viernes, 9 de marzo de 2012

Jenaro Aviña

Yo lo recuerdo echando lumbre por los ojos. Era un sacerdote excepcional. Pocos hay como él y es me hace recordar, casi estoy seguro, de sus palabras. Despertar. ¡Despertar! El católico debe despertar. Dejarse de mojigatos modales. A un lado el beato, el que señala y después se persigna. Hay que reformar desde adentro, empezando por los primeros: los sacerdotes. Jenaro Aviña era un sacerdote ejemplar.

Sus sermones solían encender corazones y quemar conciencias. Con mucha fortaleza, por quince años, levantó un templo y fortaleció un pedacito de la Iglesia. Ahí estaba él, junto a todos, clamando con rabia por hacer a un lado eso que nos hace desiguales, eso que nos corrompe y que pudre los sistemas y los corazones: el egoísmo. "Ese es el que hay que atacar", me dijo (nos dijo) y sus ojos se encendieron.

No solía tocarse el corazón para hablar de este o de aquel. Lo mismo señalaba los errores del policía que del Papa. Su razonamiento era sencillo, "tan sencillo como las palabras de Jesús", nos decía: ama a Dios y después ama a tu prójimo. Nada más sencillo, pero difícil de practicar. Por eso no se cansaba de recordarnos que la paz se puede alcanzar si podemos pacificar nuestro ego. Alguien lo escuchó y no le gustó.

Empuñaba un látigo, como lo hizo Jesús alguna vez, pero no castigaba al que era ateo o al de otra religión, vaya, ni siquiera castigaba a los feligreses. Castigaba el egoísmo. (Si una palabra pudiera significar a su enemigo, esa sería, sin dudarlo, el "egoísmo"). Recuerdo sus palabras, antes de iniciar la misa, "los políticos se pudren por que prefieren escuchar a su ego. Ese es el diablo, muchacho. Escucharás gritos que claman con furia 'las cosas deben cambiar', 'es culpa del sistema', 'es culpa de la cultura', pero no se dan cuenta que a veces (muchas veces), es su propio ego el que las impulsa a gritar eso. Cuando logran cambiar las cosas, se dan cuenta de que todo sigue igual. Su ego triunfó. El diablo triunfó".

La tarde era lluviosa y recuerdo haberlo visto ir a la tienda a comprar un poco de jugo y de pan. Lo vi y me dio mucho gusto pues lo habían cambiado de parroquia a penas unos meses atrás. Corrí para saludarlo pero el autobús al que se subió no se detuvo y no me dejó alcanzarlo. Lo lamenté, pues al día siguiente, por la tarde, me enteraría de que había muerto.

El frío del cuerpo hizo que la mueca de rabia se petrificara gracias al rigor mortis. Había muchos rumores al respecto, sobre todo porque lo habían encontrado en pijama y con pantuflas. A mí me parecía muy claro todo. Su valentía había exacerbado a más de uno y decidieron su secuestro. No podía ser por mucho tiempo, la gente hablaría. Lo subieron a una camioneta. El que iba del lado del copiloto volteó a verlo y se quitó la máscara. "Jenaro Aviña, simplemente te puedo decir que me caes muy mal. Tus estupideces me dan asco y no voy a ir más lejos". Tomó un cuchillo y le cortó el dedo anular, sin miramientos, tomó su anillo y se lo tragó.

Jenaro Aviña lo miró, impertérrito, incólume, autárquico. Sonrió. "Finalmente has venido. Hace tiempo que había querido hablar contigo cara a cara". "Pues ahora es tu momento". La camioneta se detuvo frente a su casa. Jenaro Aviña bajó con calma, sobándose casi sin notarlo el dedo que aún sangraba a chorros. Por la noche, escuchó ruidos. Era él y lo estaba esperando con un picahielo. "Veo que no eres cobarde". "Jamás lo he sido". "¿Vas a dejar de hablar?". "¿Vas a dejar a los hombres en paz?". Primer golpe con el picahielos. "No lo has entendido, ¿cierto? Es algo que está en los hombres". "Es cierto, pero podemos dominarte". Segundo golpe. La sangre le chorreaba por la frente. Había dolor, pero su cara parecía estar llena de energía, lo que asustó a su enemigo. "Yo te dominé. Otros lo han hecho. Sólo aléjate". Tercer golpe. Seco. La cabeza le daba vueltas. "¿No te das cuenta de que contra lo que has luchado es lo mismo que te ha dado energías?". "Yo no soy egoísta". "Esas son las palabras necias que te hacen merecer esto". Cuarto golpe. Quinto, sexto, séptimo. Jenaro Aviña estaba de rodillas, la cabeza le brillaba por la sangre. Aún así, no parecía querer defenderse. "Golpeame más fuerte. ¿La vida me ha golpeado más fuerte?". "Eres testarudo". Octavo golpe, noveno, décimo. "Hace tiempo quería verte. Es verdad lo que dices. Mi ego me dio fuerza. Creo que finalmente te engañé por mucho tiempo". La risa burlona se borró de la cara de su enemigo. Asestó un nuevo golpe (el undécimo dirían los pedantes), esta vez con furia. "En todo caso nos engañamos los dos". "Creo que te utilicé y eso no te gusta". Fue suficiente. La paciencia se le acabó. Doce, trece, catorce, quince... dieciséis.

Jenaro Aviña cayó de bruces. Su cara de ira, que petrificó el frío, bien podría ser de locura o de una alegría descomunal. Como yo lo leo, creo que estaba satisfecho. Su enemigo seguro se fue sabiendo que había sido engañado y utilizado. En febrero murió un gran hombre. Perdimos la materia, pero nos quedan sus ideales. Yo también estoy esperando el día en que deba enfrentarme a mí mismo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Un excelente sacerdote, el primero que conocí, simplemente un gran hombre.

Anónimo dijo...

Aviña

Esto no es cierto, a mi tio no lo matarón así, el que lo mato fue un cobarde, tan cobarde que no es capaz de entender lo que hizo. A el no lo secuestrarón, no le mocharon ningun dedo, y lo que esta escrito aqui son puros tonterías. Suplico se abstengan de decir tanta pend..., mi tio no tenia enemigos. Los que lo matarón lo hicieron por miedo, porque los descubrio robandole.

Jorge Pablo Correa González dijo...

querido anónimo2: veo que no leíste que a) es un cuento y b) lo que dice el cuento. Tu tío fue un gran sacerdote, inspirador. Uno de los sacerdotes que más voy a extrañar. Te suplico no hablar con palabras altisonantes ni con las entrañas porque el que dice tonterías resulta que eres tú. Piensa antes de escribir y lo que es más importante, lee antes de escribir. Ah, y por cierto, usa tu nombre, no seas cobarde.

Anónimo dijo...

Respetable Jorge Pablo:Queda claro que su historia es un ¨cuento¨, es ficción, es irreal, y que pretende dar una imagen de héroe a su personaje principal. Sin embargo, Jenaro Aviña fue un ser real, que conocí a profundidad. y que compartimos horas y horas llenas de alegrías y tristezas. Su relato, independientemente del valor literario, lastima a lo que convivimos estrechamente con Jenaro. Tengo la certeza, de que en estos momentos podríamos estar viendo juntos las noticias y los blogs de internet. como lo hicimos por más de 10 años, y que él se reiría burlonamente de la historia tan fantasiosa de la cual, usted lo hace protagonista. Como ser humano que amó a Jenaro tan cercanamente, simplemente le pido que cambie el nombre de su personaje protagonista, y que elimine la fotografía de Jenaro. Su muerte nos ha dejado aún muy lastimados, y le regoría a título personal, que realice obras literarias católicas con nombres ficticios, si es que se trata de acontecimientos ficticios.
¿Quién soy? Jenaro me lo dijo hace 2 años: "Mi familia eres tú, porque es con la familia con la que se pasan la mayor parte de los momentos en la vida". Por ende, y a título personal, le suplico respetuosamente cambie el nombre de su protagonista y la fotografía de Jenaro.
No escribo mi nombre, porque corro el riesgo de que tenga la ocurrencia de hacer un cuento, con mi nombre como protagonista.
Se lo agradezco respetuosamente.