miércoles, 9 de mayo de 2007

¿muere una heroina?


Podría pensarse que lo que pasa entre el ejército mexicano y los machos, machos, machos narcotraficantes es una película muy gastada y cuyo final ya todos sabemos: por arriba, en la superficie, por encimita pues, ambos bandos se dan hasta con lo que no pueden; pero abajo, en lo obscurito, tras bambalinas, son uno mismo. Esto no me consta, ni digo que sea cierto. Hay muchos corruptos por todos lados, eso es cierto, pero hay muchos que sólo están ahí mandados, cumpliendo su deber y que tal vez tengan un poquito de ganas de lograr que el mundo mexicano sea un buen lugar para vivir. Eso tampoco me consta, pero como reza un viejo adagio, "hay de todo en la viña del señor (incluyendo sendos campos de marijuana, ¡cómo no!)".

Lo que sí está para decir, "ay no ma...", es que ahora resulta que entre las filas de los narcos hay honor, hay pasión, hay personas que podrían ser catalogadas como verdaderos héroes, a pesar de que están defendiendo su estilo de vida. Es verdad, no todo es culpa de los narcos. Usted dirá, "cómo se te ocurre decir eso". Los narcos "envenenan" a nuestros hijos, nuestros hermanos, hermanas, padres, madres, abuelos, abuelas, tíos, perros, pericos, a pseudópodos con pezuñas y garrapatas chupándoles los cesos (el cerebro, no vayan a confundirse de lado). Los narcos son los malos. Eso es verdad. Pero también que no manchen aquellas personas que los consumen. Para que se muera una vaca hay que mataral entre dos, o por lo menos eso nos deja ver otro viejo y conocido adagio "tanto peca el mata la vaca, como el que le agarra la pata (y otras cosas si el que agarra es un campesino jarioso y calenturiento, o ¿a caso no hay de todo en la viña del señor?)".

Si ustedes, señores, señoras, compas y mantas, no compraran que el cigarrito de mota, que la piedra, que la heroína, que esto que aquello, quesque para disfrutar el momento, para evadirse, para ponerse high, para estar en onda, o para lo que su rechin... quiera, entonces no habría negocio y los narcos intentarían vender paletas de hielo o papitas enchiladas, que según hicimos la cuenta, les deja una cuantiosa suma de 15000 pesos al mes (o un poco más) por sólo estar paraditos allá afuera de las escuelas, esperando que unos niños (y chamacas con hoyos en los estómagos) los hagán más y más ricos, y aquí me acuerdo del episodio de los Simpson, cuando Marge le dice al tipo de los hot dogs en un funeral "¿usted no puede dejar de seguir a mi marido a todos lados?", y el señor le contesta "Señora, su marido está pagando la universidad de mis hijos". Y uno se pone a pensar, ¿para qué llevarlos a la Universidad gringa? ¿Para que los mate un coreano que pertenece a una nueva puesta en escena del gobierno del siempre atento y pacificador Bush (cfr. mi comentario sobre 300 en este mismo blog)? No, mejor paso.

Pero retomando los asuntos del narco. Ahora resulta que el ejército ya se enchiló porque los del narco se los embozcaron y ¡rájale! que les chingan a unos cuantos pelones. ¡Vale madres! Habrán dicho los jefes del ejército. Ahora sí nos los chingamos. Y vámonos, que se lanzan para Apatzingán y ahí se encuentran a una cuadrilla de narcos y ¡changos! que se los iban a chingar, previo a haberles avisado que si no soltaban sus armas iban a lanzar toda la artillería de piedras pomez y verduras podridas que habían recogido (nada que ver con la viejita de Zongolica, q.e.p.d.) en el pueblo, y que si no les pelaba el cicirisco (jo jo jo) entonces comenzarían a escupir y lanzar blasfemias contra sus mamacitas santas, con todo y que en un par de días sería el día de la progenitora.

Los otros muy ufanos sacaron sus AK-47 y sus bombas atómicas, y sus reactores de turbogel automatizado con hidrocarburo de pentosteno capaz de volar a Iraq con todo y sus 300 libertadores de un madrazo, y también sacaron un par de curitas por si les llegaba una que otra piedra del ejército mexicano. Y entonces madres, que se dan de madrazos, y ya que los del ejército les partieron su madre, entonces pasaron a inspeccionar qué habían dejado con vida.

Cuando entraron se dieron cuenta de que en la línea de fuego estaba Alejandra, una chava narcotraficante que se había pueseto al tú por el tú con los soldados. Lo que me parece estúpido es que ahora los medios empiezan a tomar este hecho, (que sea una mujer la que esté al mando de los narcos) como algo digno de alabanza. Me parece el colmo del feminismo: lo hace un hombre, entonces es terrible, pero si vemos a una mujer, a pesar de que esté haciendo estupideces de un hombre, entonces hay que alabarlo, finalmente hay una mujer que nos muestra que las mujeres sí pueden (claro que pueden, basta de recordarlo, sí pueden) y no sólo eso, el toque femenino regala un rasgo romántico a la causa.

"Pero igual que ella, sus cómplices nunca se rindieron. Sabían que no tenían escapatoria. Así que corrieron, dispararon y cuando el Ejército lanzó su artillería pesada, fueron alcanzados. Sus cuerpos, según las fotografías tomadas, estuvieron a punto de carbonizarse, pero quedaron con las armas entre las manos el Ejército lanzó su artillería pesada, fueron alcanzados. Sus cuerpos, según las fotografías tomadas, estuvieron a punto de carbonizarse, pero quedaron con las armas entre las manos". Ahora resulta que la mujer esta, la tal Alejandra, es la nueva cara de Leonidas, y sus secuaces son los 300. ¿Ya estuvo de estupidez no? De veras que entre narcos, gobierno, medios y gente, estamos como para que nuestras madrecitas lloren todo el día de mañana...

La foto la tomé de aquí.

Proyecto X


Hace algunas semanas, el gobierno federal lanzó una convocatoria para invitarnos a todos los ciudadanos para enviarles ideas de cómo mejorar al pequeño mundo en el que nacemos, crecemos, comemos, nos relacionamos (de cualquier forma en que ustedes se relacionen, quien sabe, hay cada persona con cada gusto que qué bárbaros), mentamos madres y finalmente, después de haber dado una lata de las de aquellas, nos morimos para ir a dar lata a otro lado, o aquí mismo, si es que nuestro espíritu es tan terco de pensar que sigue vivo, y tan masoquista por querer seguir en un lugar donde no le corresponde.

Dicha convocatoria fue lanzada y ¡zaz! que me dije, ¿por qué no esbozar un par de ideas? La verdad es que sí escribí y tómala barbón, que escribo y escribo y escribo. Después me llegó un mail donde un intelectual reconocido (cuyo nombre no recuerdo, merd!) hizo público su desencanto con esta forma de "tomarnos el pelo". Según sus palabras, que parafraseo con riesgo a más bien decir lo que yo pienso, este fue sólo un ejercicio para hacernos creer que realmente nos iban a hacer caso. Pa saber. Mientras que son ardillas o son renacuajos de liebres moradas del sur de China, comparto con ustedes, compatriotas blogianos (jo jo jo), mis ideas, un tanto piradas, pero total, como decía el muy sabio señor Buñuel "la imaginación es libre, el hombre no". Así que agarrense de donde puedan y si pueden, porque yo de que me arranco, me sigo...


PLAN DE GOYA (porque fue escrito en mi computadora en las tierras goyinas, las cuales, digan lo que digan los vecinos del lugar o la propia UP, me pertenece por derecho de antigüedad... a buevo chicharrón con pelo).

México es un país con un territorio enorme, en donde bien podrían caber muchos países europeos. La idea es la siguiente:

1) Dividir al país de acuerdo con los límites fijados en las 12 regiones militares.
2) Cada región se compondrá de un número determinado de Estados.
3) Cada región deberá desarrollar una ciudad capital, con varias ciudades principales, que podrían ser las capitales actuales de los estados. A su vez, se deben crear ciudades menores, tratando de reunir a los desperdigados pueblecitos que hay por todos lados en un lugar fijo.
4) Alentar el comercio regional, la política regional.

La idea de las regiones es la siguiente:

1) Fungen como pequeños países. Es decir, es como si México fuera Europa y la región 2 fuera España. Todos contribuyen a la unidad, pero tienen sus medios independientes.

2) Se alienta a los empresarios a invertir en más lugares, lo que posibilita crear más ciudades PREVIAMENTE PLANIFICADAS, y pensadas en un crecimiento.

3) Imitando a la Unión Económica Europea, las diferentes regiones pueden comerciar entre sí, con lo que se obtiene una opción diferente a vender sólo a los Estados Unidos. Esto fortalece las economías de las regiones y por lo tanto pueden vender al exterior con mayor facilidad, siempre sustentadas en la Unión Mexicana.

4) El estado deberá procurar caminos y comunicaciones para el buen funcionamiento de las regiones.

5) El problema de la distribución del agua se puede ir resolviendo, pues teniendo un número determinado de ciudades, se hará lo posible por mandar agua a los lugares específicos, y no a cualquier ranchería.

6) Las regiones pondrá en contacto a personas que tienen una cultura parecida.

7) Ayudará a mejorar la integración de los grupos indígenas.

La foto la tomé de aquí.

martes, 8 de mayo de 2007

300


El otro día decidí ir al cine. Digo el otro día como si fuera hace poco, pero realmente pasó hace mucho, por ahí de marzo del 2007. Iba a ir con Carolina, Borrego y Marce Marce a ver el estreno de una película muy esperada por muchos: 300. Realmente tenía ganas de que fuera muy buena y no como la película Conquistadores -una mala adaptación de Rambo, en la época cuando los vikingos exploraban las tierras de los indios de norteamérica.

Finalmente ocurrieron algunos imprevistos que me impidieron verla con Carolina, Borrego y Marce Marce, pero resultó que finalmente pude ir a verla con Augusto, Mel y Moris (Mauricio) Vite. Simplemente genial, fue mi primer crítica. Una par de días después vi nuevamente 300 en compañía de mi compañera del alma Carolina, y mi crítica fue simplemente estupenda, aunque ya empezaba a resentir las primeras escenas que se me hacían un poquito aburridas. Cinco días después, fuimos mi hermano y yo a verla. Genial, pero me aburrí al principio. Sin embargo, el resto de la película fue lo suficientemente bueno para que me volviera a gustar.

Los efectos visuales y la carga dramática de la historia son muy buenos. Un producto hollywoodense bien logrado, que nos muestra lo típico en cualquier historia épica aunado con la espectacularidad que caracteriza al cine clásico estadounidense. Sin embargo, mientras veía la película una y otra y otra vez, me saltó, me reafirmó y me convenció una idea que muchos de ustedes seguramente alcanzaron a ver, y si no, pues les cuento de una buena vez.

El discurso político que maneja la fermosísima reina de los Espartanos. ¡Me pareció realmente terrible! Para empezar regresó al choteadisimo y difamadísimo concepto de libertad que tanto pregona el impero gringo. Pero lo más interesante es ver cómo la reina, nuestra martir, la que dio su cuerpo por "salvar" a su esposo y a su reino, a su tierra, a sus mujeres, la que fue sobajada por la crueldad y la avaricia del malvado político que quiere QUE NO HAYA GUERRA, se presenta frente a todo un grupo de representates del pópulo, y les pide que, en nombre de la libertad, en nombre de sus hijos, en nombre las hamburguesas con catsup y en nombre de su madrecita santa, MANDEN MÁS EFECTIVOS PARA AYUDAR A SU GALLO.

Como diría el buen Dehesa: ¡PASUMA...! Ya le hacía falta en los Estados Unidos una nueva historia épica que le lavara el cerebro a los nada difícil de convencer ciudadanos americanos. Es genial, y regresamos a los albores de la propaganda. Utilizamos la hazaña de 300 soldados frente a un ejército que viene de ASIA, específicamente de PERSIA. Y se encuentran con una terrible noticia: la avaricia de sus políticos (no de todos, pero sí de algunos) los obliga a dejar las armas, para regalar el cuello al PERSA, para regalar su LIBERTAD.

Si no es suficientemente claro, hagamos la analogía más clara: 300 soldados al mando de Leónidas se enfrenta a un gran ejército, majestuoso pero bárbaro, sin educación guerrera, que viene de PERSIA. Ahora cambiemos el nombre de Leónidas por George Bush y el de PERSIA por Iraq. Los políticos vendidos son los que están contra la guerra, y los políticos cegados son los que son leales a la libertad que defiende Bush, pero que tienen una venda en los ojos.

Es increíble cómo vuelve a utilizar el viejo truco de la bala mágica. La usaron para descubrir al asesino de Kennedy y la usan a ahora para lavar el cerebro de los pobrecitos americanos, que viven en una ignorancia sorprendente, pero eso sí (algunos) con harta lana para pasearse por medio mundo enseñando su american way of life. ¡Chale! Y al americano que quiere salirse de ese juego del mal, lo agarran por los cojones y les dicen: Un pinche coreano se acaba de chingar a tres docenas de estudiantes, ¿cómo la ves? ¿Todavía crees que es necesario bajar las armas?. Y por si fuera poco, ahora el propio Bush ya vetó una ley en donde se pedía el regreso de las tropas. El engranaje empieza a mostrarnos hacia dónde va todo.

Acaba de salir otro insolente quien mató a un estudiante en su residencia. Quizá sea un hecho aisaldo, pero le sigue dando sabor al caldo. Hay que abrir más los ojos para ver hacia dónde se cae el barco, pues como lo dice LUGO (profesor memorable que tiene una visión tremebunda y al cual admiro demasiado) las pulgas deben salirse del perro americano. O nos movemos, o van a arrollar a nuestro dogo y entonces sí, ya nos cargó la reverenda...

La foto la tomé aquí.

La maquina maldita (conclusion)

La sensación de estar frente a la máquina y presionar los grandes botones donde se dilucidaban la gran variedad de bebidas calóricas, hiperdulces y con chispitas que encantan a chicos, medianos, grandes, ancianos, perros, gatos, rocas, avestruces, pandillas negras del sur de Manhattan, fantasmas terribles y viejas locas que todavía esperan a sus ancianos y corroídos maridos que alguna vez se fueron con la bola y perecieron víctimas de un balazo de Carranza, o de una terrible sífilis mal curada. Nadie puede negar la hipnósis que sugieren estas dichosas bebidas, y por supuesto, yo, un ser mortal, común, corriente, del vulgo, tampoco lo pude evitar.

Me posé frente a la dichosa máquina. Saboreé una cocacola bien fría, y ya estaba dando el victorioso y sugestivo "ahhhhhh" que es el vocablo mágico que termina con la sed y con la economía del bolsillo, porque la chingadera costa siete mugrosos pesos. "Ni hablar", me dije, "pues sí, a lo hecho, pecho", me respondí, "saca la moneda", me contesté, "ya voy, ya voy, es que creo q no tengo cambio", "vales madre, te dije que no compraras las pinches bolsitas esas con chilito", "uta, ya me vas a regañar", "pues sí, si no te digo yo lo güey que eres entonces ¿quién?", "bájale de buevos, porque si no, no respondo", "¿Ah sí? ¿y qué me vas a hacer? ¿Me vas a dar un puñetazo en la cara?", muy cierto, no podía golpearme a mí mismo, "ok, ok, tú ganas", "así me gusta, que amachinen, chingá"...

Mi mano sacó de mi roído bolsillo siete morlacos, siete piecesitas de un metal dudoso que en ese momento, tan pronto cayeran una a una en los intestinos de la dichosa máquina, se transformarían por arte del gran mago Kotler, en una cocacola bien fría, y nuevamente el victorioso y sugestivo "ahhhhhh" se hizo presente, me enchinó la piel y me impeló a arrojar la séptima moneda con una especial veneración, como si estuviera arrojando monedas a un receptáculo de algún santo de alguna iglesia. La máquina se había convertido en mi adorado pedazo de metal y plástico con una luz que prendía y apagaba por un corto circuito.

La moneda cayó. Eschuché con claridad los pequeños golpecitos secos que emitía conforme caía y pegaba en el conducto de aluminio. La máquina, la diosa refrescante, la musa que saciaría mi sed y mis necesidades adquiridas, se comunicó conmigo. Éxtasis experimenté. Una pantallita negra se iluminó con abundantes letritas rojas que me invitaban a presionar cualquier botón. ¡Cualquiera! La reina de la variedad me bendecía con la opción de escoger mi bebida. ¡Qué mágico! ¡Qué místico! Esto sí es democracia, lo demás... lo demás son mamadas...

Mis ojos se desilusionaron momentáneamente al ver el botón de la cocacola bien fría estaba apagado. ¡Demonios! ¡No había pensado en el pequeño detalle! Pero la máquina no puede ser tan mala -qué ingenuo, qué tonto y qué ingenuo- y por supuesto me mostró que había otros tres botones con cocacola bien fría encendidos. La esperanza calentó mis venas de nuevo. Presioné el botón. Nada. Lo volví a presionar. . Una vez más. .

¡Qué ocurría! ¡Qué macabra broma era esa! Presioné con desesperación una y otra vez el desgraciado botón y nada se accionaba. Intenté con otro botón. No hubo respuesta. Probé con otro, y otro y otro y otro... la respuesta fue la misma. La máquina me traicionaba. ¡Maldita máquina! ¡En ti deposité mi confianza y ahora me das la espalda! Lo podría esperar de AMLO, de Felipe, incluso del incomprendido genio de Bush, pero ¿de ti? ¿de ti? ¿Qué hice mal? ¿A caso no seguí con demente fervor todas tus campañas comerciales? ¿A caso no celebré con júbilo y dicha la presentación de un nuevo producto? ¿No degusté con vehemencia tu sabor vainilla, y tu cocacola diet coke, que después cambiaste por cocacola light y finalmente me diste la dicha de poder ver el nacimiento de cocacola zero? ¿A caso no fui yo tu hijo más querido? ¿En qué fallé? ¿Qué salió mal?

Mis dedos agitados pulsaban una y otra vez los botones, pero la maldita máquina no cedía. Las luces del corredor que conectaba a la Universidad con el estacionamiento, comenzaron a apagarse, primero una, después otra. Lentamente la oscuridad iba ganando paso y mis nervios por encontrarme con alguna criatura descarnada me gritaron "¿Estás loco? ¡Deja esa maldita lata en paz!", "Todavía hay tiempo, todavía hay tiempo", contesté con desesperación, mientras el taca taca taca taca de los botones producía su eco fatal, inevitable. "¡Déjalo ya! ¿No los escuchas? ¿No los escuchas?", "No pasa nada, nada, nada. No me voy a ir sin llevarme mi lata" "Afuera podrás comprar más, miles, millones. Afuera podemos comprar un expendio de cocacolas, de todos tamaños, de todos colores. Afuera, aquí no, afuera" "¡Cállate! ¡Deja de decir estupideces! Mejor ayudame a sacar la maldita lata".

Entonces golpeé con furia a la máquina. Las luces se apagaban más y más, el corredor quedó aislado por la única luz que provenía del túnel del estacionamiento. Pateé por última vez a la máquina y entonces escuché que algo se deslizaba. ¡Era mi lata! No consiguió salir, pero claramente escuché que algo se había deslizado. "¿Lo escuchaste?", me pregunté. "Estás demente. Los nervios te traicionan. Alejate de aquí ahora que todavía es tiempo". Me ignoré. Estaba decidido a sacar esa lata a como de lugar. No por nada mi gesto más racional siempre ha sido mi taciturna testarudez.

Me inqué. "Corre. Corre. Corre. ¡CORRE! ¡YAAAAAAAA!", "No lo voy a hacer, casi lo logro". Había introducido mi mano por la avertura inferior, el portal del edén en donde aparecen como recién paridos los deliciosos brebajes que dan vida. Si el niño no quería salir, iba a obligarlo a abortar ahí mismo. "Yo me voy", "Pues vete, a ver si puedes vivir sin mí", me dije. Mis manos comenzaron a urgar en la abertura calida de la diosa desdichada, que no me permitía saborear la felicidad. Sentí un frío muy agradable. Logré tocar un par de engranes, o al menos eso parecía. El aceite de la máquina me permitía deslizarme con facilidad. Poco a poco me adentraba en ella. Finalmente la acaricié. Era una lata fría. La deliciosa presea era mía. ¡Mía!

Y entonces, la felicidad se convirtió en desconcierto. Mi mano seguía deslizándose hacia adentro. La máquina me absorbía. Cada vez veía cómo desaparecía más y más mi brazo. Quise sacarlo, pero era demasiado tarde. Entendí finalmente que desde el principio no era yo el que introducía la mano, era la máquina quien me invitaba a invadirla y ahora era suyo; ahora me devoraba. Mi cabeza entró con un poco de dificultad, pero como las ratas, una vez que entra la cabeza, entra lo demás. Mi pecho se succionó, mis extremidades se adecuaron al conducto traicionero que me arrastraban como el océano lo hace a quien lo reta. Pero yo no había retado a nadie, yo había lisonjeado a la máquina, a mi diosa.

Mi desconcierto se conviritió pronto en resignación. "¿Querías tu lata no? Ahí la tienes cabrón, ahora chíngatela", "¿Otra vez tú? ¿Pensé que te habías ido? ¿Qué te hizo cambiar de parecer?" Me pregunté. "¡No es gracioso!" Me contesté. "A mí me lo parece". Entonces, subí un poco mi cabeza y lo que miré me dejó perplejo. Una serie de cuerpos estaban arriba de mí, eran tres hasta lo que yo podía ver. "¿Hey, siguen con vida?" "Sí", me contestaron varias voces, algunas de mujer, otras de hombre, unas demasiado viejas, otras demasiado jóvenes. "¿También quisieron arrebatarle una coca?", "Yo sólo quería un refresco de manzana", "Yo quería una botella de agua", "Yo quería iri por mi hermano a la escuela, pero creo que no es por aquí".

Fantástico, no eran tres, eran como veinte las personas que estaban adentro atoradas. Ahora entiendo porqué diablos no salían las malditas latas. "¿Estarás contento?", me pregunté. "En parte", "¿Ah sí? ¿Cómo que en parte? Deberías estar consternado. Por tu culpa estaremos aquí encerrados para siempre". "Por una parte tengo mi coca en la mano. Eso me hace feliz. Pero no me la puedo tomar. Eso es una gran desdicha" "Bueno, por lo menos nos podemos divertir con los siguientes que quieran una lata de refresco. Por lo visto esta máquina está obstinada en traer a medio mundo aquí", "Mira, creo que alcanzo a ver a un mono por allá", "No seas imbécil, es sólo una bola de pelos", "a mi me parece un mono", "te voy a alucinar", "no, espera, es la cabellera de alguien..."

lunes, 7 de mayo de 2007

La maquina maldita PRIMERA PARTE

Existen en la Universidad Panamericana viejos cuentos en donde se reproducen una y otra vez las vivencias de aquellos que han sido contactados por seres que siguen atrapados en una dimensión parareal, que ni son de aquí ni son de allá. Algo así como lo que les pasa a los "paisas" que se van del otro lado, que ni se sienten de allá, pero tampoco son de aquí. Lo mismo ocurre con estos fantasmas, pero sin carne ni tapujos burgueses que los hagan sentirse fuera de lugar, o más bien, que los hagan sentirse dentro del lugar.

Los fantasmas de la Universidad, como la monja, o los muertos que fueron utilizados para que la gran obra del estacionamiento no se cayera, son cosa habitual en la vida de quienes laboran por los pasillo y sobre todo de aquellos que tienen que pasar el tiempo justamente cuando los chamacos gandallas y las mujercitas pubertas han dejado su aulas para dirigirse a la cama, propia o ajena, y continuar las faenas que han dejado inconlusas -esto no pasa en la UP, esto ocurriría en la UNAM. los chamacos de la UP se van a sus casitas o en su defecto a algún cafecillo que tenga a bien acogerlos-.

En esos momentos en que el silencio se apodera del lugar y defiende su territorio con un leve silbido, atemorizante capaz de volver loco al que ya está a tres de convertirse en un loco declarado, es cuando estas ánimas y demás criaturillas voraces y sin escrúpulos encuentran el cobijo para estirar sus patitas y comenzar a andar sin que nadie los interrumpa.

Por considerar que cuando el sol cae y se levantan las sombras es el momento propicio para que cualquier cantidad de entes y demás cosas invisibles se apareen en fiestas de lúgubres cintillas a la luz de la claridad de la luna, decidí cerrar las persianas de mi ventana, pues me disgustaría demasiado ver a las pequeñas criaturillas, ebrias de soledad, reírse de mí y jugarme alguna broma de mal gusto.

Yo terminaba mis faenas, a eso de las diez de la noche. Decidí que sería prudente acelerar el paso, pues mi automóvil había quedado resguardado en el temible estacionamiento que alberga cadáveres de personas que con sus almas sostienen los muros de concreto para evitar que más almas se unan a ellos.

Caminé por varios minutos al abrigo de una suave llovizna a través de las negras calles de Goya. El viento comenzaba a soplar más y más fuerte, por lo que fue prudente lanzarme con más velocidad para montar mi corcél de fierros plastificados hecho en méxico para una conocida marca japonesa. Mi pie se hundió en un charco tremebundo. Me cayeron algunas semillas llenas de espinas, maquiavélicos frutos de vida tirados por una especie de árbol que se siente encorajinado con la especie humana que los ha confinado a vivir, crecer, nacer y reproducirse, y por supuesto morir, atrapados por un cuadrado de concreto. Un coche pisó un bache y mojó mis pantalones, lo cual era bueno, pues ya no tenía pretexto para no lavarlos, además de que me sentí extrañamente orgulloso, porque el automóvil que pasó raudamente era un delorian A4 de aceleración múltiple y doble torniquete con spoilers a la hombrera y quemacocos incluido, no cualquier baratija.

A lo lejos, a unos diez o veinte metros alcancé a ver la puerta de la entrada de Rodin, y me sentí a salvo, pero ese sentimiento se esfumó y dio lugar a un súbito aumento de adrenalina cuando alcancé a divisar que los goznes se movían y crujían a la par de los truenos, y las grandes hojas de madera se cerraban para no volver a abrirse.

Corrí con fuerza y llegué en el momento justo en que el eco de las puertas cerradas se esparcía por el, ahora, ominoso lugar. Toqué con fuerza, esperando que el mozo de la puerta lograra escuchar mis golpes, adivinando que no habría caminado muy lejos. Efectivamente, unos diez o veinte segundos después, se abrió una pequeña ventanilla por donde se asomaron un par de ojos enmarcados en unas gafas de hierro.

"No puede pasar joven" me dijo una voz seca, profunda, lenta y sin vida. "No sea malo, no me tardé tanto. Déjeme pasar, se lo imploro", contesté mientras trataba de deshacer con la voz el nudo en la garganta que se me había formado, en parte por la temible visión que se materializaba ante mis ojos, y en parte por que el canijo frío ya estaba apretando con fuerza y hacía que mis músculos se enfríaran y en un intento por mantenerse calientes, se apretujaron tanto que sentía mi garganta cerrada como mente de pseudointelectual de izquierda, que le va a los pumas, que cree en Maradona resusitado y que piensa que la UNAM es el santuario elejido por los dioses para mantener a la raza cósmica fumando hierbas avejentadas y revolcándose entre los mismos de la subespecie, mientras pregonan que no hay más dios que AMLO -o el que esté en turno- ni mejor vida que una buena botella de chela, de preferencia Indio -hay que estar con la raza indígena aunque sea así- litro y cuarto, leyendo una incompleta biografía del che guevara y haciendo la despensa con las pejetarjetas para los pobrecitos ancianitos.

"Le dije que es imposible atravezar esta puerta", me volvió a rebatir la añeja voz que cada vez se oía más seca y cuya modulación lenta y exigua me hacía tragar saliva para no salir despavorido del lugar. "No sea así, ándele, déjeme pasar". "Es imposible...", "pero, pero, pero, agente de seguridad -por suerte recordé que no les gusta ser llamados polis, pues consideran a esa raza algo asqueroso y digno de las cloacas- no ve que se me ha hecho tarde". "Lo siento, no tengo las llaves, si no, con mucho gusto le abriría". Me hubiera dicho eso desde el principio.

Corrí desesperadamente hasta la entrada del casco antiguo, donde por suerte aún podía pasar. Entré aliviado y me dirigí hacia el túnel que conecta la Universidad con el estacionamiento. Pero antes de entrar al umbral, logré divisar una máquina de refrescos, y decidí que sería prudente lanzar una moneda para obtener a cambio una sabrosa lata de líquido efervescente, sabor registrado si fuera posible.

(Continuará...)

el beso y la estrella

Un beso sedujo a una estrella y galopó incesante hasta que consiguió regocijar en un tálamo de luna y miel de verde amaranto y una tremontoria lubricidad la inclinación de los subterfujios recientes que se traslaparon encarnándose en la mente viril y sin soslayo de un jóven nauseabundo que intentaba cristalizar el destello de la chispa en dos cerúleos roces de fugaces sensaciones, inefables e invertebradas que se esparcían a la luz del rocío y que concluían y coludían sus alveolos tenaces en un entramado de vibraciones electrizantes y de una soledad remotamente tamizada por los sueros de la vida y la galaxia.

Un beso le dijo a una estrella "rocémonos en la insistencia de aquél hombre que busca en el calor de lo indestructible y en el tibio amanecer de los labios la recóndita oportunidad de ser perenne en un ápice arrancado al tiempo con los colores de las cerezas y la acidez de las guayabas, aquellas que lograron el contubernio eterno de la explosión cósmica, ancestral, inclaudicable, expandible y soñadora de un par de ojos que se escuchan y un par de brazos que se purifican en la suave emanciapción de lo que es todo y lo que es nada para quedar engarzados en la luz matinal de la noche y de los sortilejios".

Un beso besó a una estrella y la explosión de caricias rodearon el sueño de la noche y calleron anhelantes los disparatese de las tormentas que vuelan como un torbellino y se inclinan hacia los caireles de la tierra y se revuelcan en la visión insaciada de dos trémulos galopes que comienzan su debenir en un río salado y férreo, colorado como la tierra y caliente como el sol que llena los corpúsculos más ávidos y que al unirse los unos con los otros dan forma a la pétrea gracia dando vida a la carne que se junta con las nueces y en un suave bamboleo de vibraciones y de agua turbia y templada logran la hinchazón del vientre y el regocijo del caudillo, quien arrellanado en la silla del bloqueo instantáneo, conquista el músculo y se hace de la razón y del sentimiento que peleaban insesantes en los vendabales de la pasión y de la terquedad.

Un beso muere junto a una estrella sintiendo que el corazón arde de felicidad y de fantasías pues se han deseado y se han vivido como la tolbanera de los destellos surrealistas que buscan el encono más allá de la metáfisica y se han encontrado con el deseo de un hombre y el deseo de una mujer que trabaron en sus distancias una cercanía exacta y perfecta una vulnearción recíproca que se detalló en la batalla omnisciente y de talante luctuoso, hiriendo la perenne yaga y brotando en borbotones de cerveza, cal y vino y mostrando más músculos y más carne en la espera ansiosa y temida por la llegada del nuevo haz de luz que se confundirá con las olas remanentes de un casco perpetuo.

Un beso renace y una estrella lo busca con serenidad intacta, disolviendo los pellejos y arrancando las nociones de la temporalidad innata que taladra los huesos y busca por siempre en la oblicuidad de las catapultas los rescoldos de la sangre anegada que se entreteje con la negrura de la tierra y con el bozo de la mujer perdida que tiembla ante el reflejo del león cimbrado y extenuado ante las adversidades de la montaña que labra el pastor y que espera ver en los retoños de las alegrías los colmos y las desesperaciones que le hicieron ver un día, en el alba, frente al sol que se perpetuaba por un día más, el espectáculo andino, la bacanal de los alpees y la repetición que siempre estará frente los ojos obnubilados, atónitos que siempre mostrarán a un beso seduciendo a una estrella.