Fue terrible, mi mano derecha no hizo gran cosa. Sólo terminó por esconderse en ella misma. Olvidó que existían pequeñas criaturas a las cuales debía responder. Sólo pensó en ella y al ver que la izquierda le gruñía incesantemente, decidió preocuparse por su existencia y corrió a esconderse donde mejor pudo. Y cuando sintió que la izquierda ya no la seguía, entonces dijo cosas imbéciles y completamente fuera de lugar. Se sintió bravucona. Sintió que podía ponerse al tú por el tú incluso conmigo mismo, pero tan pronto vio la sombra de la izquierda cubriéndola por completo, corrió hecha un guiñapo y sudó un líquido frío y repugnante, tan repugnante como, como... como la cobardía.

La izquierda finalmente encontró a la derecha y se lanzó violentamente sobre ella, la despedazó en alguno segundos y con odio le gritó que toda la maldad, la pobreza, la injusticia, la desdicha y los vicios eran su culpa. La derecha protestó fríamente, con un odio entripado y, una vez más cobarde, pero no pudo hacer nada contra la fuerza de la izquierda, quien se alzaba triunfante sobre la derecha. Pero el gusto le duró muy poco, pues pronto sintió nuevamente ganas de pelear y no encontró con quién hacerlo".

"¿Y qué has decidido entonces?", le preguntó el pensamiento a Dios.

"Creo que mis dos manos jamás podrán volver a unirse para reparar los daños. Pero para evitar que mi mano izquierda siga devorando los pequeños pedazos de esto que yo cree alguna vez, le daré la dicha de que la derecha siga existiendo...".

"Pero debes castigarlos, de lo contrario seguirán cometiendo sus estupideces ad eternitas".

"Pensamiento, tú, mejor que nadie, debe sabe que yo inventé la genialidad y cada cosa que se me ocurre es una genialidad. Cada cosa está ahí por algo. Verás, la izquierda jamás podrá vivir sin la derecha y viceversa... su castigo será que la izquierda jamás podrá derrotar a la derecha, lo cual le producirá un sufrimiento terrible, y la derecha sufrirá por siempre los embates de la izquierda...".

"En verdad eres tú el verdadero Dios... pero, ¿y las criaturas de este pequeño mundo que tú inventaste?".

"Me parece que cosa extraña ocurre con ellas, porque les place ver cómo se pelean mis dos manos...".

FáVula 8: Recalentado...

"Los rústicos parajes son los mejores lugares para que la vida se mofe de sus moradores. Eso me pasó a mí. Pensé que la libraría, pensé que no volverían a tragar nada más. ¿Cómo iban a hacerlo si casi la mitad de los corrales quedaron vacíos? Mataron a dos cerdos y quince lechones, los oí gemir sus últimas súplicas entre gorgoteos de una sangre caliente, humeante, los oí decir que se privarían de las delicias que los habían colmado las últimas semanas. En fin, ellos merecían morir, porque son parecidos al hombre y a su mujer, y a sus cinco hijos y a la comadre que anda haciéndole ojitos al compadre y a la abuela y a todos los que irían a cenar. Todos son insaciables, igual que los cerdos. Por eso me parece que se ganaron a pulso la muerte; dando y dando, diría mi tío Jonás.

Después se despacharon a tres patos, quienes sin saber ni cuando ni donde aparecieron de pronto patas pa'rriba, viendo cómo volaban pedacitos de plumas. Ya después, entre tanto zangoloteo, sólo escuché unos quince huesecillos tronar y después, sus ojos se fueron para atrás y quedaron sus cabecitas colgando. Yo estaba completamente asustado, pues, que yo supiera, los patos no habían hecho nada como los cerdos. Ellos estaban felices, comiendo mosquitos y de pronto, zaz, que se los llevan a las ollas llenas de agua hirviendo, con unos pedazotes de cebolla y unos manojos de hierbas. Pero algo debieron haber hecho, pensé en ese momento, la vida es justa y sólo le da cran al que se porta mal. Yo me he portado muy bien y por eso me parece que la vida me dejará aquí hasta que me porte mal. Bueno, eso creía.

Después se llevaron al tío Jonás y dejaron a mis primos aturdidos, porque el tío Jonás no se dejó tan fácil. Fue difícil, pero creo que la vida también le pasó a cobrar algo que se tenía muy guardadito. En fin, de no ser por una vaca que mugió por última vez, yo podría decir que la mitad de los animales del corral se habían portado muy mal. Esta fecha del 25 es temida por todos nosotros, es el apocalipsis cada año y yo me había salvado por muchos. De hecho, pensé que este año no sería diferente. Entre las probabilidades de que los hombres y mujeres estarían saciados y que yo no he hecho nada malo, sabía que era imposible colgar las plumas el día de hoy. Pero olvidaba un pequeño detalle: el recalentado.

¡No sé quién diablos lo inventó! Pero sólo sé que, no obstante la cantidad terrible de comida que aún yace en los resquicios de los intestinos y que se lamenta porque no puede bien morir, los hombres y mujeres tienen la absurda y terrible idea de meter más comida. ¡Es absurdo! ¡Irónico y absurdo! Yo creo que fue un complot, porque yo nunca antes había oído de el mentado recalentado. Seguro la vida se cansó de ver cómo yo no moría y me jugó rudo. Sólo creo que no es justo. Estas, señora con cuchillo, son mis últimas palabras..."

* * *

La cocinera no sabía que había ocurrido, sólo se despertaba del suelo. Todos dentro de la casa estaban un poco asustados, porque vieron a la vieja señora desvanecerse justo antes de sacrificar al último pavo. Éste salió corriendo despavorido, burlando a varios mozos y logró escapar de la casa, pero su huida no fue muy fructífera, pues metros más adelante fue aplastada por el auto del Señor de la Casa.

martes, 25 de diciembre de 2007

FaVula 7: ¿A dónde van?

"Señora, estoy buscando a un joven. Han pasado treinta ricos años de búsqueda y siempre llegó al lugar donde él estuvo, retrasado por un instante. Cuando inicié mi travesía a la edad de treinta y tres, sentí que la vida me había encomendado guiar a alguien a algún lado. ¿Dónde? ¿Quién? No lo sé. Sólo fue un impulso que llenó mis piernas y mis brazos de una energía extraña y me impulsó fuera de mi casa y seguí los pasos de ese que sólo es sombra para mí. Así inicié un periplo rico en conocimientos, platicando con grandes hombres que habían dedicado sus días a contemplar la vida y charlar con otros grandes hombres que se habían dedicado a su vez a charlar con otros que habían pasado sus días pensando. Y todas las conjeturas que me expusieron me parecieron realmente asombrosas, no por las verdades que encerraban, sino por que yo las había pensado también.

Mis pies caminaron incesantes hasta que finalmente tuve noticias que me hicieron sentir un golpe en el corazón por dos razones. En primer lugar eran noticias que le daban rumbo a mis pies, hablaban de un par de nobles judíos que tendrían un hijo. Por alguna razón, supe que era a ese pequeño al que debía proteger. La segunda razón que hizo retumbar mi ser fue enterarme de que había ocurrido una conspiración en el seno de la nobleza y los habían expulsado de la corte y ahora huían a salto de mata, recorriendo varios poblados, ocultos y con la espada de Damocles sobre ellos todo el tiempo. Era presuroso que mis pies sintieran el apuro para que corrieran a su lado y protegerlos. Fue así como llegué a una pequeña aldea cercana a Belén. Tenía la intención de pasar sólo unas horas ahí, pero el viento me indicó que debía internarme a la campiña... y así lo hice. Caminé algún tiempo y la noche me alcanzó. No me detuve a dormir, pero no fue suficiente mi empeño, pues al llegar a un chiquero maltrecho, sólo se sentía el rumor de las sombras de personas que habían estado ahí. Una buena y una mala: la buena era que finalmente había llegado a mi destino, la mala, que no podía cruzarlo todavía.

Y así pasaron los años, buscándolo, siguiéndolo, escuchando el eco de sus pisadas, el rumor de sus palabras, y él se fue haciendo viejo y yo me fui haciendo niño. Por cada experiencia que él adquiría, yo me volvía más joven. Lo seguí por todos lados, por los montes, a la casa de los Zigurats, a las villas de los Brahamanes, a las tierras de Kǒngzǐ, y al mismísimo infierno lleno de tierra seca y de hectáreas llenas de arena y de ardor y de un escándalo en el alma que pide libertad con la saliva que se seca en la garganta que hierve. Finalmente pasaron treinta años, señor, treinta años en donde mis pies se allagaron y rompieron en múltiples pedazos que se esparcían por todo los caminos en los que seguí sus huellas, las cuales siempre iban acompañadas de un par más; y ante la sorpresa de saber que era uno al que seguía pero eran dos (o más) los que aparecían, decidí curiosear más en esas huellas alternas a las que marcaban mis pasos.

Señora, siguiendo a esas huellas, que en ocasiones mostraban una clara pelea, una discusión, un impulso violento, una desdicha, desesperación y confusión, fue que terminé por llegar a este monte, temeroso de encontrar a las huellas no deseadas pero ansioso de ver a aquél que llevo años persiguiendo. Usted tiene de frente a un niño, señor, pero le aseguro que estos ojos son más añejos de lo que todas sus canas pudieran representar. Llegué a este monte y sólo encontré lágrimas manchadas de sangre y un olor a miedo y a una mezcla extraña entre la esperanza y la desesperanza. Señora, ¿usted podría indicarme en dónde puedo encontrar a quien álgidamente sigo desde hace más de treinta y tres años?".

"Claro que sí pequeño, y disculpa mis lágrimas, pero creo que has llegado nuevamente tarde. Hoy, dentro de algunas horas lo sacrificarán para mostrar al mundo que nadie podrá cambiarlo".

"Por favor, señora, no se vaya, sólo dígame qué camino debo recorrer para llegar hasta a él. ¡Hágalo por un alma que pide reposo! Tal vez no pude proteger a este hombre, pero por favor, no me niega la dicha de verlo en el último momento. Verá, desde hace algunos días, las piernas han abandonado a las fuerzas que siguen en mi corazón. También me empieza a fallar la voz y temo que en cualquier momento la visión se convertirá en un hálito y me embriague de nuevo en el recuento de la felicidad que, incólume, renace cada día y muere a cada instante. Sólo le pido eso, una señal, una dirección, ¿hacía dónde debo arrastrarme?".

"Pequeño, realmente me parece increíble tu relato, y si no estuviera en mis cabales, pensaría que la desesperación por saber que mi hijo, ese hombre del que hablas, morirá precisamente hoy, me ha llevado a la locura. Pero tu presencia me tranquiliza sobrenaturalmente y me hace sentir una felicidad, una dicha increíble, como si no fuera a perder a un hijo, como si nunca fuera a perderlo. Te llevaré con él. Permíteme cargarte y llevarte conmigo, junto al corazón, para que la desdicha no me desgarre en su presencia".

La mujer cargo al pequeño, quien no soportó más y durmió todo el camino. Llegaron hasta el Kraniou Topos y la muchedumbre despertó al bebé. Sus ojos se detuvieron frente al hombre que se erigía frente a él.

"Por fin te veo, pensó el pequeño quien sólo podía gemir y balbucear, por fin mi corazón descansa. ¡Perdóname por no llegar antes y evitar que tuvieras una muerte tan terrible!". Entonces el hombre en lo alto lo miró desfalleciente, y su corazón también se regocijó al verlo. "Por fin te veo, balbuceó el hombre quien ya no podía articular ninguna palabra, por fin mi corazón descansa. ¡Perdóname por no llegar antes y evitar que tuvieras un destino... tan terrible!".

viernes, 21 de diciembre de 2007

FaVula 6: La bola de nieve

Se le veía abrumado, cansado y harto. Estaba sofocado y su desesperación rebozaba en cada centímetro de la cara y de las manos y de lo cabellos cada día eran más y más canosos. Siempre era lo mismo, decía. Todo es injusto, todo se mide por el implacable metro del dinero, ¡todo! ¿Y sus sueños? ¿Y los sueños de los demás? ¿Por qué no alzar la voz? ¿Por qué no ir en contra de lo que todos siguen como... borregos? ¡Borregos! Es un maldito rebaño el que sigue a tropel cada paso de la potencia. Cachorros del imperio, decía. Le dieron ganas de tomar a todos los mugrosos que se divertían y que lanzaban dinero a todos lados y compraban y bebían y se vestían... ¡me dan asco!, decía.

Entonces salió de su covacha burguesa y quiso hacer justicia, porque ya era hora de que se hiciera justicia. Se levantó en lo alto de un cerro y gritó al mundo "¡Aquí estoy! No teman, que ya vine a liberarlos". Se armó con una casaca verde, porque el verde le daba fuerza a sus energías y caminó hacia el bosque, seguro de que ahí encontraría al señor de la injusticia, al creador de una cultura despiadada y estúpida. Ahí estaría, modelando más artimañas para engañar a los hombres, sus amigos, sus hermanos, para engañarlos a todos y embaucarlos en un torbellino de frivolidades y hedonismo sin cuartel. Creador de fatalidades como los tratados comerciales, los bancos, las monedas, la ropa de alta costura, los automóviles, todo, todo lo que destrozaba su corazón (y el del mundo también, seguramente) venía del mismo desordenador. Por eso iba al bosque, para encontrar al diablo.

Así salió Juan Ramón Pereira a buscar al asesino de las convicciones y de las virtudes y aún más, de la libertad. Se internó en el bosque y esperó alguna señal, algún destello de verdad. Buscó bajo la hojarazca, bajo los nogales, bajo las ramas, bajo los tomates que nacían, bajo las ardillas que mordían, bajo la luna que lo seguía, pero no lo encontraba. Se sintió solo y desconsolado, pues ahora no sólo carecía de un enemigo, sino que no tenía la más mínima idea de dónde estaba. Fue cuando conoció a su sombra y después de muchos días intentando decifrar su lenguaje, terminaron por convertirse en amigos. Pero lo mejor de tener a su sombra como único amigo fue que, dependiendo de cómo cayera la luz, podía tener muchas sombras y por lo tanto, muchos amigos... muchos amigos que pensaban como él.

De esta forma y sin poder hallar nunca al señor de la injusticia, pudo entrenar a un ejército de sombras para que repitieran lo que él pensaba. Las sombras comenzaron a crearse una identidad y una manera de pensar que partía de los preceptos de su creador y amigo. Ahora podían platicar entre ellas mientras Él dormía; y podían discutir la forma en que debían hablar a sus seguidores mientras Él daba un paseo buscando al injusto; y podían pelear a gusto sin que el hombre que las parió pudiera hacer nada para evitarlo. Tenían vida propia, aunque seguían siendo sombras, sin ninguna característica que las hiciera diferentes ante los ojos de nadie más que de ellas mismas.

Y entonces, sin poder cumplir su cometido, Juan Ramón Pereira moría dejando solas y huérfanas a sus sombras. Les prometió que algún día regresaría para ver cómo habían logrado cumplir con su cometido y disfrutar de la libertad que jamás pudo tener (o supo vivir). Las sombras se entristecieron y sintieron cómo quedaban solas por completo en un bosque al que ahora sentían extraño. Fueron vagando sin rumbo fijo siempre buscando algo que les había dicho su maestro, pero nunca encontrando. Sin querer llegaron a una villa al pie del bosque y ahí encontraron a mucha gente que sentían algo familiar en ellas, pero que por alguna razón las sentía ajenas.

Ahí vivieron por muchos años, enseñando las palabras de su maestro Juan Ramón Pereira, y el pueblo llegó a creer que realmente estaban liberados. Todos bailaban y se agasajaban sintiendo el estupor de la libertad, todos creían tener las respuestas a lo que tanto se habían preguntado y las sombras sintieron que, si bien no habían encontrado nunca al Injusto, habían terminado la proeza de su Creador. Todos eran felices, pensaban las sombras, el Injusto debe ser una alegoría a nuestros miedos, se decían... pero todo pertenece a un equilibrio, y la balanza volvió a su nivel.

A lo lejos escucharon cómo caía una gran bola de nieva, que venía del bosque. Todos la vieron y todos sintieron que la bola de nieve no llegaba ahí de manera fortuita, más bien los había cazado. Todos los pobladores se armaron con más nieve pues sabían que esa bola quería arrancarles la libertad que habían creído alcanzar. Entonces las sombras vieron que el Injusto estaba frente a ellos. Armaron al pueblo de valor y entre todos intentaron detener la bola lanzándole más nieve, pero sólo consiguieron hacerla más poderosa. La bola pasó sobre ellos y los convirtió en parte de la misma masa heterogénea, las sombras desaparecieron y lo único que quedaron fueron sus ideas convertidas en bestsellers.

viernes, 30 de noviembre de 2007

FaVula 5: El que llama... paga...




Mucho se ha discutido sobre las llamadas de extorsionadores que sacudieron los nervios de más de un diputadete. La versión oficial la conocen todos, pero la versión real, la que ocurrió en cada uno de los pensamientos de los que vivieron "la terrible vivencia de ser extorsionados", esa me la sé yo. Digo, modestia a parte, no por nada me dicen el Diablo, je je je.

La realidad es esta: me encontraba un tanto aburrido y tuve que utilizar a estos juguetes míos para pasar el rato. ¿Qué hice? Un ejercicio muy simple, milenario y muy, muy efectivo: los hice pelear uno a otro. Preferí llegar con los del PAN. Los del PRI ya me han cansado un poco, los del PRD tienen pacto con Fidel así que no me puedo meter en esa jurisdicción. ¿Conclusión? Sólo me quedan los marimochos del PAN. Son los ideales. Además de que sus santurronerías no me convencen del todo (¿quién por los mil yoes jura el nombre de dios y además se vuelve diputadete? Hay que ser verdaderamente hipócrita y cínico... y esos son los que más me gustan.

Primero fui con el diputado Pedro Pulido. Caramba, debieron ver su cara cuando le sugerí que Francisco Dávila, con todo y su mueca mustia de cordero impoluto, se tiraba a su hijo. ¡Ja ja ja ja! El zoquete no me dejó terminar, pero no importa, porque su reacción rebasó mis expectativas jajajaja. Tomó el teléfono y lo mejor fue oir su quejido "me las vas a pagar", que según él fue muy de macho, muy de hombre que va a poner orden, pero realmente era como de jovenzuela recogida jajajajaja. Entonces que le marca a unos tipitos "Márcale al hijoe... de Dávila (lo siento, no es mi estilo decir groserías), sácale un sustito... a ver si deja de estar ching...".

Unos minutos después, Dávila recibió una llamada. Se puso blanco, blanco, blanco. Empezó a mirar a todos lados, buscando la salida para ir al baño, tan mal se puso que había olvidado cómo llegar. Pero al arrastrar la mirada se topó con la mueca sardónica de Pedrito. Comprendió ipso facto lo que acababa de ocurrir. Es interesante ver cómo para muchas cosas, estos entes no pueden carburar con rapidez, pero si de chanchuyos y bajezas se trata, son muy rápidos, créanme, se los dice un experto. ¿Qué hizo? Yo no quería adivinar, porque precisamente esto es lo divertido, ver cómo se mean entre ellos, y cada uno tiene su toque especial, su manera de hacerlo, pues. Eso es lo divertido.

El chico Dávila tomó su teléfono "me las vas a pagar", dijo y que le marca a los mismos tipitos. Claro está, ninguno de los dos diputadetes jamás se les ocurrió que le estaban llamando a los mismos. "Dile al jodón Jesús que le tenemos a un secuestrado", dijo Dávila. Yo me quedé un poco turbado, no había regresado la amenaza a Pedrito. Pero en seguida capté sus negras intenciones. Jesús Flores Morfín sabía de los "negocios sucios" (así es muchachones, no sólo de PAN vive el hombre, o en este caso los diputadetes, y tienen que incursionar en otras tareas tan poco nobles como las que desmpeñan) de Pedrito, así que tan pronto le avisaran que le tenían a su crío, Jesús sabría con quien arreglárselas.

El tío Dávila había trazado bien su plan, dos contra uno es mejor que uno a uno, digo, aprenden bien eso de la pelea sucia. Sólo que el tío nunca se dio cuenta de que Chuchito es un poco imbécil y tiene los dedos poco conectados con el cerebro. Al brillante Chuchín se le ocurrió amenazar a Pedro, pero como sus dedos no conectaron con los mandatos del cacúmen, terminó por marcarle a Lizbeth Medina. "¿Bueno?", contestó la diputada. Chui se quedó de a seis "A chingá... ¿A, a ... a dónde hablo?", "¿Jesús?", "No, no, este, no, estoy hablando para decirle que esto es un secuestro". "¿Un secuestro? ¿Esto es un secuestro? No, esto es una llamada telefónica". "Oh pues, no, que diga, le tenemos secuestrado a alguien". Lizbeth mejor colgó, sabía que era una mala broma o era un secuestrador novatón, y en ambos casos no era real. ¿O sí?

Entonces a Lizbeth le dio un poco de ese escozor que te da cuando no sabes si metiste la pata. Volvio a abrir su celular y marcó al número "secreto". "Bueno", dijo una voz áspera. "Bueno, ¿Lupe? ¿Tú marcaste?". "No señora, para nada. ¿Cómo le voy a marcar? Ni modo de querer secuestrarla a usté... no eso sería como darme un balazo en el dedo chiquito del pie izquierdo". "Bueno, bueno, está bien... Luego te marco". "Antes de que cuelgue señora... oiga, ¿qué sus compañeros no están trabajando o hay feria ahí o qué?", "¿De qué me hablas Lupe?". "Pues sí señora, es que ya me hablaron dos de ahí mismo y quieren que los extorsione a ellos mismos. La verdá no entiendo el plan. Yo ya los llamé a todos, pero pues no más se quedan callados...". "¡Qué raro Lupe! Espera, espera..." "¿Qué pasó?" "Es que se desmayó Mirna... al rato te marco".

Así es, entre tanto desbarajuste, el buen Chuchito volvió a marcar mal y en esta ocasión le llamó a Mirna Rincón. Sólo que esta sí se lo creyó y ¡moles! Cayó al suelo. Así estuvo el asunto. Lo único que yo sé es que yo tuve un espectáculo medianamente bueno (soso, pero en fin... ya me desquitaré con Sarkozy) y lo que nadie se ha dado cuenta es que el más beneficiado con todo esto no son los secuestradores virtuales, es mi cuate Carlitos. ¿O que no el que llama paga?

martes, 13 de noviembre de 2007

FaVula 4: Hablanos

"Un avión bimotor de reacción, con matrícula de Estados Unidos y al parecer procedente de Colombia, se estrelló en una zona de breñales del municipio de Tixkokob, a 25 kilómetros al oriente de Mérida, y dejando regados 132 bultos que contenían 3.2 toneladas de cocaína". Unos minutos después del desplome de la aeronave llegaron al lugar efectivos del ejército y de la Agencia Federal de Investigación. Segundos después de éstos, arribaron agentes de la Drug Enforcement Administration y algunos militares encubiertos del ejército estadounidense. Entre dimes y diretes, lograron llevarse a un campesino que lo había visto todo a una nave que se encontraba cerca de las costas de Yucatán. Ahí lo encerraron y, después de hacerlo sufrir psicológicamente (nunca hubo tortura física según los registros, sólo la inmensidad de un cuarto gris, la indefensión con la que arropa la obscuridad y la sosobra de la impotencia), lo interrogaron sin obtener ninguna respuesta más que un rostro de piedra, enigmático, sarcástico, burlón, asustado, temeroso, feliz y terriblemente fuera de ese mundo. Así estuvieron por varias horas, y al ver que más cosas decía una lata de Coca Cola Light, decidieron someterlo nuevamente a la indomable solitud, dejando los micrófonos abiertos, pues sabían que en los inevitables delirios acabaría diciendo la verdad. Muestran los expedientes lo siguiente. Yo lo traduje del inglés, y ellos lo tradujeron (a medias y con mucha dificultad, según consta en los archivos) de una mezcla de maya con castellano y una terrible decepción (según yo) y ganas horribles de salir, no del cautiverio en el que estaba dentro de las cuatro paredes, salir de una tierra que sólo le había dado desdicha y cadenas.

"Padre Dios, tú que todo lo oyes y todo lo escuchas, háblame. Estoy metido en un tremendo hoyo. Tú me dijiste cómo meterme en esto, ahora dime cómo salir. Yo lo único que quería era que Ek Xib Chacc, encarnado en la figura de San Bartolo (tú lo conoces mejor que nadie, fue a quien enviaste para que con sus ojos de vidrio me dijera qué hacer) nos echara una mano. Pero todo se fue haciendo como un lodazal. Todo se fue cubriendo de espinas y después me vi envuelto en un torbellino. Yo te juro que sólo seguí tus señales. Yo te pedí el milagro del agua, porque aunque por todos lados hay, en mi comunidad es el único lugar al que le falta. Y entonces te prendí muchas velitas, como me dijo el cura que hiciera; y te recé muchas veces, a ti y a Hunab Ku, que son lo mismo pero no podemos entender cómo son tan diferentes siendo iguales. Te pedí varias noches y varios días, tú sabes bien que hice los ofrecimientos correctos, miraste la sangre de mis rodillas, escuchaste el vacío con que recibía cada desgarre de mis manos. Y entonces apareciste al señor ese, que me dijo "te he escuchado y sé lo que necesitas" y entonces me tiró un manojo de dinero y yo lo miré y supe que eso no era lo que necesitaba porque ya habíamos intentado beber esos papeles y fue imposible tragarlos. Pero sé que tú te apareces con señas y con apariciones y con muertos y con cosas que nos parecen confusas y por eso escuché a ese señor. "Para conseguir agua, necesitas muchos de estos" y volvió a lanzar una bocanada de billetes que se reproducían en sus bolsillos. "¿Y cómo le hago Hunab Ku?" y el me dijo que había un polvo sagrado que podía ser transformado en esos pedazos de papel y que con esos pedazos de papel yo podría llenar muchos cenotes y podríamos bañarnos todos los de mi pueblo y podríamos gozar con siglos de agua; y mis ojos se llenaron con ella y entonces supe que si mi cuerpo podía crear agua, entonces ese hombre (que en verdad eras tú) tenía razón...".

Los archivos se detienen un poco ahí. Afirman que empezó a convulsionarse y lanzó espumarajos amarillos mientras los ojos se volteaban y giraban uno hacia la izquierda y otro hacia la derecha. Aquí suena confuso el reporte porque el Detective Monroe no estaba en la habitación pero infiere todo lo anterior debido a que los rastros de saliva iban del suelo a la boca del hombre (quien yacía desmayado) y con una dirección aleatoria, lo cual hace creíble las convulsiones. Por su parte, el Agente Robinson decía que los ojos se le encontraron volteados, ya que se vio a un hombre blanco entrando por la puerta. Todos pensaron que era el Detective Monroe, hasta que éste salió de otra puerta y miró, junto a todos, los monitores que dejaban ver a un hombre de blanco. Nadie estuvo tan cerca para ver lo que ocurría ni tan lejos como para inventarlo todo. El hombre blanco se acercó al prisionero y entonces éste último empezó a hablar nuevamente.

""¿Y cómo obtengo el dinero?" (POR LA CONGUJACIÓN DE LOS VERBOS EL HOMBRE PARECÍA RECORDAR AHORA) "Verás a un ave, más grande que todas las aves que has visto. Será de plumaje blanco, más blanco que la espuma del mar. Entonces tú utilizarás esto", "¿Es una gran honda?", "Así es. Verás al ave surcar los blancos cielos y tú esperarás a que esté justo en el cenit. Entonces mirarás al gran Kinich Ahau y él te dislumbrará y sabrás que será el momento de lanzar con fuerza la piedra". "Sí, sí, sí. Ahora sé que con esta arma podré tener al ave. ¿Pero dónde obtendré el polvo?". "El polvo está dentro de su panza. Ábrela y lo descubrirás"."

Está información fue determinante, pues al llegar las autoridades al lugar del choque, encontraron a este indio abriendo una avioneta, con una honda en el cinto. Lo más desconcertante fueron las últimas palabras del hombre quien regresó de su estado delirante a una nueva fase de locura y entre gritos y espumarajos que ensuciaban al hombre de blanco (presumiblemente un doctor). Dice el reporte "¡Destruí al ave, la abrí y encontré el polvo! ¡Qué es eso! ¡Qué es eso! ¡Yo sólo vi un polvo sagrado! ¡Tan sagrado que iba a darnos agua, lo más sagrado porque da vida! ¡Tú me dijiste que lo llevara a los hombres de la selva! ¡Ellos me darían el agua! ¡Pero nunca me dijiste que me encerrarían en una caja! ¡Nunca me dijiste! ¡Me abandonaste! ¡Me engañaste y me abandonaste! ¡Nos has abandonado! ¡Siempre nos escuchas! ¡Pero nunca nos hablas! ¡Cómo se supone que voy a conocerte si no me hablas! ¡Háblame! ¡Dime que existes! ¡Dímelo! ¡Quiero escucharte!".

El hombre se vio envuelto en líquidos que emanaron de su boca y del esfínter que retiene la orina, también dice el reporte que fácilmente se habían contabilizado 20 litros de agua de todo el sudor que sacó. El hombre literalmente se derritió y poco a poco dejó que la angustia se transformara en una sonrisa tranquila. El reporte afirma que el hombre murió ahogado en sus propias emanaciones. Yo creo que Dios finalmente le habló.

lunes, 5 de noviembre de 2007

FaVula 3: El desarraigado

Hace algunos meses, ya casi años, Edgar, "locuaz" cofundador de la "locuaz" Cofradía de los Imbéciles, me dijo que sería interesante llevar a cabo lo que se conoce como periodismo de fantasía (la verdad no sé si así se conoce, pero a mí me late ese nombre), que se trata de, a partir de una noticia, dar la versión "real" que irónicamente estará plagada de irrealidades o de cosas inverosímiles o simplemente de un ángulo inexplorado, donde la prensa, al querer apegarse a lo objetivo y a los hechos, no llega a entrar y los descarta por resultarles comercialmente repulsivos.

En fin, hoy estaba ojeando en El Universal On line, y me encontré con la peculiar nota de que un presunto (si nos vamos a poner periodistas, hay que usar la jerga periodística, entre los que destacan adjetivos que se convierten en muletillas) narcotraficante se estrelló nada más y nada menos que en uno de los super túneles de Guadalajara, y así, sin paparazzi persiguiéndolo y sin deberla ni temerla, el muchachito terminó en la mortaja.

EL DESARRAIGADO

Juan Domínguez estaba harto. Había intentado todo lo que su poco coeficiente le había permitido, y sin embargo, seguía sintiéndose apático ante la imposibilidad de encontrar un trabajo que lo llenara económica y espiritualmente. Había intentado dar clases a unos niños de kinder, pero fue imposible batirlos pues los mocosos eran muy respondones y siempre se lo traían de bajada. Renunció y supo que la lotería estaba vendiendo unos calzoncitos de colores nada prosaicos y con conexión a Internet, "que serían el furor entre las muchachitas"; pero se vio enfrentado con la muralla burocrática que no le permitía ver si lo que le faltaba era un permiso para importarlos o que les importara darle el permiso. Desistió de esa vanalidad.

En seguida se encontró con un amigo, "mira, estoy iniciando una compañía, se trata de 'catadores de senos'", y por supuesto que Juan Domínguez no dijo que no y antes de que lo llamaran ya estaba afuera de la oficina de su amigo. Y ahí esperó y esperó y esperó y su amigo le marcaba al celular y le decía "no te preocupes Juanito, ya estamos haciendo las puertas de la oficina" o "no te preocupes Juanito, ahí espéranos, nada más compramos las tachuelas para colgar los cuadros de la oficina" o "no Juanito, tú no te desanimes, lo que pasa es que el chico que contratamos para que reclutara a las modelos, pues ya se tardó con el encargo y la verdad yo creo que vamos a tener que ir buscando a otro". Y entre pretextos y alargues, a Juan Domínguez se le fue cubriendo la esperanza y las ilusiones con polvo y botellas de refrescos vacías que los transeúntes tiraban a sus pies creyendo que era una jardinera descuidada, pues lo rodeaban pastos bravos y uno que otro diente de león.

Pero Juan Domínguez no dejaba que los embates del clima ni los chicles de los transeuntes ni las justificaciones de su amigo meyaran la promesa que se había hecho. Y ahí estaba, al pie de la oficina sin ventanas, ilusionándose, pensando todo lo que podría hacer con un puesto tan prometedor como el que le habían ofrecido, llenando su vacío con mundos llenos de riquezas, de felicidad, de un rayo de sol que iluminaba a cada criatura del orbe; porque este paso que estaba dando era el inició de miles, que como efecto dominó, terminarían llevando su buena suerte al resto de los habitantes del planeta.

La lluvia cayó y el seguía calentando su mente y sus huesos con fiestas que haría cuando recibiera su primera quincena. Los vientos soplaron y él echó raíces imaginando cómo serían las veinte casas que compraría y cómo las compartiría con su hermana y sus padres. El sol calcinó su cabellos, pero él refrescaba su vida con recuerdos de todo lo que había hecho en su vida, a partir de algo tan banal, tan fútil, tan trivial como ser "catador de senos", y había sido tal su éxito que las montañas de dinero, los millones de contratos y las decenas de empresas que tenía en la cabeza, las empezó a vender y emprendió el viaje de sus sueños, al lado de una dama que todavía no conocía pero que lo había hecho feliz por mucho tiempo, hasta que llegó el momento de hacer su testamento. Y entonces abrió los ojos y se dio cuenta que seguía ahí, parado, lleno de escombros, viendo pasar su vida como los automóviles que no dejaban de viajar enfrente de él.

Entonces todo se derrumbó. Un trueno llenó el espacio vació de su mente. Al imperio construido le cayó encima la noche, como una piedra enorme que jamás te dejará levantar porque te ha hecho añicos. La nostalgia por lo que nunca tuvo le hizo hervir tanto la sangre que no pudo llorar porque secó sus lágrimas. Y Juan Domínguez se fue de ese mundo, escoltado por el canto de los ángeles que despedían, con gemidos desgarradores, en una corte fúnebre, a todos los rescoldos de los sueños que abortaron y que abandoban su cuerpo por medio de lenguarazos y palabras que no encontraban sentido y unos ojos que no podían llorar y una garganta que no podía decir nada porque estaba demasiado apretada como para servir. Jamás sería famoso, jamás sería rico, y lo más importante, jamás sería feliz.

Subió a su bicicleta y decidió que utilizaría sus últimos ahorros para visitar el mar y morir ahí. Comenzó el viaje y toda su vida pasó enfrente de sus ojos, con una vividez que lo hizo llorar. No supo que hizo entonces, pero su cadena de pesadumbre se rompió cuando escuchó un pedazo de algo que derrapaba por la calle y se hacía añicos contra el muro de contención. Era lo que le faltaba, haber matado a alguien. No pudo más y decidió seguir su camino, quería terminar con esto de una vez por todas, quería que su muerte fuera como lo había planeado, aunque fuera eso. Y así lo hizo, jamás se enteró de que pudo ser famos, jamás se enteró de que pudo ser rico, y lo más importante, jamás se enteró de que pudo ser feliz, pues el hombre que había matado por accidente, era el jefe más temido y odiado del narcotráfico y ahora moría ahí, a manos de un iluso que lo único que quería era vivir su vida, a su modo.

lunes, 18 de junio de 2007

FaVula 2: Y vinieron...

Era el 2 de mayo de 2004 cuando Fidel Castor escuchó en la radio una terrible noticia. El secretario de Gobernación Santiago Creel anunciaba la ruptura de relaciones diplomáticas con México. El pan se le cayó de la mano y cayó dentro de su taza de café con leche, causando que el líquido se derramara casi tan explosivamente como lo hacían las ideas dentro de su cerebro.

Tan rápido como pudo, alcanzó el teléfono. Marcó varias veces, pero al parecer estaba ocupado, pues de un golpe azotó la bocina. “¡Qué haré!”, dijeron sus manos que se crispaban con avidez sobre el par de cabellos que todavía conservaba en su jovial cabeza. En eso estaba cuando un par de golpes secos llamaron a la puerta.

Sus ojos se llenaron de un miedo indescriptible. Se puso blanco, las manos le comenzaron a sudar y los nervios le impedían moverse a cualquier lado. Tembló como tiembla la gelatina antes de ser devorada por un niño pecoso. Y eso mismo le iba a pasar. Iba a ser devorado.

Dos toques volvieron a repetirse, sonando huecos y sordos. La saliva se agolpó en la garganta de Fidel Castor. No pudo hacer nada más que orinarse en sus calzoncillos, y temblar aún más. Al ver que nadie respondía a los llamados, quienquiera que estuviera afuera comenzó a forzar la cerradura.

Fidel Castro notó las venas que saltaban rítmicamente y cada vez con más fuerza en su frente. Quiso tomar un gran respiro, pero no pudo, el aire no se le metió a los pulmones. En ese momento, la puerta cedió ante la insistencia y se abrió lentamente. Entró un hombre con gabardina café, sombrero obscuro, ojos azules y con facciones anglosajonas. Lentamente y con parsimonia ensayada, sacó de su bolsillo derecho una pistola de pesado calibre.

“Llegó su hora, no puede escapar como la otra vez”, le dijo con una voz carcomida por los años a Fidel Castor. Se acercó lentamente al hombre que tenía en los pies un pequeño charco, y con firmeza apuntó la pistola a la cabeza del hombre de los pelos de juventud. “¿Por qué ahora?”, pensó desesperadamente Fidel Castor.

Había logrado escapar de tantas persecuciones. Se les había escurrido tantas veces a los hombres de la gabardina. En esos momentos recordó el último encuentro que tuvo con ellos, precisamente en Cuba; casi medio siglo había pasado desde entonces. Ahora estaba solo, temeroso y parecía que todo llegaba por fin a un término poco decoroso pero necesario, pues ya no podía seguir escapando como lo venía haciendo desde casi catorce siglos atrás.

Aceptado por fin su destino, se inclinó y puso sus manos sobre la cabeza. “Está bien. Lléveme adonde me tiene que llevar”. El hombre descargó su arma dieciocho veces sobre su víctima y salió sin mayor problema. Llegó hasta el automóvil gris que lo esperaba afuera. “Misión cumplida, informa a Washington que ya eliminamos a la rata”. “Muy bien, respondió el conductor. Ahora hay que asegurarnos de que esa rata era la que buscábamos. No nos vaya a pasar como siempre, que matamos a la que no es”. “No te preocupes, si no era, matamos a otra hasta dar con la correcta. ¡Malditas ratas! No nos dejan vivir en paz”. Dicho esto, subió al auto pero antes de cerrar la puerta tuvo la precaución de meter su cola sin pelo, porque ya habían sido varias veces las que la machucaba con la puerta del auto.

FaVula 1: las luces

Eran las cinco y media de la madrugada cuando Horacio Pérez Camposanto observó en el negro cielo de Campeche doce luces que se dirigían hacia el Este. Las luces no le hubieran llamado la atención de no haber sido por su zigzagueante caminar en la negrura de la noche y porque su perro faldero el Gato, cruza de San Bernardo y Maltés, ladró más de trece veces: número de la calamidad.

Miró cómo pasaban sobre sus cabezas y en un parpadeo la velocidad de las luces aumentó tanto que ya no las pudo ver, pero al siguiente pestañeo, volvieron a su aletargado paso. El olor de los pantanos se levantó al paso de las luces y la fetidez marchitó la siembra que de todos modos iba a ser devastada por las aguas o la sequía.

Estupefacto, Horacio Pérez Camposanto tomó su sombrero y caminó hacia la comisaría más cercana. Salió como a las cinco cuarenta de la madrugada y llegó a su destino a las ocho del día. Esperó otras dos horas más hasta que el comisario hubo desayunado. Entonces lo recibió. “Señor. Vi varias luces en la madrugada viajando en el cielo”.

La cara de desprecio del comisario cambió drásticamente ante las palabras del hombre. “Dime, interrogó el comisario, ¿qué fue lo que exactamente viste?”. Horacio Pérez Camposanto miró hacia el techo rememorando las imágenes en su cabeza: “Eran doce luces que se movían como lagartijas rayando el cielo. Iban primero rápido, rápido y luego lento, lento. El Gato no dejó de ladrar un solo momento. Además, mi cosecha se pudrió y el aire se apestó con un olor a azufre que me llenó los ojos con lumbre”.

El comisario despidió a Horacio Pérez Camposanto dándole falsas explicaciones y en seguida se encerró en su oficina. De inmediato llamó al Jefe. En la madrugada, un pelotón llegó a las tierras de Horacio Pérez Camposanto, y en menos de diez minutos transformaron el humilde hogar en un cuartel de observación hechizo. El Gato y Horacio Pérez Camposanto tuvieron que dormir entre los bejucos y las culebras.

La noche llegó y el calor insoportable abrió los ojos de Horacio Pérez Camposanto. Las estrellas se volvieron a mover. Eran trece luces esta vez. Se movieron con el mismo patrón indefinido y zigzagueante. Esta vez, desaparecieron atrás de un monte pelón. Horacio Pérez Camposanto oyó a lo lejos el radio del capitán. “Sí señor, eran ellos. Los identificamos plenamente… En seguida señor”. Segundos después llamaron a Horacio Pérez Camposanto y se encerraron con él en uno de los camiones.

Dos horas más tarde, regresó al pie del árbol donde había dejado a El Gato. “Ya vez Gato, dijo mientras escupía los dientes, la ignorancia es vida. Me mataron por saber demasiado”.


Dos meses después, sobre los cielos tropicales de la Habana, sobrevolaron doce luces con un movimiento indefinido y zigzagueante. Pedro Danzón estaba descansando en su lancha cuando las miró por primera y última vez. Al día siguiente, la Habana estaba completamente despedazada. Unos soldados estadounidenses se aseguraron que no quedara nadie vivo. Encontraron a Pedro Danzón, en su lancha, con los ojos quemados por los fogonazos del ataque nocturno y repitiendo “Luces, luces, son doce. Luces, luces, nos atacan”. “Este ya no hace nada”, dijo un marín, mientras le daba una fumada a su habano. “De todos modos lo matamos, para que no extrañe a sus cubanos”. Puso el pie sobre el cráneo de Pedro Danzón y lo aplastó. Un chisguete de sangre le cubrió el rostro y unas gotas mancharon la bandera que traía en el hombro. “¡Maldita sangre cubana!”, dijo, “ahora tendré que lavar mi uniforme con Tide ®”.

Minutos después, los marines se montaban en sus aviones de combate para emprender otro viaje, disfrazados de luces que marcaban con la fatalidad a quien los veía.